Thursday, October 30, 2014
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Avanzar más allá de la Putinomía

MOSCU – La elección de Dmitry Medvedev como nuevo presidente de Rusia estaba prácticamente garantizada. Que pueda o no mejorar la economía de Rusia después de asumir el cargo en mayo es algo mucho más incierto.

Sin duda, la administración de Vladimir Putin parece haber dejado a la economía de Rusia en estado rozagante. El crecimiento económico promedió el 7,2% entre 1999 y 2008. Las reservas extranjeras representan el 30% del PBI y son las terceras más altas del mundo en términos absolutos. El mercado accionario creció veinte veces. La clase media está comprando autos extranjeros, veraneando en el extranjero y cenando en restaurantes de sushi, y las encuestas demuestran que el grado de satisfacción aumentó para todos por igual.

El éxito económico de Rusia en parte puede atribuirse a los elevados precios del petróleo y las materias primas. Pero el petróleo no es toda la historia. La reforma tributaria de 2001 mejoró los incentivos para trabajar y redujo la evasión impositiva al introducir un impuesto a las ganancias plano del 13% -uno de los más bajos del mundo-. La liberalización de los procedimientos para el registro y los permisos de licencias corporativos así como la reducción de las inspecciones mejoraron el clima para los pequeños negocios y empresarios. La política macroeconómica conservadora y la reforma del sector financiero redujeron las tasas de interés y estimularon un auge de inversión y consumo. Los salarios reales se triplicaron y la pobreza y el desempleo cayeron el 50%.

Sin embargo, el discurso preelectoral más notable de Medvedev -inusualmente liberal incluso para los parámetros occidentales- admitió varios desafíos económicos. Medvedev parece entender que sostener el crecimiento no será tarea fácil: los precios del petróleo aumentan constantemente y el "fruto fácil de recoger" de la reforma económica básica y las políticas macroeconómicas prudentes ya fue recogido. De acuerdo con Medvedev, la única solución es promover la iniciativa y la innovación privada.

La desigualdad y la corrupción son los principales obstáculos. A pesar de los recientes logros económicos de Rusia, ambos siguen estando en niveles alarmantemente altos. Según la revista Forbes , hay 87 multimillonarios rusos, con una riqueza combinada de 471.000 millones de dólares, una cifra sólo superada por Estados Unidos. Sin embargo, su valor neto representa aproximadamente el 30% del PBI de Rusia, mientras que los 469 multimillonarios de Estados Unidos sólo representan alrededor del 10% del PBI norteamericano.

Más importante aún, la desigualdad de oportunidades también es muy alta. De acuerdo con una encuesta reciente, la mayoría de los rusos cree que para adquirir riqueza se necesita una actividad criminal y conexiones políticas. Sólo el 20% cree que el talento cuenta. Estas creencias son profecías autocumplidas. Más allá de la clase media relativamente pequeña y de la aún más reducida elite empresarial e intelectual, la mayoría de los rusos ni asumen riesgos para convertirse en empresarios ni favorecen la liberalización económica y política. Según una importante encuesta realizada recientemente por el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, sólo el 36% de los rusos respalda la democracia y apenas el 28% apoya la reforma de mercado, en ambos casos la cifra más baja, por lejos, entre todos los países en transición.

La otra barrera importante para el crecimiento es la corrupción. En otra encuesta del Banco Mundial-Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, el 40% de las empresas en Rusia admitieron hacer pagos extraoficiales frecuentes y aproximadamente el mismo porcentaje indicó que la corrupción es un problema serio a la hora de hacer negocios. A diferencia de otros mercados emergentes, la corrupción no se redujo con el crecimiento económico; sigue siendo tan alta como en países con una cuarta parte del ingreso per capita de Rusia.

Una razón para la corrupción sostenida es que la poderosa burocracia de Rusia tiene mucho que perder con la liberalización económica. Quizá más importante sea el hecho de que cuesta combatir la corrupción sin una reforma política, sin libertad de prensa y sin una sociedad civil vibrante.

Notablemente, Medvedev no muestra reservas para hablar de liberalización política. De hecho, cita a Catalina la Grande: "La libertad es el alma de todo. Quiero obediencia ante la ley, pero no la ley de los esclavos". El sabe que el régimen de derecho es un prerrequisito para el crecimiento económico sostenible y promete construir un sistema judicial independiente y efectivo. En otras palabras, su programa es similar al de Putin en 2000. Desafortunadamente, como el propio Putin reconoció recientemente, gran parte de esa agenda nunca se materializó.

Implementar el programa de Medvedev beneficiaría tanto a Rusia como a Occidente. No debería olvidarse este último punto, porque los intereses de Occidente en Rusia crecieron desde que Putin fue electo: la inversión extranjera está en auge, la clase media está hambrienta de todo lo que venga de Occidente y hasta las empresas rusas están invirtiendo en el exterior.

Rusia ya es un mercado importante, y si el crecimiento continúa, será candidato para un posible acceso a la OCDE en pocos años. Una presión que puede ejercer Occidente es condicionar la membresía a una liberalización política y económica. Medvedev parece entender que un nuevo despliegue semejante de liberalización también está en el interés de Rusia.

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