7

La supervivencia después de Tiananmen

HONG KONG – Puede ser difícil creerlo, pero hace 25 años el Partido Comunista Chino (PCC) estuvo a punto de ser derrocado por un movimiento nacional a favor de la democracia. Los nervios de acero del desaparecido líder supremo, Deng Xiaoping, y los tanques del Ejército de Liberación Popular –enviados para aplicar la ley marcial y frenar las protestas en la Plaza de Tiananmen en Beijing– permitieron al régimen, a costa de cientos de vidas civiles, evitar la caída.

Con ocasión de los 25 años de la masacre en la Plaza de Tiananmen el 4 de junio de 1989, dos preguntas destacan: ¿Cómo ha logrado sobrevivir el PCC en los últimos veinticinco años del siglo? Y ¿podrá durar su régimen otros 25 años?

La respuesta a la primera pregunta es relativamente sencilla. El ajuste de políticas, tácticas inteligentes de manipulación y una buena dosis de suerte permitieron al PCC ganar el apoyo necesario para conservar el poder y frenar a las fuerzas desestabilizadoras.

Sin duda, cometieron errores serios. Después de la masacre, los dirigentes conservadores chinos trataron de revertir las reformas liberalizadoras que Deng había iniciado en los años ochenta, llevando así a la economía de su país hacia una recesión. Además, la implosión de la Unión Soviética en 1991 causó pánico al PCC.

Sin embargo, Deng logró de nuevo salvar al partido. Reuniendo toda su energía y capital político, el líder de 87 años revivió las reformas económicas orientadas al mercado y de ese modo desató una revolución económica que trajo una ola de crecimiento y desarrollo, lo que favoreció considerablemente la credibilidad del PCC.

Deng y sus sucesores reforzaron esta tendencia mediante la oferta de libertades personales considerables a los ciudadanos chinos, que estimuló el auge de una cultura de gran consumismo y entretenimiento masivo. En este nuevo mundo de “pan y circo” era mucho más fácil para el PCC recuperar el apoyo del público y eliminar a la oposición. También contribuyó el orquestar minuciosamente medidas para promover el nacionalismo chino y aprovechar la xenofobia.

Incluso la represión, pilar de supervivencia del régimen, se afinó. La nueva riqueza adquirida de China permitió a sus dirigentes crear uno de los firewalls (cortafuegos) de Internet técnicamente más sofisticados del mundo y dotar a sus fuerzas de seguridad internas de las herramientas más efectivas.

Para tratar con la comunidad disidente, pequeña pero fuerte, el régimen de China depende de la estrategia de “decapitación”. En otras palabras, el gobierno elimina la amenaza que suponen las principales figuras de la oposición mediante encarcelamiento o exilio, independientemente de su importancia. Liu Xiaobo –que fue galardonado con el Premio Nobel en 2010– fue sentenciado a once años de prisión a pesar de las protestas en contra en todo el mundo.

Aunque cínico, el enfoque ha funcionado. Sin embargo, el PCC no habría tenido tanto éxito de no haber contado con suerte en algunas áreas críticas. Primero, las reformas posteriores a 1992 coincidieron con una mayor globalización que permitió a China tener entradas masivas de capital (alrededor de 1 billón de dólares en inversión extranjera directa desde 1992), un gran número de nuevas tecnologías y un acceso prácticamente libre a los mercados de consumo occidentales. Así pues, China se convirtió en el taller del mundo, cuyas exportaciones se habían decuplicado para 2007.

Otro factor que favoreció al régimen es el llamado dividendo demográfico (una abundante fuerza laboral y un porcentaje relativamente pequeño de niños y mayores a cargo). Esto permitió a China tener una enorme mano de obra de bajo costo, mientras que el gobierno ahorraba grandes cantidades en pensiones y servicios de salud.

El problema que ahora enfrenta el PCC es que gran parte de los factores que le permitieron sobrevivir desde lo ocurrido en Tiananmen desaparecieron o están a punto de desaparecer. En efecto, en términos prácticos, las reformas orientadas al mercado están agotadas. Una cleptocracia de funcionarios del gobierno, sus familias y hombres de negocios bien relacionados han colonizado el Estado chino y están decididos a bloquear cualquier reforma que pueda poner en riesgo su estatus privilegiado.

Además, el PCC ya no puede contar con la prosperidad creciente para mantener el apoyo del público. La corrupción rampante y la desigualdad creciente y un deterioro claro del medio ambiente están haciendo que los chinos comunes –especialmente la clase media que alguna vez tuvo grandes expectativas en las reformas– estén cada vez más decepcionados.

Al mismo tiempo, debido al rápido envejecimiento de la población, el dividendo demográfico de China se ha disipado casi por completo. Además, puesto que China ya es el mayor exportador del mundo, con más del 11% de proporción del mercado global, hay poco margen para el crecimiento de las exportaciones en los próximos años.

Por lo anterior, las únicas herramientas que le quedan al PCC después de Tiananmen son la represión y el nacionalismo. En efecto, ambas siguen teniendo un papel primordial en la estrategia del presidente Xi Jinping para garantizar la supervivencia del partido.

No obstante, Xi también está experimentando con dos nuevos instrumentos: una campaña anticorrupción sin precedentes y un intento para reanimar las reformas orientadas al mercado. Hasta ahora, su lucha contra la corrupción ha tenido un mayor impacto que su plan de reforma económica.

En principio, la estrategia de Xi parece sensata. Sin embargo, la lucha contra los funcionarios corruptos y los esfuerzos por realizar reformas integrales destinadas a desmantelar la cleptocracia china inevitablemente provocarán enfrentamientos entre Xi y las élites políticas y económicas del país. La pregunta es cómo vencer la resistencia de las élites sin buscar el apoyo del pueblo, cuya movilización podría poner en peligro el sistema de partido único.

El PCC desafió a los catastrofistas después de 1989, sobrevivió y evitó más amenazas a su poder. No obstante, las probabilidades de que pueda mantenerse otro cuarto de siglo están decreciendo y es difícil que mejoren.

Traducción de Kena Nequiz