Las disputas entre los Estados Unidos y Europa no son nada nuevo, como lo demuestran las tensiones del pasado sobre Corea, Suez y Vietnam, pero esas disputas anteriores ocurrieron en un marco geopolítico muy diferente -la guerra fría- y el desaparecido marco político e intelectual de la contención. Ese marco impuso disciplina en los vínculos transatlánticos. Los europeos y los americanos reconocieron la necesidad de limitar y controlar sus diferencias para conservar su capacidad para disuadir y, en caso necesario, derrotar a la Unión Soviética.
El fin de la guerra fría lo cambió todo. ¿Podrá sobrevivir la alianza a su éxito?
Las características fundamentales del marco político del período posterior a la guerra fría están relativamente claras. Son las siguientes: primacía estratégica, corrientes transfronterizas rápidas y en masa de personas, tecnología, bienes, servicios, ideas, gérmenes, dinero, armas, mensajes electrónicos, dióxido de carbono y prácticamente cualquier otra cosa y relaciones relativamente pacíficas entre las grandes potencias -los EE.UU., China, el Japón, Rusia, la India- y una Europa cada vez más integrada y ampliada.
Pero, si bien el marco geopolítico está claro, el marco político e intelectual -el sucesor de la contención- no lo está. El imperativo que afrontan los europeos y los americanos en la actualidad no puede ser más arduo: cooperar en un marco muy diferente de aquel para el que se concibieron la relación y las instituciones... y hacerlo sin acuerdo alguno sobre un nuevo marco estratégico.
La cooperación es posible. En 1990, los europeos y los americanos aunaron fuerzas para contrarrestar la invasión y la ocupación de Kuwait. Más adelante en aquel mismo decenio, los europeos y los americanos volvieron a hacerlo para poner fin al conflicto étnico en Bosnia y Kosovo. Los europeos y los americanos cooperaron también para ampliar la OTAN y en la lucha contra el terrorismo en el Afganistán.
Pero no se pueden pasar por alto divisiones recientes sobre diversas cuestiones, incluidas las relativas al Tribunal Penal Internacional, el Protocolo de Kyoto, el Tratado sobre la limitación de los sistemas de proyectiles antibalísticos y el papel de las Naciones Unidas. Los europeos suelen creer que los EE.UU. apoyan acríticamente a Israel y no dan muestras de comprensión suficiente sobre los derechos palestinos. Aun cuando los americanos y los europeos estén de acuerdo en principio, como, por ejemplo, en materia de comercio, no siempre se plasma el acuerdo en la práctica.
Los más pronunciados han sido los desacuerdos sobre la actitud que adoptar con los llamados por los EE.UU. "Estados delincuentes": el Irán, Corea del Norte, Siria, Libia y el Iraq de Sadam Husein. Los europeos se inclinan por el diálogo y los incentivos; los EE.UU., por el aislamiento y las sanciones. Salvar esas diferencias no resultará fácil, aunque los EE.UU., pese a su poder, necesitan a socios para luchar contra el terrorismo, la proliferación de armas nucleares y el cambio climático mundial.
Pero también Europa tiene interés en mantener el vínculo trasatlántico, pues no hay garantía de que siga siendo una isla de estabilidad y prosperidad. La integración europea no puede convertirse exclusivamente en un fin en sí misma; una Europa provinciana es vulnerable ante los conflictos regionales no resueltos y los imperativos de la mundialización. Plasmar el reconocimiento mutuo de ello en la realidad requerirá honradez intelectual e inversión política a ambos lados del Atlántico.
Los europeos deben abandonar sus ilusiones sobre lo que pueden realizar en el mundo por sí solos. Hablar por hablar sobre la resurrección de un mundo multipolar es sólo eso: hablar por hablar. No es ni viable ni deseable para Europa afirmarse como geopolíticamente igual o competidora de los EE.UU.
Europa debe desarrollar mayores capacidades militares, no para llegar a ser una gran potencia a la par con los EE.UU., sino para poder actuar como socio de los Estados Unidos, si así lo decide, y perseguir sus propios objetivos. Una división del trabajo en virtud de la cual los EE.UU. empleen la fuerza militar y Europa use otros instrumentos políticos dividirá gradualmente a los EE.UU. de Europa. Los europeos deben reconocer también que una diplomacia eficaz requiere no sólo diálogo e incentivos, sino también credibilidad... la voluntad de recurrir a las sanciones y a la fuerza militar, en caso necesario.
Los americanos, por su parte, deben aceptar que una Europa fuerte no se contentará con que se haga la voluntad de los Estados Unidos. Éstos deben apoyar la integración europea, porque una Europa fuerte es al menos un posible socio estratégico, mientras que una Europa débil no lo es.
De hecho, el tipo de operaciones de creación de naciones con el empleo de gran cantidad de tropas que se están llevando a cabo en el Iraq y en el Afganistán no son excepcionales; no cabe duda de que se repetirán y serán necesarias contribuciones europeas. Que se estén retirando tropas americanas de Corea y envidándolas al Iraq es a un tiempo lamentable y revelador.
Pero serán necesarias consultas auténticas. Las consultas no pueden consistir simplemente en facilitar información a los otros sobre lo que ya se ha decidido, no adaptar las políticas y, aun así, esperar apoyo, como tampoco pueden esperar las consultas sobre cómo abordar los imperativos mundiales fundamentales hasta que se produzca una crisis.
Lo más importante es que los EE.UU. y Europa deben aprender a mantener discrepancias. La mejor directriz al respecto es la de no permitir que las discrepancias se salgan de madre y compliquen o infecten la relación. Semejante "compartimentalizacion" es tan esencial ahora como durante la guerra fría.
Para limitar las consecuencias del desacuerdo, los americanos deben explicar su posición y ofrecer opciones substitutivas cuando se considere indeseable un acuerdo internacional propuesto. Asimismo, los EE.UU. deben emplear los incentivos, además de las sanciones... y no jerarquizar su diplomacia de modo que un país problemático deba cumplir todos los requisitos antes de que pueda recibir beneficios sólidos.
También los europeos tienen obligaciones especiales. Existe una diferencia profunda entre no apoyar una empresa considerada esencial por los EE.UU. y laborar activamente para bloquearla. Esto último es incompatible con ser un aliado. Además, los dirigentes europeos deben mostrarse más activos a la hora de poner freno al antiamericanismo en aumento a fin de no dejar de poder cooperar con los EE.UU., cuando lo consideren conveniente.
Estamos entrando en una era nueva y diferente de relaciones EE.UU.-Europa. Se plantearán cuestiones en las que los americanos y los europeos vean las cosas de forma diferente y se inclinen por fórmulas diferentes, pero las relaciones transatlánticas -no menos que las relaciones entre los 25 miembros de la UE o los 26 miembros de la OTAN- no pueden ser una propuesta de o todo o nada para no correr el riesgo de llegar a ser nada.


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