The Worldly Philosophers
El déficit de visión de Europa
Jan-Werner Mueller
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Los festejos para celebrar el 50 aniversario del Tratado de Roma este mes llegan en un momento oportuno. Ahora es el momento de que la Unión Europea ponga fin a su “período de reflexión” autoimpuesto tras el rechazo de la Constitución Europea por parte de los franceses y los holandeses, y reinicie el proceso de unificación que empezó en Roma hace 50 años.
El período de reflexión estuvo absolutamente desprovisto de verdadera reflexión, y los líderes europeos no lograron ofrecerles a los ciudadanos de Europa una visión nueva y sustancial. ¿Cómo debería lograrse, entonces, una “refundación” (Neubergründung) de Europa –como lo llamó la canciller alemana, Angela Merkel, en su primer discurso parlamentario sobre política europea?
En teoría, existes tres visiones fundamentalmente diferentes y enfrentadas sobre el futuro de la UE. Algunas aún adoptan la forma de un “estado de estados nación”. Quienes piensan así –y a los que, imprecisamente, se llama “federalistas”- se refieren a la Constitución como un paso necesario hacia una federación europea.
Una federación de este tipo se puede justificar diciendo que la sustancia moral de un estado nación se vio profundamente comprometida por la beligerancia pasada, o como una medida preventiva práctica para mantener bajo control cualquier posible ansiedad de un nuevo conflicto. Es más, el científico político británico Glyn Morgan sostuvo que un concepto robusto de seguridad paneuropea también requiere de un estado paneuropeo, y que es irresponsable por parte de las elites de Europa mantener una posición permanente de dependencia estratégica de Estados Unidos. Vinculado a esto está la idea de que sólo una UE fuerte puede salvar al “modelo social europeo”.
Sin embargo, los últimos años pusieron de manifiesto la ausencia de un respaldo mayoritario a una federación europea por parte de los estados que conforman Europa, un punto que subrayó el debate alrededor del fallido Tratado Constitucional. De hecho, muchos de los argumentos “federalistas” parecen dudosos: en particular, no existe ningún modelo social europeo único. Las diferencias, por ejemplo, entre los países escandinavos, los países mediterráneos y los “países atlánticos liberales” como Irlanda y Gran Bretaña suelen ser más pronunciadas que las que existen entre Europa en su totalidad y Estados Unidos.
En los últimos años, se fortaleció una visión alternativa de la UE que se puede describir como un “multiculturalismo supranacional”. Esta visión implica una Unión cuya función principal es la de permitir –y mantener- la diversidad y la diferencia. En lugar de estados homogéneos tradicionales, esta Europa busca ser una “Comunidad de Diversidad”, una especie de “Pueblo de Otros”, para robarle una frase al jurista Joseph Weiler. Según esta visión, la tolerancia se convierte en la virtud europea cardinal, y se considera que el carácter de la UE como una entidad con derecho federal pero sin estadidad federal es una fortaleza, no una debilidad.
Los profetas del multiculturalismo supranacional, por ende, rechazan una democracia federal. En su opinión, lo que es factible, en el mejor de los casos, es una llamada “demoi-cracia” –es decir, el gobierno no de un pueblo o “demos”, sino de muchos pueblos o “demoi” que deliberadamente aseguran y buscan mantener su diversidad.
Algunos elementos de esta visión suenan atractivos. Es cuestionable, sin embargo, lo creíbles que pueden ser los jefes de gobierno europeos que promueven este tipo de multiculturalismo paneuropeo y, al mismo tiempo, denuncian enfáticamente las supuestas ilusiones “multiculturalistas” puertas adentro –algo que se ha convertido en retórica política estándar en casi todos los países.
La tercera visión, esencialmente, no es ninguna visión, sino una justificación de la burocracia de Bruselas tal como existe actualmente. Desde esta perspectiva tecnocrática, Bruselas hoy mantiene funciones que, incluso dentro de los estados nación, suelen delegarse a instituciones que no son elegidas democráticamente. Los bancos centrales son el ejemplo clásico. Aquellas zonas de políticas que los ciudadanos consideran más importantes –en particular, la política social y la educación- siguen bajo la dirección de los estados miembro.
En consecuencia, Bruselas no es ningún posible gobierno, sino una autoridad regulatoria –y esto, muchas veces, en beneficio de los consumidores europeos-. Esta autoridad, sostienen los tecnócratas, a su vez es parte de un sistema de verificaciones y equilibrios nacionales y supranacionales que, si bien no se asemeja a una democracia nacional, impediría fehacientemente que el despotismo se arraigara en Bruselas.
Ninguna de estas tres visiones es enteramente ajena a la actual realidad de la UE o a sus posibilidades futuras. La federación se ha convertido en una perspectiva distante, pero sigue recibiendo honores en los discursos de los políticos, como si un resultado final diferente fuera inconcebible. Las demoi-cracias ganan apoyo porque su visión tiende a reforzar el status quo y deja abiertas casi todas las opciones. Los tecnócratas, a su vez, ven cómo se consolida su posición cada día que pasa cuando la supuesta crisis de legitimidad no termina de producirse.
Ahora bien, ¿existe un entendimiento político paneuropeo para el que se pueda alcanzar un consenso o que exija una mayoría? Si la respuesta es no, adherir a un enfoque pragmático de la Unión como una especie de “Commonwealth” es la alternativa más honesta para cualquier visión de altos principios. El clásico argumento de que la UE, como una bicicleta, siempre debe avanzar hacia delante para no caerse, sencillamente no es válido: el período de reflexión puede ser frustrante para los federalistas, pero también demuestra que, incluso en un punto muerto, la UE continúa.
Las elites de Bruselas probablemente no admitan este hecho así nomás: su retórica sigue oscilando entre el profundo pesimismo y una suerte de agente de relaciones públicas pro-europeo al que solamente le preocupa cómo “venderle” mejor la Unión a los ciudadanos europeos. Pero eso será imposible si no existe una visión que se venda a sí misma.
Jan-Werner Müller, profesor de Teoría política y la historia de las ideas en la Universidad de Princeton, es autor de Constitutional Patriotism (Patriotismo constitucional).
Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducción de Claudia Martínez
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