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La OTAN al Líbano... pero con una condición

El actual debate acerca de una fuerza internacional para el sur del Líbano ha girado casi exclusivamente en torno a qué países y organizaciones –la OTAN, la Unión Europea, las Naciones Unidad- proporcionarán las tropas. Sin duda que este es un punto importante, pero la verdadera pregunta tiene relación con los cambios que Israel debe implementar a cambio de que una fuerza de este tipo se ponga en terreno y asuma los riesgos de la misión.

Ninguna fuerza internacional simplemente protegerá a Israel de los cohetes de Hizbulah mientras Israel continúa con su estrategia actual. Después de todo, la escalada militar ocurrida últimamente en la región se debe al menos en parte a esa estrategia. Si una fuerza internacional sencillamente permite que el gobierno de Ehud Olmert prosiga con sus planes, los países que cooperen con tropas no sólo parecerán estar dando un espaldarazo a la estrategia israelí, sino que también serán arrastrados a una espiral que terminará en el fracaso de la iniciativa.

Criticar la estrategia de Israel como deficiente no es respaldar las actos de Hamás o Hizbulah o negar el derecho de Israel a la autodefensa. Simplemente señala lo que debería ser obvio: los esfuerzos de Israel por encontrar una solución unilateral a sus problemas de seguridad –ya sean la ocupación, el retiro o la separación- han fracasado.

La ocupación unilateral sin el compromiso por garantizar una estado palestino viable ha producido sólo la intifada y bombas suicidas. El retiro unilateral de Gaza sin el establecimiento previo de una autoridad local para mantener el orden no ha hecho más que causar una nueva intervención. Y la “barrera de seguridad”, ideada para hacer posible una separación unilateral, puede evitar el paso de las bombas suicidas, pero no los modernos misiles del tipo que Hizbulah emplea en la actualidad.

Hasta ahora, la única lección que Israel parece haber aprendido de sus estrategias fallidas es que debe ampliar e intensificar el uso de la fuerza unilateral: volver a invadir Gaza, devastar el Líbano y amenazar a Siria (y, por extensión, a Irán), que según da a entender el gobierno israelí, ha jugado un papel en la última crisis.

Sin embargo, no hay que ser clarividentes para predecir que más fuerza no producirá mayor seguridad para Israel. La política, que recuerda las estratagemas terroristas, de bombardear objetivos civiles para forzar la mano de sus líderes no hará más que fortalecer a los extremistas y aumentar su apoyo popular. No ocultará el hecho de que a Israel se le han acabado las opciones unilaterales.

Hasta ahora, Israel no ha querido aceptar esta realidad. En lugar de ello, sus gobernantes esperan que una sólida fuerza internacional en el sur del Líbano proteja el norte de Israel, dándole la libertad de manejar unilateralmente la situación en Gaza y Cisjordania, al tiempo que sella el compromiso de la comunidad internacional con el fallido unilateralismo israelí.

Sería irresponsable unirse a una fuerza internacional en estas condiciones. Los países que contribuyen con tropas parecerían estar alineándose de manera inequívoca con Israel, perdiendo toda credibilidad ante los adversarios de esta nación. También se arriesgarían a ser arrastrados a las nuevas operaciones israelíes contra Hizbulah y quienes la apoyan. Lo que es más importante, renunciarían a la que puede ser la última oportunidad de promover una paz consensuada.

De modo que la condición previa para establecer una fuerza internacional para el sur del Líbano y unirse a ella debe ser el que Israel renueve su compromiso con la “hoja de ruta” y las negociaciones con los palestinos para un estado palestino viable. Con este objetivo en mente, debe entrar en conversaciones con los representantes palestinos elegidos democráticamente. Es cierto que esas tratativas serán difíciles y pueden terminar sin éxito. Sin embargo, ese no puede seguir siendo un argumento contra la vía diplomática, ahora que el unilateralismo israelí una vez más ha probado ser un callejón estratégico sin salida.

Únicamente un Israel con la real voluntad de buscar seguridad a través de acuerdos, no uno que desea imponer su seguridad territorial mediante hechos consumados, puede participar en un esfuerzo internacional para dar estabilidad al Líbano y otras áreas. Por supuesto, algunos países -como los Estados Unidos- podrían oponerse a un retroceso semejante de la política israelí como condición para crear una fuerza internacional y puede que no se llegue a un consenso en la OTAN, la UE o la ONU, o, si llegara a lograrse, Israel podría sencillamente negarse a seguirlo.

Ambas perspectivas serían una razón suficiente para tomar distancia del proyecto. Crear una fuerza internacional para el sur del Líbano sólo tiene sentido como una inversión para la paz regional, no como un anexo a la estrategia actual de Israel.

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