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La revolución correcta para Francia

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2007-05-06

¿Francia está por cambiar la revolución facticia de mayo de 1968 por una contrarrevolución engañosa este año o los franceses le dieron a Nicolas Sarkozy el mandato de un cambio real para modernizar su país? ¿Por qué Sarkozy ganó la elección presidencial de Francia y cuáles son las consecuencias probables de su victoria para Francia, Europa y el mundo?

Sobre todo, Sarkozy ganó porque, si bien algunos de los que votaron por él pueden haber temido que fuera “demasiado” en términos de responsabilidad, muchos más creyeron que Ségolène Royal era simplemente “demasiado poco” en términos de sustancia –una impresión más confirmada que disipada por su debate cara a cara-. El fracaso de Royal, a pesar de su energía y determinación, no fue porque es mujer, sino a pesar de eso.

En 1968, después de diez años de Charles de Gaulle, y en medio de un período de fuerte crecimiento y pleno empleo, los franceses estaban aburridos. Hoy, después de 12 años de Jacques Chirac y 14 años de François Mitterrand, con una tasa de crecimiento más baja que la mayoría de Europa y un nivel de endeudamiento y desempleo superior al de la mayoría, a Francia le preocupa la decadencia y está lista para una reforma. Lo que Sarkozy entendió mejor que nadie es que, 39 años después de mayo de 1968, Francia está de ánimo para el trabajo, no para el amor.

La mayoría de los votantes que respaldaron a Sarkozy esperan un tipo diferente de Estado, un Estado que sea más capaz de ofrecer seguridad física contra la violencia y menos capaz de complicarles la vida en términos económicos y fiscales. Esta Francia apoya a Sarkozy con entusiasmo; otros lo ven como un remedio desagradable pero necesario que Francia necesita para curar sus males.

Las advertencias de último minuto de Royal de que Francia estallaría si Sarkozy ganaba la elección no fueron ni serios ni dignos. Sin embargo, Francia es un país profundamente dividido y difícil de reformar. No es Gran Bretaña en los años 70, un país que verdaderamente no tenía nada que perder si tomaba el arduo camino de cambio estructural de Margaret Thatcher. Desde su estilo de vida particular hasta sus servicios públicos todavía eficientes, los franceses saben que a su país no le está yendo tan mal. Pero, con una mezcla de mal humor y sumisión voluntaria, ahora saben que deben enfrentar sus limitaciones.

Sarkozy tiene menos de seis meses para implementar las reformas clave necesarias si Francia quiere alcanzar a los líderes de Europa en materia de crecimiento. Para que eso suceda, necesita una mayoría parlamentaria, que debería obtener en las próximas elecciones legislativas.

Pero, más que nada, lo que Sarkozy necesita es que los franceses sean coherentes sobre sí mismos. Para lograrlo, debe aunar las energías positivas que lo llevaron al poder, sin encender las energías negativas que se juntarán para resistir el cambio.

Por cierto, éste será el principal desafío de Sarkozy. El hombre demostró sus talentos pedagógicos durante la campaña. Pero la firmeza debe estar acompañada por una fuerte sensación de respeto por todos aquellos, particularmente en la comunidad de inmigrantes, que no votaron por él. Para ganar, sacó provecho de los temores de una porción importante del electorado; para triunfar, todavía debe infundir esperanza.

Para Europa, la elección de Sarkozy no es un mal presagio. Mientras que los problemas de la Unión Europea no se resolverán porque Francia tenga un nuevo presidente, la visión de Sarkozy de un tratado constitucional simplificado para reemplazar el borrador que los votantes franceses y holandeses rechazaron en 2005 es más realista que el llamado de Royal a un nuevo referéndum.

Hace unos años, Sarkozy sugirió un Club de los Seis para guiar a Europa. Pero Polonia se autoexcluyó de los países que importan políticamente y los líderes de Italia y España hicieron campaña abiertamente a favor de Royal. El aparentemente euro-escéptico Gordon Brown está por reemplazar a Tony Blair en Gran Bretaña. De manera que la alianza franco-alemana reanudará un papel preponderante, aunque más no sea por omisión.

Por supuesto, Sarkozy y la canciller alemana, Angela Merkel, no reproducirán las alianzas especiales de Helmut Schmidt y Valéry Giscard d’Estaing, o François Mitterrand y Helmut Kohl. Pero el futuro de Europa una vez más dependerá ampliamente de los gobiernos de Berlín y París.

Dicho esto, la victoria de Sarkozy no marcará una gran diferencia para el mundo más allá de Europa. Mientras que Chirac se interesaba entusiastamente en los asuntos mundiales, Sarkozy, por inclinación y por cálculo político, se concentrará, al menos en un principio –y en ausencia de una importante crisis internacional-, en los asuntos internos. Incluso en las relaciones transatlánticas, el cambio tendrá que ver más con una cuestión de estilo que de contenido.

Sin embargo, la influencia internacional de Sarkozy ya se hizo sentir en el caso de Turquía. La combinación de su clara oposición a la admisión de Turquía en la UE y la incertidumbre sobre la agenda final del partido islamista en el poder en ese país contribuyó, al menos en parte, a la actual crisis turca. ¿Por qué las fuerzas de la oposición en Turquía deberían comportarse atemperadamente si la moderada perspectiva de la incorporación a la UE ya no existe?

Francia tiene la oportunidad única de adaptarse a la necesidad de reformas. El pueblo francés demostró madurez. Pero Sarkozy tendrá que actuar de manera responsable y demostrar que realmente puede cambiar el país y reconciliar a los franceses consigo mismos y con la posición de Francia en un mundo globalizado.

Dominique Moisi, fundador y asesor de Ifri (Instituto Francés para las Relaciones Internacionales), hoy es profesor en el College of Europe en Natolin, Varsovia.

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