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Un “fabricado en China” renovado

SHANGHAI – “Es un negocio agonizante”, dijo el propietario de una fábrica de prendas de vestir al que conocí en Zhuhai, ciudad de la provincia de Guangdong. Como muchos de su gremio, está preparándose para cerrar. Hace dos decenios, los inversores afluyeron a Zhuhai, atraídos por la mano de obra abundante y barata. El auge de las camisetas, los juguetes, las flores de plástico, los azulejos, las perchas, los muelles y demás es, al parecer, cosa del pasado. Hoy los costos de fabricación de esos artículos son menores en países como Blangladesh y Vietnam que en Guangdong.

Como los costos laborales siguen aumentando, ¿está destinada China a perder su codiciada posición de taller del mundo?

El aumento de los costos laborales es inevitable. En 2008, el Gobierno de China introdujo una legislación laboral más estricta y un salario mínimo. Las políticas recientes encaminadas a mejorar las condiciones económicas de las zonas rurales han aminorado la corriente de migrantes procedentes del campo. Los trabajadores exigen una mayor remuneración, a la altura del aumento del costo de la vida en las ciudades de China, como se ha manifestado en una destacada huelga aún no concluida en una fábrica Honda radicada en Guangdong. El salario fue el  aspecto más importante del conflicto.

Los trabajadores en huelga pedían un aumento de sueldo de los actuales 1.500 renmimbi (234 dólares) a entre 2.000 y 2.500 (373,13 dólares) al mes. Está claro que las fábricas chinas ya no pueden ofrecer precios tirados.

La producción de ropa es un ejemplo primordial de la disminución de la competitividad de China en los mercados que dependen de una mano de obra barata. Según un estudio de la empresa consultora Jassin O’Rourke de los Estados Unidos, los costos laborales en China son superiores a los de otros siete países asiáticos. El costo medio de un trabajador es 1,08 dólares por hora en las provincias costeras de China y entre 0,55 y 0,80 dólares en las provincias del interior. La India ocupaba el séptimo lugar, con 0,51 dólares por hora. Bangladesh ofrece el costo menor, tan sólo una quinta parte del precio de lugares como Shanghai y Suzhou.

Para colmo de males laborales de China, la crisis financiera durante los dos últimos años ha tenido un efecto desastroso en la demanda extranjera. En 2009, el valor de las exportaciones de China se redujo en un 16 por ciento respecto de 2008. Las industrias que emplean una gran cantidad de mano de obra fueron las más afectadas. En 2008, los beneficios de la industria textil disminuyeron por primera vez en diez años. En marzo de 2009, las exportaciones de productos electrónicos y de tecnología de la información cayeron en picado casi el 25 por ciento respecto del período anterior. Aunque las exportaciones chinas han empezado a recuperarse en 2010, las repercusiones de la crisis financiera siguen siendo palpables. En enero de 2010, el valor de las exportaciones ha vuelto a su nivel anterior en el mismo período de 2008, pero muchas fábricas ya han cerrado.

Para los fabricantes chinos, una tendencia a largo plazo de aumento de costos y un simultáneo desplome a corto plazo de las exportaciones fueron dificultades sin precedentes, pero, mientras la competitividad empeoraba, el Gobierno y los empresarios no se han quedado con los brazos cruzados. Esas condiciones adversas han impulsado de una forma que ha pasado inadvertida una reestructuración, necesaria desde hacía mucho, de las industrias de China que emplean una gran cantidad de mano de obra. A medida que se intensifica el aumento de los costos, los productos chinos buscan un valor mayor, nuevos nichos y más influencia en la formulación de políticas.

A lo largo de la dinámica franja costera de China, las administraciones locales están formulando nuevos planes económicos para hacer que sus empresas suban por la cadena del valor añadido. Pensemos en el caso de un centro de manufacturas textiles de la provincia de Jiangsu, apodada la “capital de la seda” de China. Tres cuartas partes del PIB de la ciudad habían correspondido a la producción textil. Sin embargo, el año pasado las exportaciones se redujeron un 15 por ciento, aproximadamente. Para los planificadores locales, la crisis de las exportaciones fue una llamada de atención para que cambiaran.

A consecuencia de ellos, los funcionarios de Jiangsu ya no se contentan con coser ropa. Mediante una mezcla de orientación administrativa e incentivos monetarios, la administración municipal se propone reducir la proporción de las prendas de vestir en la fabricación de productos textiles en un 25 por ciento en tres años y aumentar las aplicaciones industriales de las fibras químicas, que prometen unos beneficios mucho mayores. Según los funcionarios locales, las fábricas de la ciudad han adquirido ya la capacidad para la producción en gran escala de fibras extremadamente finas, ideadas originariamente en el Japón.

De hecho, el colapso mundial puede resultar una bendición disfrazada para la mejora industrial. El desplome de los pedidos resultó devastador para los productores de artículos de calidad inferior, que apenas sobrevivieron con márgenes ajustadísimos. La mitad de las fábricas de juguetes de China habían quebrado al final de 2008. Pese a ser alarmante a corto plazo, la erradicación de pequeños productores representa una buena noticia para los que sobrevivieron a la crisis. A medida que las empresas consolidan su cuota de mercado, consiguen economías de escala. Las empresas mayores tienen la capacidad para aunar recursos destinados a la investigación y la innovación, que constituyen la clave para las aspiraciones de China con miras a ascender por la escala del valor.

Las industrias menos fragmentadas también presionan mejor. Tradicionalmente, los fabricantes por contrata de China están dispersos y son ferozmente competitivos. Su opinión cuenta poco -por no decir nada- en las reglamentaciones internacionales y nacionales. Los productores de Jiangsu, por ejemplo, se vieron obligados a adaptarse constantemente a normas medioambientales y sobre la inocuidad de los productos en constante cambio en los mercados de exportación. Comparados con los productores de los Estados Unidos y Europa, los de China están poco organizados y son pasivos.

Eso podría cambiar. A medidas que las empresas chinas supervivientes aumenten de tamaño, podrán ejercer una mayor capacidad de negociación con el Gobierno chino y las empresas extranjeras. Hacer oír mejor sus opiniones en la política nacional y en el extranjero podría reducir la incertidumbre de los exportadores chinos. Piénsese en la estrategia de Lenovo, el mayor fabricante de computadoras de China; ha contratado a un experto en ejercer presión en Washington, D. C., y, al parecer, se trata de la primera empresa china que lo hace.

En los próximos decenios, China no podrá mantener las ventajas en materia de costos que caracterizaron su período inicial de éxito exportador, pero constituye un error pensar que el sector manufacturero de China permanecerá estancado. En comparación con los de muchos países en desarrollo, el Gobierno de China es estable y da buena acogida a la inversión extranjera. En muchas partes de China en las que las conexiones empresariales pueden compensar el aumento de los costos, se han creado conglomerados industriales. El consumo interno va en aumento. Además, a medida que los empleos  de bajo costo y calidad inferior se transformen en lo contrarío, China no sólo se orientará hacia la fabricación de artículos manufacturados más valiosos, sino también hacia el sector de los servicios, como, por ejemplo, el diseño. También ese cambio podría representar un gran quebradero de cabeza para los EE.UU.

Cuando las industrias de China que emplean gran cantidad de mano de obra resurjan de su metamorfosis, hemos de esperarnos empresas mayores, que inviertan más en la concepción y la innovación de los productos y ejerzan una  mayor influencia en las políticas empresariales y comerciales. Así, pues, el “fabricado en China” no ha perdido aún su predominio internacional. Simplemente, está adoptando una forma nueva y posiblemente más formidable.

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