Into Africa
Ni ayuda, ni comercio
William A. Masters
Para muchos africanos, el impasse actual en las negociaciones de la OMC es una historia vieja y conocida (la familia rica que descuida a sus parientes del campo), sólo que en formato mayor. Los primos pobres envían varias cartas pidiendo ayuda para pagar la escuela y comprar semillas y fertilizantes, y el pariente de la ciudad responde que la ayuda que envió en el pasado fue dilapidada, así es que ahora dice "¡Ponte los zapatos! ¡Usa tus propios ahorros!".
Pero los parientes del campo no tienen zapatos que calzarse, ni monedas que ahorrar. Pueden vender algunas cosas, así es que ahora todos se ponen de acuerdo: comercio, no ayuda. Pero los precios son bajos y los pobres tienen poco que vender... y están atrapados en esta situación hasta que ocurra algo realmente nuevo. La investigación y el desarrollo científicos es una de las pocas maneras que conocemos de generar innovaciones reales para aumentar la productividad de los pueblos pobres, a pesar de un medioambiente desfavorable. Pero en el enfoque "comercio, no ayuda" no hace nada por que los beneficios de la ciencia y la tecnología lleguen a la gente que más los necesita: los pobres del mundo.
En el mundo real de los mercados globales, la "ronda de desarrollo" de las negociaciones de la OMC aún puede recuperarse del quiebre ocurrido en Cancún hace unos meses, y finalmente podría cumplir los beneficios prometidos por la teoría económica: una mayor volumen de comercio, en mejores términos, impulsando más inversiones y una mayor transferencia tecnológica que, a su vez, beneficiarían tanto a los pobres como a los ricos.
Pero, ¿qué pasa si la membresía en el GATT y en la OMC no genera realmente un mayor comercio o políticas comerciales más abiertas, para no mencionar el desarrollo económico mismo?
Para la mayor parte de África, el énfasis de los expertos del desarrollo en el comercio y no en la ayuda comenzó con el Informe Berg del Banco Mundial, producido en 1982, el cual atribuía el estancamiento económico del continente a las barreras comerciales impuestas por los gobiernos africanos. Le siguieron dos décadas de ajustes estructurales políticamente dolorosos, ya que los gobiernos africanos fueron obligados a devaluar sus monedas infladas, privatizar empresas estatales en bancarrota y reducir los subsidios a productos básicos importantes.
El "Consenso de Washington", que promovía el comercio en lugar de la ayuda fue adoptado de manera generalizada por los gobiernos africanos en las décadas de 1980 y 1990, ya que no tenían otra opción. Pero en Washington y otras capitales de países ricos, habían aún abundancia de dinero con el que defender las monedas, rescatar empresas y subsidiar productos básicos.
Es difícil soslayar esta desvergonzada hipocresía. Incluso Oxfam, un grupo que en el pasado se resistió al Consenso de Washington, inició en abril de 2002 una campaña para el "Comercio justo", que buscaba obligar a los países ricos a practicar los que predican. El fracaso de los negociadores de la OMC para hacer que el comercio sea efectivamente más justo podría, o no, significar el fin de esa iniciativa. Pero podría marcar el comienzo de un cambio bienvenido en dirección del desarrollo comunitario.
Cuando en los años 80 el Banco Mundial y otros actores comenzaron a centrarse en los mercados y en el comercio, fue un saludable giro correctivo frente a la excesiva atención sobre el ahorro y la inversión que había en los 60 y 70. Pero el cambio resultante, del "fundamentalismo del capital" al "fundamentalismo del mercado" puede haber pasado por alto una tercera dimensión del proceso de desarrollo, la investigación de nuevas tecnologías: la idea de que tenemos muy poca innovación, en lugar de demasiada. Es posible que nuestro actual acervo de tecnología esté profundamente sesgado hacia las necesidades de ciertas regiones del mundo, de modo que no se necesita sólo más de la misma investigación, sino una que se enfoque en las necesidades de los pobres.
La idea de que la investigación científica es un remedio contra la pobreza (en oposición a ser meramente otro modo de que los ricos lo sean aún más) languidecía entre los tecnócratas hasta que a fines de los 90 Jeffrey Sachs y otros centraron la atención en la salud pública de las zonas tropicales, enviando entomólogos más que economistas para encontrar la cura contra la pobreza. Hay estudios recientes que proporcionan útiles evidencias de cómo la investigación y el desarrollo acerca de la agricultura tropical también puede ayudar a que las regiones de bajos ingresos salgan de una aparentemente inmanejable trampa de pobreza.
Un nuevo libro de Robert Evenson, de la Universidad de Yale, y Douglas Gollin del Williams College, con el austero título de Las mejoras de las veriedades de los cultivos y su efecto en la productividad, documenta el gren efecto aliviador de la pobreza que tiene la investigación sobre cultivos en los laboratorios internacionales. Recientemente apareció un artículo de Colin Thirtle y sus colaboradores en la revista World Development que expresa lo mismo acerca de los propios programas de investigación nacionales de África.
A lo largo de la historia, los avances científicos han ayudado a dar nuevas opciones a los pueblos, sacando a los pobres de su pobreza y superando viejos conflictos. En los últimos años, el fundamentalismo de mercado ha generado un descuido sistemático de la investigación y el desarrollo científicos, a menudo viéndolo como parte del problema en lugar de como parte de la solución. El camino correcto no es ni la ayuda ni el comercio (al menos no en si mismos), sino una investigación científica orientada a desatar todo el potencial económico de los pueblos más pobres del mundo, al solucionar sus problemas más básicos de salud y nutrición.
La ciencia es el descubrimiento de lo que aún se desconoce. No tiene públicos políticos naturales. Casi nadie le dice al gobierno: "¡Envíennos más científicos!" Pero cuando la sociedad llega a un punto muerto, la ciencia ofrece una manera de salir de él. Es tiempo de unirse alreredor de la investigación y el desarrollo científicos, tanto acerca de la agricultura tropical como la salud pública, como las únicas maneras de dar esperanzas genuinas a los pobres de mundo.
Copyright: Project Syndicate, diciembre de 2003.
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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