Sunday, September 21, 2014
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Hay que salvar la OTAN

Quien piense que la OTAN, la más exitosa expresión de solidaridad trasatlántica, había encontrado una nueva cohesión después de la decisiva crisis de Irak debería visitar el cuartel general de la alianza. Es cierto que la cumbre de Estambul de fines de junio produjo un asomo de armonía y que los cuarteles de la OTAN están, como siempre, ocupados con frecuentes reuniones de las ahora 26 delegaciones nacionales, innumerables comités, y las montañas de papel impreso que producen. Sin embargo, falta algo esencial: el espíritu de la OTAN. Muchos, si no la mayoría, de los miembros ya no reconocen a la OTAN como algo fundamental para sus intereses nacionales.

Como lo expresó un alto funcionario, la organización es como un auto viejo y abollado que uno guarda en su poder mientras funcione, pero que tirará a la basura cuando sea demasiado costoso hacerle reparaciones. Todavía es posible aprovechar el viejo vehículo: comanda cerca de 6000 soldados en Afganistán, asegura una frágil seguridad en Kosovo y puede, como lo decidió la OTAN en junio, ser útil para entrenar las fuerzas iraquíes. Todavía vale la pena tener a la OTAN disponible. Pero, con excepción de los miembros que recién se han unido, pocos gobiernos de los dos lados del Atlántico parecen temer un desastre importante si desaparece gradualmente.

Eso, y no las discrepancias entre los aliados más importantes acerca de la Guerra de Irak, es lo que está causando la profunda crisis en que se encuentra la más antigua y exitosa alianza del mundo moderno. Las diferencias políticas sobre la aventura estadounidense en Irak exacerbaron la crisis, pero también ocultaron en parte su verdadera causa.

Ello explica por qué ni EE.UU. ni sus oponentes o partidarios en Europa trataron siquiera de tener una discusión detallada sobre el funcionamiento del Consejo de la OTAN antes, durante o después de la guerra de Irak: estaban conscientes de que sus visiones ya eran demasiado diferentes como para llegar a tener una sola voz. Esta también es la razón por la cual las modestas iniciativas que está tomando la alianza para ayudar a EE.UU. en sus intentos por estabilizar a Irak no harán que la OTAN vuelva a estar unida.

Es verdad que la administración de EE.UU. ahora ha pedido la ayuda de toda la OTAN, en marcado contraste con su altanera afirmación de hace apenas dos años de que la OTAN ya no importaba; no la membresía en la alianza, sino una misión militar en particular, definiría de ahí en más la coalición. No obstante, para la mayoría de los aliados este nuevo enfoque es meramente táctico, un signo del pragmatismo yankee cuando la situación lo exige y no un cambio de estrategia de parte de la administración Bush para reconstruir a la OTAN como el eje central de la alianza trasatlántica.

Los gobiernos europeos tampoco muestran esa intención. Los comunicados de las cumbres se han vuelto más modestos, a pesar de abundar en palabras. Incluso en los casos en que los miembros se han comprometido a una operación conjunta, como en Afganistán, el capaz nuevo Secretario General, el ex ministro de exteriores holandés Jaap de Hoop Scheffer, tiene que rogar por unos pocos helicópteros aquí y unos cientos de hombres allá, como el administrador de una asociación de fútbol venida a menos que intenta armar un equipo de la nada.

La crisis de confianza y cohesión de la OTAN tiene sus raíces en el fin de la Guerra Fría, no en las turbulencias de la guerra de Irak. La alianza puede enorgullecerse de importantes logros en los últimos 15 años: ayudó a estabilizar Europa a medida que se ampliaba a 26 miembros, casi el doble de la cantidad que había durante la Guerra Fría; mantuvo bajo control el conflicto de los Balcanes; incluso aceptó un papel en sucesos extraeuropeos, como en Afganistán. Pero la OTAN ha fracasado en la prueba más importante, asegurar que sus miembros sigan viendo su éxito como algo esencial para sus intereses.

El que ya no ocurra así es algo profundamente perturbador. Refleja menos las insuficiencias de los logros de la entidad que la miopía de sus miembros. Es cierto que ya no está en juego su seguridad frente a un ataque militar, pero la OTAN es más que sólo un pacto de defensa.

Como ninguna otra organización, La OTAN encarna la cohesión atlántica, algo que sigue siendo esencial para cualquier iniciativa de Occidente por promover un grado de orden internacional. La OTAN vincula a Europa con el país más poderoso del planeta y compromete de manera irremplazable a EE.UU. a un procedimiento común de consultas y cooperación. Más aún, es la única organización capaz de generar operaciones militares internacionales para las muchas tareas futuras relacionadas con el afianzamiento de la estabilidad.

Por tanto, es una locura el que los gobiernos europeos no apoyen la OTAN. Sentarse a ver cómo se diluye es, en el mejor de los casos, frívolo y, en el peor, peligroso. En lugar de culpar a la administración Bush y esperar a que se produzca un cambio de gobierno en EE.UU., los miembros europeos tienen que hacer que la OTAN sea parte de sus intereses nacionales nuevamente. Esto no implica doblegarse frente a cada opinión y capricho estadounidense y renunciar a los deseos de fortalecer la cooperación de defensa europea. Significa comprometerse a hacer nuevamente de la OTAN el lugar en donde ambos lados del Atlántico desarrollan un enfoque común frente a los peligros de este mundo.

Desgraciadamente, la mayoría de los gobiernos europeos simplemente se encoge de hombros cuando se plantea el tema. Esta peligrosa indiferencia es el signo más grave de la crisis de la OTAN.

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