La renuncia del Presidente paquistaní Pervez Musharraf pone fin a uno de los hechos más curiosos e interesantes de la política subcontinental: por más de cuatro años, Pakistán tuvo un presidente nacido en India, mientras India tenía un Primer Ministro (Manmohan Singh) nacido en Pakistán. Puesto que la separación de ambos países ya tiene más de sesenta años, es poco probable que tal anomalía se repita. Sin embargo, no es la única razón para saludar la salida de Musharraf con sentimientos encontrados.
Musharraf era alguien fácil de odiar del otro lado de la frontera. Después de todo, había llegado a lo más alto del ejército paquistaní con el respaldo de sus elementos islamistas, que se fortalecieron (en lo que con anterioridad había sido un cuerpo de oficiales más bien anglófilo, entrenado por los ingleses y estadounidenses) durante el largo régimen de un gobernante militar fundamentalista, el General Muhammad Zia-ul-Haq.
De hecho, aunque Musharraf mostraba una imagen educada y urbana, disfrutaba su whisky y admiraba a Turquía, no era uno de los laicos paquistaníes tan admirados por los liberales indios. En lugar de ello, cultivaba una reputación de estar en la línea dura anti-india. El hecho de que su familia hubiera tenido que huir de India tras la Partición contribuía a sostener esta imagen: se decía mucho que veía las relaciones con la India como una serie de oportunidades para buscar venganza por lo que había sufrido su familia en los levantamientos de refugiados de 1947.
Como Jefe del Alto Mando del Ejército, Musharraf dirigió la desastrosa invasión a Kargil de 1999, cuando Pakistán envió soldados subrepticiamente para que atravesaran las líneas de alto al fuego y capturaran puntos altos del terreno, vitales para tener control visual de un camino indio estratégico. La inteligencia india grabó a Musharraf jactándose en una línea telefónica abierta acerca de la acción durante una visita a Beijing. Puesto que la invasión fue manifiestamente ilegal y provocadora, Pakistán negó que hubiera soldados oficiales involucrados, con el resultado de que, cuando fueron rechazados con grandes costes para ambos bandos, Musharraf se negó a aceptar los cuerpos de sus propios soldados. Fue un punto bajo de las relaciones indo-paquistaníes, y nadie en Delhi estuvo dispuesto a confiar en él nunca más.
Sin embargo, en cuestión de meses Musharraf había dado un golpe de estado contra el desventurado Nawaz Sharif, y un año más tarde se declaró presidente, título con el que pretendía mejorar su estatura para cuando visitara la India para participar en conversaciones de paz en 2001. No obstante, Musharraf había llegado al poder como protector de los jihadistas que su ejército financiaba, equipaba y entrenaba para sus incursiones en territorio indio, y pocos en Nueva Delhi pensaban que se podía lograr una paz genuina con un hombre con tantos dobleces.
Luego ocurrieron los sucesos del 9/11, cuando -bajo intensa presión de los Estados Unidos para que apoyara las represalias estadounidenses en Afganistán o se atuviera a las consecuencias- se vio obligado a abandonar a sus protegidos. Los talibanes, bajo cuyo régimen Osama bin Laden había encontrado refugio, habían sido creados (y, en batallas cruciales, dirigidos) por Los Interservicios Secretos de Pakistán (ISI). Ahora Musharraf, para preservar la alianza de su país con la única superpotencia del mundo (y el mayor donante de fondos a su país), tenía que traicionar a los suyos.
Sin embargo, por al menos dos años Musharraf intentó jugar a dos bandas, arremetiendo en nombre de Estados Unidos contra los islamistas de la frontera occidental de Pakistán con Afganistán, mientras los protegía y azuzaba en la frontera oriental con India. Un ataque jihadista instigado por Pakistán al Parlamento de la India en Diciembre de 2001 casi provocó una guerra abierta.
No obstante, el doble juego demostró ser insostenible: los islamistas estaban menos inclinados que su ahora ambivalente protector a trazar distinciones sofistas entre un tipo de enemigo y otro. El resultado fue dos intentos de asesinato contra Musharraf en diciembre de 2003. Si antes estaba poco dispuesto a escoger un bando, los intentos de asesinato finalmente le mostraron de qué lado tenía que estar.
Desde entonces, Musharraf parece haber tratado genuinamente de poner coto al Frankestein que había creado como instrumento de su política en Pakistán. Durante cerca de dos años representó lo mejor que Occidente e India podían esperar en un líder paquistaní: alguien con autoridad militar que parecía convencido de que su propia supervivencia, y los intereses de su estado, exigían poner freno al terrorismo. "Nunca pensé que diría esto", me dijo una alta autoridad de seguridad nacional de Nueva Delhi, "pero Pervez Musharraf puede ser la mejor esperanza de India para alcanzar la paz con Pakistán."
Esto no podía durar indefinidamente. Los principales problemas surgieron en las "áreas tribales con administración federal” (FATA, pos sus siglas en inglés) de Pakistán occidental, donde el imperio de la ley brillaba por su ausencia. Musharraf, a quien le importaba evitar por sobre todas las cosas cualquier acción militar que pudiera provocar una rebelión tribal contra sus fuerzas, intentó comprar más espacio de maniobra político con los líderes insurgentes de las FATA, firmando acuerdos de paz con los mismos caudillos que su ejército debería haber estado persiguiendo.
Mientras tanto, empeoraron las dificultades internas. A medida que aumentaba el sentimiento anti-Musharraf en Pakistán y las medidas represivas hacia el poder judicial y la prensa le costaban cada vez más apoyos dentro de la intelligentsia, su control del poder comenzó a debilitarse. Su esfuerzo por llegar a un acuerdo con Benazir Bhutto fue un intento final de mantenerse en el cargo a través de la elección de un líder civil aceptable para la ciudadanía (y para Occidente). El asesinato de Bhutto por elementos islamistas cerró para siempre esa opción. La menguante autoridad de Musharraf lo hizo menos eficaz y, de hecho, menos útil: los talibanes resurgieron con fuerza en la frontera afgana de Pakistán, y se demostró que sus propios ISI habían estado involucrados en el bombardeo de la embajada de la India en Kabul.
Para el verano de 2008, tanto Occidente como la India se volvían a ver frente a un Pakistán al borde del caos, con sus áreas fronterizas en manos de los islamistas y sus ISI fuera del control del gobierno civil electo. Hay claras posibilidades de que se produzca una implosión de la eficacia de la autoridad del gobierno en Pakistán, y las consecuencias de ello serían graves. Sin embargo, para cuando Musharraf presentó su renuncia, ya había perdido la capacidad de hacer nada al respecto.


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