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El neoliberalismo y el neoconfucianismo se juntan
Kenneth Murphy
Occidente ha dominado el mundo desde la Revolución Industrial. Hoy ese dominio parece amenazado por los herederos del confucianismo del Asia oriental, la ideología por excelencia de la cohesión estatal.
Los siglos de inculcación del confucianismo fueron tan importantes para el surgimiento de las economías del Asia oriental caracterizadas por el hipercrecimiento como la conjunción del protestantismo y el surgimiento del capitalismo para Occidente. Los principios del confucianismo siguen constituyendo un compás interno para la mayoría de los asiáticos orientales en una era posconfuciana, así como las admoniciones bíblicas siguen siendo normas para Occidente en una era posreligiosa.
La orientación fundamental del confucianismo ha cambiado poco desde que los discípulos de Confucio de una generación anterior a la de Sócrates recopilaron sus aforismos. De hecho, el confucianismo llegó a ser la ideología oficial del Estado chino dos siglos antes del nacimiento de Cristo.
El confucianismo fue esencialmente una justificación filosófica del gobierno por parte de una burocracia benévola dirigida por un soberano virtuoso. La virtud garantizaba la armonía entre el hombre y la naturaleza, además de la obediencia dentro de una sociedad estratificada. Un principio confuciano clásico es el siguiente: poseer la virtud brindará al soberano el pueblo; poseer al pueblo le brindará el territorio; poseer el territorio le brindará su riqueza; poseer la riqueza le brindará recursos para gastar. La virtud es la raíz; la riqueza es el resultado.
Durante el renacimiento neoconfuciano de los siglos XI y XII, se añadió una dimensión metafísica para colmar un vacío revelado por los avances del budismo dentro de China. En adelante, un buen confuciano podía desdeñar, con la conciencia tranquila, la renuncia budista al mundo. Esa reformulación de preceptos fundamentales restableció la primacía del confucianismo en China y los Estados vecinos, que se mantuvo indiscutida durante 700 años.
El neoconfucianismo brindó la ideología básica a los vecinos de China que la admiraban –el Japón, Corea y Vietnam– hasta el advenimiento de Occidente. Sus principios eran sumamente idóneos para las estables y refinadas civilizaciones agrarias anteriores al siglo XIX en el Asia oriental, pues vinculaban estrechamente la sociedad y el sistema político de forma que fomentaran la estabilidad y la armonía.
La garantía en última instancia de la armonía era la justicia del soberano, que le permitía gozar del “mandato del Cielo”; el pueblo tenía el derecho –más aún: la obligación– de rebelarse contra un tirano, pero, mientras que la base ética del neoconfucianismo era decisiva, los chinos entendían también la necesidad de una burocracia moralmente motivada, por lo que en el siglo VII perfeccionaron el primer sistema de exámenes del mundo para seleccionar a los burócratas, en el que el plan de estudios era el canon confuciano.
Naturalmente, el sistema neoconfuciano no era inmune a los apetitos de la humanidad. Muchos emperadores confucianos fueron brutales, pero, aun así, se logró la estabilidad. En China sólo hubo un cambio de dinastía entre 1368 y el fin de la era imperial en 1911. Los shoguns Tokugawa, que llevaron a cabo la reunificación del Japón en 1600, permanecieron en el poder más de dos siglos y medio. En Corea, la dinastía Yi gobernó desde 1382 hasta la conquista japonesa de 1910. No se eliminaron las guerras civiles y rebeliones periódicas, pero sólo en Vietnam la longevidad de una dinastía encubrió guerras intestinas interminables.
Como una infancia feliz y segura, la civilización confuciana confirió a sus practicantes la autoconfianza para afrontar el desafío de Occidente. Como el confucianismo fue una ideología esencialmente agnóstica, interesada en la administración del mundo visible, los posconfucianos experimentaron en muy menor medida la angustia espiritual que afligió a los hinduistas, los musulmanes y los cristianos en su colisión con el “materialismo” de la sociedad industrial.
La cultura cívica confuciana constituyó también la base para una larga historia de autogobierno logrado. Los asiáticos orientales entraron en el mundo moderno de los Estados-nación en unidades seculares conscientemente discretas. En cambio, el subcontinente indio, con dos religiones importantes y una docena de grupos lingüísticos importantes, sólo se unió en la época moderna bajo el gobierno británico.
El saber aplicado es la clave para el éxito de los Estados posconfucianos. Los literatos confucianos, que rehuían el trabajo manual, se dejaban crecer las uñas muy largas, pero nunca mostraron aversión al mundo de los negocios. El mito chino del éxito consistía en un niño campesino muy inteligente cuya aldea contribuía mancomunadamente a su educación y cuyo éxito posterior propiciaba la elevación de todos los que lo habían ayudado a abrirse paso hasta la administración pública.
En un plano ideal, el Estado y la familia eran imágenes especulares. El Emperador era el paterfamilias supremo y su benévolo gobierno era correspondido por sus ministros y súbditos, mientras que los miembros de la familia tenían una posición fija en sus relaciones jerárquicas apropiadas. Las familias y las naciones que obedecían juntas permanecían unidas.
El Japón de la era Meiji comprendió las ventajas de hacer que la nación fuera un macrocosmos de la familia. En una orden imperial de 1890 se exponían los objetivos de la educación: los conceptos confucianos de lealtad, obediencia y piedad filial debían pasar de la familia a la nación. Por la misma época, aproximadamente, el erudito chino Yen Fu –cuyas traducciones de Adam Smith, John Stuart Mill, Herbert Spencer y Montesquieu fueron leídas incluso por el joven Mao– concluyó también que la piedad filial fomentaba los hábitos de subordinación disciplinada a la autoridad que se podían aplicar a la fábrica y al sistema de gobierno.
Durante el siglo pasado, los Estados posconfucianos se han habituado a un mundo pluralista de Estados-nación teóricamente iguales, pero resulta difícil saber la profundidad de esa adaptación. Si se tiene la sensación de que Occidente intenta mantener la hegemonía que arrebató hace 200 años al ser el primero en industrializarse, con lo que privó para siempre a los posconfucianos de los frutos de su dinamismo, los chinos, en particular, sacarán la conclusión de que el pluralismo es un cuento y la concepción del mundo de Occidente es, en realidad, una reproducción de la suya tradicional.
En ese caso, las batallas comerciales y monetarias actuales pasarían a ser una Kulturkampf. Dentro de unos decenios, cuando la economía china sea equiparable a la de los Estados Unidos en tamaño, será difícil declarar cuál es el vencedor. Será mejor que Occidente acepte la igualdad ahora... y se esfuerce por conservarla.
Copyright: project Syndicate, 2005.
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Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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