China World
El control de la televisión china
David Moser
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El informe de World Press Freedom correspondiente a 2003 y hecho público por el grupo Reporteros sin Fronteras sitúa a China en el puesto 161º de entre 166 naciones, más o menos entre el Irán y Corea del Norte, pero al menos lo que ofrece la televisión china ya no consiste en los melodramas mojigatos y los toscos programas de adoctrinamiento del pasado maoísta. Los observadores casuales de la audaz oferta de programas de sexo, crimen, drogas, violencia y juegos triviales en la televisión china podrían tener la impresión de que se han eliminado la mayoría de las trabas a los programas televisivos.
Desde luego, esa impresión se esfuma, si nos centramos en el contenido político explicito. Los puntos de vista que se desvían, por poco que sea, de la doctrina del Partido siguen ausentes de la televisión china. Pese a la diversidad superficial de la programación, el monolítico control del discurso político ha cambiado poco desde el decenio de 1950.
Pero el simple volumen de la programación de la televisión china dificulta el mantenimiento de dicho control. Tan sólo la Televisión Central China (CCTV) tiene 12 canales (muchos de los cuales emiten las 24 horas del día) y 3.000 empleados. La CCTV está sometida al control del Departamento de Propaganda del Ministerio de Radio, Cine y Televisión. Numerosas emisoras de televisión provinciales y municipales tienen que transmitir también la programación de la CCTV. Esa combinación representa una vasta empresa administrativa. Dada la impresionante cantidad de programación necesaria para llenar los espacios televisivos, la vigilancia de los contenidos debe hacerse con máxima eficiencia.
Gracias a la decisión adoptada por el gobierno en el decenio de 1990 de pasar a aplicar una estrategia de libre mercado para los productos de entretenimiento, la censura ha resultado más fácil, no más difícil. Se suprimieron la mayoría de las grandes subvenciones a las emisoras de televisión y el nuevo planteamiento que entrañaba el peligro de tener que cerrar, en el peor de los casos, las obligó a competir por los ingresos publicitarios, gracias a lo cual la programación resultó más atractiva para las masas.
Así, con una estrategia reflejada en otros aspectos de la esfera cultural, el gobierno se limitó a renunciar a gran parte del control sobre el componente moral de los programas de televisión. Las campañas saohuang antipornográficas llevadas a cabo en el decenio de 1980 y a comienzos del de 1990 son cosa del pasado. Tal vez al comprender que una población entretenida y distraída es menos propensa a quejarse sobre la política pública, el Partido ha permitido que la programación de entretenimiento siga el modelo occidental, con lo que se ha reducido la necesidad de una censura detallada.
El resultado es una separación de facto entre las noticias y todo lo demás, lo que permite a las autoridades controlar cómodamente la programación de los telediarios con mano de hierro, mientras que relega la mayor parte de la programación a un sistema de vigilancia menos riguroso e intensivo. Naturalmente, dada la atmósfera sumamente politizada de China, la política puede filtrarse incluso hasta los sectores más inocuos del discurso y los numerosos programas de entrevistas y participación del auditorio requieren un sistema menos entrometido, pero, aun así, eficaz, de regulación de los contenidos.
La primera sorpresa que tuve mientras trabajaba para la CCTV como planificador de programas fue la de ver lo mínimo que es ese sistema. Las órdenes de arriba abajo y la censura estricta son poco comunes. Existen pocas directrices en las que se expongan los asuntos prohibidos o delicados. No hay memorandos constantes que dicten los contenidos. Los funcionarios del Partido no fiscalizan cada una de las fases del proceso y por orden del Partido no se corta prácticamente nada de los productos acabados.
En apariencia, los autores, directores e intérpretes parecen disponer de libertad para planificar y producir sus espectáculos con poca o ninguna supervisión ni vigilancia. Entonces, ¿cómo bloquea ese sistema los contenidos delictivos?
En primer lugar, el sistema es en gran medida reactivo. Los jefes del departamento y los comités de supervisión que se reúnen para evaluar la programación raras veces dictan los contenidos, sino que se limitan a transmitir sus quejas y recomendaciones a los jefes de programación. La jerarquía vertical es autocrática y arbitraria; los niveles inferiores hacen pocas aportaciones colaborativas y carecen de derecho de apelación. Las consecuencias de las violaciones graves pueden ser reprimendas o despidos.
De hecho, el sistema ha llegado a estar en gran medida autorregulado. Según mi experiencia, el 99 por ciento de toda la censura se debe a los propios autores y productores. Las quejas y advertencias esporádicas procedentes de los niveles superiores les permiten desarrollar un sentido intuitivo sobre los límites de los contenidos aceptables, por lo que crean espectáculos que carecen de material delictivo desde el principio. La falta de directrices explícitas mantiene también más de lo necesario el carácter conservador de los contenidos, porque los productores suelen curarse en salud.
La intimidación imprecisa, pero omnipresente, es el factor principal que mantiene a raya al personal de televisión, pero otra fuerza está también al servicio de los intereses del Partido: la profundamente arraigada inercia cultural china que prima el comportamiento colectivista y grupal. En semejante atmósfera, la inclusión de contenidos políticamente incorrectos no es una simple actitud arriesgada, sino que constituye una infracción del decoro social. De hecho, al trabajar diariamente con creadores televisivos chinos, advertí una tendencia sutil, casi instintiva, a evitar cualquier contenido o modalidad inhabitual, novedoso u heterodoxo, por no decir subversivo.
Las excepciones a ese estado de cosas se producen cuando el Partido inicia una campaña de propaganda, como, por ejemplo, la relacionada con la entrega de Hong Kong en 1997 o la más reciente blitzkrieg contra Falun Gong. En esos momentos, se dictan directrices para que se produzca una programación con un contenido ideológico determinado y esas emisiones -denominadas renwu (deberes)- son supervisadas someramente por los productores de televisión, tras lo cual vuelve al sistema habitual, sin intervención del nivel superior de la jerarquía .
Muchos productores de televisión han interiorizado esos controles tan bien, que éstos han pasado a ser un fenómeno inconsciente y los auditorios, ahora entretenidos por dramas de época y culebrones inacabables, no claman por contenidos políticos más libres. De no haber un cambio catastrófico, es de esperar que ese método de control de la información continúe hasta bien entrado el siglo XXI.
David Moser ha enseñado traducción y lingüística en la Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing y actualmente es asesor de programas e inglés en la CCTV, en Beijing.
Copyright: Project Syndicate, agosto de 2004.
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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