WEEKLY SERIES

THOUGHT LEADERS

GLOBAL PERSPECTIVES

INTERNATIONAL INSIGHT

MIND AND MATTER

SPECIAL SERIES

PROJECT SYNDICATE

Europe at Home and Abroad

El espejo vienés de la UE

Wess Mitchell

English Spanish Russian French German Czech Chinese Arabic
2008-02-13

Si un burócrata de la Unión Europea pudiera viajar a la Viena de fin de siècle, se sorprendería de cuánto se asemeja el Imperio de los Habsburgo con la UE de hoy en día. Al igual que la UE, Austria-Hungría fue un experimento de ingeniería supranacional compuesto por 51 millones de habitantes, 11 nacionalidades y 14 idiomas. Este microcosmos de Europa era gobernado por un Emperador-Rey de doble trono y dos parlamentos gemelos que representaban sus mitades austriaca y húngara, que tenían un alto grado de independencia.

El Imperio de los Habsburgo actuaba como una fuerza estabilizadora para sus pueblos y para Europa. Para sus grupos étnicos dispersos, jugaba el doble papel de árbitro y protector, pacificando las rivalidades indígenas y protegiendo a naciones de pequeño tamaño frente a estados predadores. También llenaba un vacío geopolítico en el corazón del continente, representando un contrapeso frente a Alemania y Rusia.

Mientras cumplió estas funciones, Austria era vista como una “necesidad europea”, un factor de equilibrio de nacionalidades y naciones para el que no había sustituto concebible. Sin embargo, a principios del siglo XX el imperio enfrentó dos problemas que sembraron dudas acerca de su capacidad de cumplir estas misiones.

En primer lugar, se mostró incapaz de conciliar y representar los intereses de los pueblos que los formaban. El centro del problema era el Compromiso de 1867, que dividió el imperio en las mitades austriaca y húngara. Al excluir a los eslavos, que representaban la mitad de la población del imperio, el Compromiso fue visto como un vehículo para la dominación alemana/magiar. Los intentos de modificar este orden fueron incapaces de lograr lo que se necesitaba: un acuerdo político entre alemanes y eslavos similar al que se había logrado entre alemanes y húngaros.

En segundo lugar, debido en parte a crisis nacionalistas internas, al imperio le resultó cada vez más difícil trazar un rumbo unificado e independiente en los asuntos internacionales. Confrontada después de 1906 a una Rusia más asertiva, Austria-Hungría recurrió a una dependencia cada vez mayor en Alemania, con lo que fue renunciado al estatus especial del imperio como estabilizador geopolítico.

Estos problemas infligieron un daño irreparable a la imagen del Imperio Austro-Húngaro como una "necesidad", tanto para sus súbditos, que llegaron a ver la autodeterminación nacional como una alternativa superior al supranacionalismo, como para las potencias externas, que lo desmembraron en 1918. Así terminó la primera unión europea.

Al igual que para Austria-Hungría, la raison d’etre de la UE consiste en su capacidad de trascender el equilibrio nativo de poder de sus miembros, y el servicio que esto presta al sistema internacional. En ambos aspectos, en 2007 la UE enfrentó retos muy similares a los que Austria-Hungría debió enfrentar en 1907.

Varios de los miembros más recientes de la UE siguen aferrándose a temas relacionados con la fiabilidad geopolítica, lo que se revela en las tensiones que ha habido entre Polonia, que teme la dominación por parte del grupo directivo de la UE, y Alemania, que es reticente a cargar con la carga financiera de una unión en la que está sub-representada. Si se permite que persista, este conflicto podría propagarse, dejando a la UE en un estado de crisis similar al que asoló a Austria-Hungría.

Una segunda serie de problemas afectan a la UE externamente. Como Austria-Hungría, la UE está entre dos vecinos poderosos: una Rusia que resurge con nuevos bríos y desea recuperar influencia, y un Estados Unidos aparentemente revisionista, preocupado con aventuras militares en el extranjero.

Tres lecciones de la experiencia de Austria-Hungría son útiles para la UE. Primero, a pesar de disfrutar de una mayor inclusión política que los eslavos del imperio de los Habsburgo, muchos habitantes del centro de Europa sienten que no están en igual pie que la UE-15 (Unión Europea anterior a la ampliación de 2004), tanto económica como estratégicamente. La conclusión puede ser una tendencia a que los nuevos miembros presionen más vigorosamente por sus intereses nacionales en los foros de la UE.

Temerosos de una nueva era de obstruccionismo, los líderes de la UE han vuelto a hablar de una unión de dos velocidades, en la que una vanguardia de estados occidentales busca una integración más profunda, dejando a los recién llegados la tarea de ponerse al día. Sin embargo, como muestra la historia de los Habsburgo, estos arreglos crean privilegios entre los que tienen y resentimientos entre los que no. En una unión de muchos actores no puede haber atajos: la UE debe dar el mismo nivel de integración en la periferia que en el núcleo imperial.

En segundo lugar, del mismo modo como Austria necesitó un acuerdo entre alemanes y eslavos, la UE necesita repetir la reconciliación franco-germana de 1952 entre sus mayores miembros del oeste y el este, es decir, Alemania y Polonia. La iniciativa común del acero de 1952 podría encontrar un paralelo en una iniciativa germano-polaca para gestionar de manera conjunta las importaciones de gas natural.


Finalmente, de manera muy similar a como gran parte de Austria-Hungría formó una alianza con Alemania con fines de seguridad militar, los miembros de la UE han buscado, a través de su uso del gas natural ruso, satisfacer una necesidad estratégica de seguridad energética. Sin embargo, la excesiva dependencia de Rusia para un recurso estratégicamente vital amplía la divergencia de intereses entre miembros, como Alemania, que tienen una relación de cooperación privilegiada con Rusia y otros, como Polonia, que ven al Kremlin como una amenaza. De modo muy parecido a como la alineación de Austria con Alemania hizo que los eslavos buscaran el apoyo ruso a costa de la unidad imperial, las acciones de alineación de la UE con Rusia hacen que los nuevos miembros busquen el apoyo de EE.UU. a costa de la unidad de la UE.

Como descubrió Austria-Hungría, una vez que comienza la dependencia geopolítica, la potencia dominante intentará usar al aliado dependiente como una extensión de sus propios intereses, en lugar de permitirle recuperar espacio de maniobra. Si bien es poco probable que alguna vez la UE logre ser completamente independiente de la energía rusa, puede mejorar su capacidad de enfrentar la dependencia, encontrando aquello que le faltó a Austria-Hungría: un modo de mantener la relación con su contraparte en términos relativamente equitativos. Esto significa, por sobre todo, tener una voz única en materia de energía.

A fin de cuentas, muchos de quienes lucharon por acabar con el Imperio Austro-Húngaro terminaron lamentando su caída; como mostrarían los sucesos posteriores, el viejo imperio seguía siendo una necesidad en un grado mayor al que percibían. Aprendiendo de sus errores, los europeos de hoy aún pueden tener la capacidad de reformar y revigorizar un "imperio" cuyas tareas más importantes todavía están por emprenderse.

La reimpresión de material de este sitio Web sin el consentimiento por escrito de Project Syndicate es una violación de las leyes internacionales de derechos de autor. Para obtener autorización, póngase en contacto con distribution@project-syndicate.org.
English Spanish Russian French German Czech Chinese Arabic

You must be logged in to post or reply to a comment.
Please log in or sign up for a free account.



AUTHOR INFO

Wess Mitchell is Director of Research at the Center for European Policy Analysis (CEPA), Washington, DC.