Para muchos en Wall Street, el Departamento de Estado de EEUU y el FMI, el espectro del Ché Guevara y las antiguas legiones de comandantes barbudos y ataviados con bandanas vuelven a deambular por América Latina. No sin razón. Últimamente han abundado los oficiales militares con tendencia a la izquierda. Pero otro fantasma vaga por el continente: la ignorancia económica sobre América Latina en las capitales de occidente.
El nuevo Presidente de Brasil, Inacio Lula da Silva, fue elegido con las mismas grandes expectativas que llevaron al poder al ex paracaidista y golpista Hugo Chávez en Venezuela hace tres años. Pero no sería inteligente caracterizar al Presidente Lula como a un populista peligroso sólo porque su base política se asemeja a la del díscolo Chávez.
Los partidarios más pobres del Presidente Lula sin duda esperan que convierta a Brasil de ser la sociedad con mayor desigualdad del mundo a ser una democracia social moderna. Sus partidarios de clase media no están menos ansiosos de ver mejorar sus estándares de vida. Pero a pesar de estas expectativas, es improbable que Lula llegue a generar algo parecido a la caótica "Revolución Bolivariana" desatada por Chávez.
Siempre las expectativas son lo más difícil de manejar para los líderes de izquierda. Por ejemplo, el Partido de los Trabajadores de Lula, que rechazó las reformas a las pensiones enviadas por la amterior administración Cardoso, espera que preserve mucho más del plan de lo que el ex Presidente Cardoso creía posible.
Más exigentes son las expectativas de los especuladores e inversionistas de Nueva York y Londres. Esperan que Lula logre el equivalente al viaje de Nixon a China: ser el izquierdista que obstinadamente equilibre el presupuesto brasileño, elimine el temor de los inversionistas extranjeros al no pago de la deuda mediante la hiperinflación, y les dé suculentas ganancias de capital en sus acciones y bonos brasileños.
A diferencia de Venezuela, hay un escenario viable en que ambas visiones (la ortodoxia macroeconómica y una mayor justicia social) se pueden hacer realidad. Supongamos que las tasas de interés brasileñas se estabilizan en un alto pero no astronómico 10%, la economía crece al 4% anual, y el gobierno logra un "superávit primario" (un superávit de impuestos por sobre el gasto en programas) equivalente al 4% del PGB. Todos estos son objetivos factibles; si se cumplen, la deuda del gobierno de Brasil será un estable 60% del PGB.
Una vez que los inversionistas vean que la política fiscal de Brasil es sustentable y vean que sigue habiendo bajas tasas de interés en el núcleo industrial, el país lucirá más atractivo. La inversión extranjera directa fluirá hacia el país, trayendo más acceso a tecnologías de vanguardia e impulsando aun más el crecimiento económico.
Pronto el gobierno de Brasil se vería capaz de refinanciar su deuda de corto plazo en términos más favorables, cuando las tasas de interés comiencen a ser inferiores al 10%. Los menores costos del servicio de la deuda significarían que la relación deuda/PGB empezaría a disminuir y que el gasto del gobierno en infraestructura, educación, salud y redistribución podría aumentar. La menor deuda del gobierno también significaría más dinero disponible para la inversión privada, permitiendo un impulso adicional a la productividad laboral.
Pero todo esto requeriría una paciencia extraordinaria del Partido de los Trabajadores y sus votantes, cuyas esperanzas se deben postergar si se da una prioridad inmediata a apaciguar el mercado de bonos. ¿Tendrá Lula autoridad suficiente sobre la política brasileña como para mantener satisfechos a sus partidarios y cuadros políticos con promesas de pasteles para mañana, cuando está claro que hoy no habrá pan?
De hecho, puede resultar inútil seguir una estrategia de apaciguamiento del mercado de bonos, ya que ello implica una enorme apuesta sobre la racionalidad de los mercados financieros globales. Pero quienes en Nueva York y Londres fijan las tasas de interés saben poco sobre Brasil. Saben que Ipanema es una playa, que el Amazonas es un río, que al ex secretario del Tesoro de EEUU, Paul O'Neill, le preocupaba que el dinero prestado a Brasil reapareciera en cuentas bancarias numeradas de Europa y que Lula es un presidente sin experiencia administrativa, que lidera un partido cuyo nombre incluye la palabra "trabajadores".
Recordemos que esta es la gente que alguna vez pensó que vender comida para perros a través de la Internet era una brillante estrategia de negocios, y que para el año 2010 Qualcomm podría vender dos teléfonos móviles al año a cada habitante del hemisferio norte. Si no se puede apaciguar a gente como esta, o si caen en pánico por ningún motivo en particular, todo se va por la borda. Lula se convierte en un fracaso y Brasil pierde otra década, con su economía hundiéndose en una depresión de duración incierta y sufriendo una inflación de magnitud impredecible.
Hubo un tiempo en que Lula podría haber contado con un amplio apoyo internacional, como el que Cardoso disfrutó. La Administración Clinton y el FMI educaron a los mercados financieros acerca de los países que ellos consideraban que estaban siguiendo políticas correctas y que tenían buenas perspectivas de crecimiento en el largo plazo. El Tesoro de EEUU, bajo Robert Rubin y Larry Summers, no dudaban en unirse al FMI al momento de jugárselas por México, Tailandia, Corea y Brasil cuando pensaban que las probabilidades eran favorables.
Quizás la seguridad de este amplio apoyo internacional hizo más prudente (o menos imprudente) apaciguar a los mercados financieros en primer lugar. No está claro que la Administración Bush y el actual FMI puedan ofrecer un apoyo similar. De modo que las probabilidades de Lula no parecen muy altas. Pero aun así se ven mejor que las de cualquier estrategia político-económica alternativa... y ciertamente mejor que lo que puedan ofrecer los aspirantes a comandantes con uniforme de color caqui.


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