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Mao, el dios falso

¿Debe seguir colgando el enorme retrato del presidente Mao encima de la reja principal de la Plaza Tiananmen? ¿Debe seguirse llamando comunista el partido en el poder en China?

Estas no son preguntas ociosas. A menos y hasta que los líderes chinos las contesten con un simple "no", seguirán teniendo sangre en las manos y una legitimidad manchada. Muchos chinos no aceptan el gobierno comunista precisamente porque el Partido Comunista niega su pasado y no se disculpa por su crueldad.

Por eso la mayoría de los habitantes de Taiwán quieren la independencia e incluso niegan ser chinos. Los comunistas chinos insisten en que ser chino significa aceptar la realidad política de un solo soberano comunista. En efecto, muchos taiwaneses piensan que, si ser chino significa aceptar todo lo que se asocia con el nombre Mao Zedong y con el Partido Comunista Chino, con gusto negarán su calidad de chinos, puesto que abjurar es preferible que aceptar parte de esa vergüenza.

De manera similar, si bien una encuesta reciente reveló que el 70% de los habitantes de Hong Kong están orgullosos de su origen chino, un porcentaje similar está avergonzado de la conducta del gobierno continental. Su mensaje al gobierno de Beijing es: ustedes no pueden quitarnos nuestro origen, pero han manchado nuestra dignidad con su barbarie. Para Hong Kong el símbolo definitorio del gobierno comunista es el asesinato desenfrenado de estudiantes que ocurrió el 4 de junio de 1989.

En la constitución del Partido Comunista Chino están consagradas las siguientes palabras: "Mao Zedong, representante principal del Partido, creó el Pensamiento de Mao Zedong, que con la práctica ha demostrado ser acertado y es en el que se basó el Partido Comunista para desarrollar el sistema fundamental del socialismo en lo económico, lo político y lo cultural después de la fundación de la República Popular".

¿Pero qué tan "acertado" fue Mao?

En su devastador libro nuevo Mao: The Unknown Story , Jung Chang (autora del bestseller internacional Cisnes Salvajes ) revela detalles sorprendentes que demuestran más allá de la duda que Mao era un hipócrita cruel y tirano cuyo desprecio por la vida y el sufrimiento humano superaba incluso al de Stalin y Hitler. Su catálogo de la "práctica acertada" es aterrador por su inmoralidad y sed de sangre.

Para financiar su movimiento comunista en la década de 1930, Mao exprimió a familias de campesinos pobres para apoderarse de sus bienes en la zona "roja" que controlaba. Muchas familias "contrarrevolucionarias" fueron expulsadas de sus casas y enviadas a vivir en cobertizos para búfalos para poder expropiar sus escasos recursos.

Mientras se escondía en las cuevas de Yenan, Mao se convirtió en distribuidor de opio. Contra el mito popular de que él y sus insurgentes vivían frugalmente durante la época de Yenan, vivían bien con las ganancias del comercio.

Después de la caída del gobierno nacionalista en 1949, surgió la "Nueva China" de Mao. Casi de inmediato emprendió otra campaña para reprimir a los "contrarrevolucionarios" y reprendió a una provincia por ser "demasiado indulgente y no matar lo suficiente".

Matar "enemigos" no era el único propósito. Mao quería inculcar la obediencia haciendo que el mayor número de personas presenciaran las atrocidades. Como dijo en 1951, "Muchas regiones no se atreven a matar contrarrevolucionarios a gran escala con mucha publicidad. Esa situación debe cambiar".

En Beijing se obligó a millones de habitantes a presenciar unas 30,000 reuniones de sentencia y ejecución a principios de la década de 1950. De hecho, en 1950 y 1951 se estima que murieron tres millones de personas por ejecución, tortura o suicidio.

Grandes cantidades de chinos fueron enviados a campos de trabajo, donde los prisioneros soportaban labores físicas muy duras para "reformar" sus hábitos y pensamiento "burgueses". En un año dado había aproximadamente 10 millones de tales "trabajadores". Durante el gobierno de Mao se calcula que 27 millones de ellos murieron en los campos.

Cerca de 38 millones de personas murieron de hambre y de exceso de trabajo durante el tristemente célebre Gran Salto Adelante (1958-61) para alcanzar a Occidente. ¿La reacción de Mao? "Con todos estos proyectos, la mitad de China bien podría tener que morir. Si no la mitad, una tercera parte, o la décima parte -50 millones- morirán...pero no pueden culparme de que la gente muera".

Mao emprendió la Revolución Cultural (1965-76) para vengarse de quienes se oponían a sus disparatados programas. Más millones de personas murieron.

Mao también ordenó que el país destruyera los "Cuatro Viejos": viejos hábitos, viejas ideas, vieja cultura y viejas costumbres. Como resultado, sus Guardias Rojas destruyeron libros antiguos, antigüedades valiosísimas, monumentos en todo el país y casi todos los monasterios budistas en el Tibet.

En total, se calcula que más de 70 millones de personas murieron en la "Nueva China" que Mao y los líderes actuales del Partido Comunista proclaman orgullosamente que es logro suyo.

Cuando el Primer Ministro japonés, Kakuei Tanaka, viajó a China en 1974, se inclinó ante el presidente y se disculpó por el sufrimiento que la invasión japonesa había causado. Mao dio una respuesta famosa: "Las disculpas no son necesarias. Más bien nosotros deberíamos darles las gracias. Sin su invasión, nosotros los comunistas no habríamos ganado".

¿Y la "Nueva China Nueva" de hoy, con sus rascacielos, sus autopistas modernas y su capitalismo desenfrenado? La realidad no es tan brillante como parece en un principio. El PIB anual per cápita en Shangai, la ciudad estrella de China, sigue siendo de 3,000 dólares, apenas una fracción de los niveles de Taiwán y Hong Kong. Cincuenta años de mala administración comunista han dejado a los que alguna vez fue la ciudad más avanzada de Asia en calidad de competidor distante.

Los gobernantes comunistas deben reconocer su historia y deshacerse de Mao y el legado comunista. El país necesita una nueva constitución --una que consagre la democracia genuina.

El pueblo de China ha estado preparado para ello desde hace mucho. Mantener la falsa etiqueta del comunismo mientras se resucita al capitalismo e insistir en que Mao, con todos sus errores y crímenes "acertó" en un 70% es el fundamento de la corrupción moral que afecta hoy en día a China. Es como si el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (los nazis) siguiera en el poder y sus líderes actuales declararan que Hitler sólo se había equivocado en un 30%. China merece algo mejor que eso; necesita algo mejor para poder reclamar sus viejas glorias.

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