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¿Señora Europa o Frau Germania?

BERLÍN – ¿Qué es lo que sucede con Angela Merkel? Hasta hace poco, se la celebraba como “Señora Europa”; ahora, cada vez da más la impresión de ser Frau Germania. En lugar de ofrecer un liderazgo decidido en la crisis financiera y económica global, la economía más importante de la Unión Europea se está recluyendo en su caparazón.

Alemania siempre ha sido el motor de la integración europea, en concordancia con sus intereses políticos y económicos. Cada gobierno posterior a la Segunda Guerra Mundial siempre estuvo dispuesto a aprovechar la fortaleza financiera de Alemania para promover ese objetivo –vale decir, para pagar la cuenta por Europa.

El lema es simple: Alemania da y gana a cambio. Si Alemania desdeñara la primera parte de esta fórmula, el proyecto europeo sufriría un daño serio –al igual que los intereses nacionales alemanes-. Sin embargo, ésta es la dirección en la que parece encaminarse la canciller Merkel.

De hecho, tras la crisis griega, Merkel habló públicamente de la necesidad de poder excluir a los miembros de la eurozona que no se rigen por las reglas de juego. ¿Realmente cree que el euro y la UE sobrevivirían a semejante acción punitiva? En lugar de ideas para fortalecer la solidaridad y la estabilidad de la eurozona, en Berlín salen a flote propuestas absurdas.

La idea de que Alemania mostraría solidaridad financiera hacia los miembros debilitados de la eurozona sólo si aceptasen medidas draconianas de estabilización es igualmente irrealista. Esas medidas no harían más que exacerbar la deflación en esos países, que son los mercados más importantes para las exportaciones alemanas.

Lo que resulta esencial es la combinación apropiada de estabilidad y ayuda financiera, aún si ésta última no resulta popular entre la población alemana. Sin duda, los estados miembro de la eurozona también necesitaban el coraje para responder a la crisis de confianza a la que se enfrentaba la moneda común con una acción concertada para un mayor control de los presupuestos nacionales y una mejor cooperación. No obstante, como primera medida, Grecia debe recibir ayuda, a través de la solidaridad financiera de los gobiernos de la UE.

Por otra parte, las críticas extranjeras a Alemania por tener un excedente de cuenta corriente similar al de China son infundadas. Estas críticas no tienen en cuenta dos diferencias importantes: primero, a diferencia de China, Alemania, como miembro de la eurozona, no puede subvaluar su moneda. Segundo, las “exportaciones” alemanas están dirigidas, principalmente, a la UE.

Pedir que Alemania deje de aumentar su competitividad, o que la reduzca, es simplemente bizarro. Desde 1990 hasta 2003, Alemania tuvo que lidiar con un alto desempleo, un crecimiento lento y una baja competitividad, y la economía de Europa sufrió en consecuencia. La recuperación fue difícil de alcanzar, pero el Mercado Común se benefició con la renovada competitividad de Alemania.

El punto crucial no es el renovado fortalecimiento de la economía alemana, sino si Alemania utilizará este fortalecimiento para bien de Europa o del suyo propio. Desafortunadamente, Merkel parece haberse decidido por la segunda opción, porque conlleva menos riesgos políticos internos.

La responsabilidad por el conflicto actual dentro de la UE recae sobre los gobiernos de la eurozona, pero principalmente sobre Alemania y Francia, las dos economías más fuertes de la zona. En lugar de liderar, la pareja franco-alemana se pelea todo el tiempo, y a la vista de todos. Si bien la controversia actual tiene que ver con quién debería pagar por la reestructuración de Grecia, la verdadera cuestión es la desconfianza latente entre los dos socios, que acarrea el peligro de un distanciamiento permanente.

Desde el punto de vista alemán, Francia sólo quiere solucionar sus problemas del presupuesto nacional y de la deuda a expensas de Alemania, debilitando al mismo tiempo la competitividad de Alemania. El gobierno francés, por otra parte, teme que el compromiso de los alemanes con la estabilidad de la eurozona sea una estratagema destinada a empujar a Francia a un rincón y dejarla rezagada económicamente.

Desde que estalló la crisis global en el otoño de 2008, tanto Merkel como el presidente francés, Nicolas Sarkozy, han enfrentado amenazas de que sus mayorías políticas podrían desaparecer si dejaran de lado sus intereses nacionales a favor de un compromiso europeo. No existe ninguna posibilidad de que Francia cumpla con los objetivos de estabilización de Alemania, a menos que Sarkozy quiera olvidarse de una reelección. Merkel causaría indignación entre sus votantes conservadores (así como una derrota judicial en la Corte Constitucional Alemana en Karlsruhe) si aceptara una política de mayor gasto libre, incluyendo cualquier asistencia financiera directa para Grecia.

En breve, Helmut Kohl, ciudadano honorario de Europa y canciller de la Reunificación de Alemania, celebrará su cumpleaños número 80. Como suele suceder en estas ocasiones, habrá muchos discursos majestuosos sobre Europa. Pero, en vista de la situación actual, podríamos obviarlos sin problema. Lo que Europa necesita en esta crisis seria son estadistas y mujeres del calibre de Kohl, no políticos domésticos.

Como el gran ganador económico y político de la eurozona, Alemania, en particular, no puede permitir que una crisis seria de confianza amenace el proyecto europeo, porque casi las dos terceras partes de sus exportaciones van a la UE. Desde el colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008, ha quedado claro que la crisis global iba a implicar un reto para la UE y el euro, porque Europa carece de un gobierno y una política fiscal común.

La coordinación dentro de la eurozona –sobre todo entre sus economías más importantes, Francia y Alemania- es, por ende, vital. En Berlín y en París, ante todo, es donde debe decidirse la estrategia de gestión de crisis para la zona del euro.

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