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Afortunado Putin, desafortunado Yeltsin

La postura agresiva en materia de política exterior del presidente ruso, Vladimir Putin, en los últimos años refleja la confianza que viene de la mano de una economía en auge. En 1999, el año anterior a que Putin sucediera a Boris Yeltsin en la presidencia, el PBI de Rusia era de apenas 200.000 millones de dólares. Para el año pasado, había aumentado a 1 billón de dólares. El crecimiento real promedió el 7% durante ocho años y los ingresos reales crecieron aproximadamente el 10% anual. El excedente presupuestario de Rusia se mantuvo en más del 7% del PBI en los últimos dos años, la deuda pública disminuyó a sólo el 8% del PBI, del 100% en 1999, y los excedentes de cuenta corriente promediaron el 10% del PBI en los últimos ocho años.

Sin embargo, el desempeño económico estelar de Rusia poco tiene que ver con la política de Putin, y mucho con las reformas que abrazó Yeltsin. Para 1998, Rusia ya había logrado una masa crítica de mercados y empresas privadas, mientras que la crisis financiera de ese año funcionó como una catarsis que obligó al gobierno a abolir los subsidios empresarios que mantenían un déficit presupuestario devastador de aproximadamente el 9% del PBI. Es más, los precios mundiales del petróleo que habían caído a 10 dólares el barril empezaron a dispararse a la estratosfera. Por ende, la historia total de éxito ya existía a principios de 1999, un año antes de que Putin entrara a escena.

Sin duda, se debería elogiar a Putin por las sustanciales reformas económicas durante sus primeros tres años de gobierno. Se adoptó un nuevo código tributario, con menos y más bajos impuestos, principalmente un impuesto a los ingresos único del 13%. Se completó el código civil y se implementó un nuevo código aduanero así como también una reforma judicial sustancial.

Paralelamente, sin embargo, Putin eliminó de manera sistemática la rudimentaria democracia que había construido Yeltsin. El Estado asumió el control de un canal de televisión tras otro con varios pretextos. Lo mismo sucedió con los principales periódicos. A los candidatos y partidos de la oposición se les negó la posibilidad de registrarse para la más mínima queja formal. La falsificación de las elecciones pasó a ser la norma

Muchos rusos prominentes favorecieron el modelo de Pinochet de política autoritaria y economía liberal. Pero el creciente autoritarismo también afectó los negocios. En octubre de 2003, Putin actuó con dureza contra Mikhail Khodorkovsky, el presidente ejecutivo y principal propietario de la petrolera Yukos, la compañía más valiosa de Rusia, quien fue enviado a prisión bajo cargos dudosos de fraude impositivo después de respaldar a los oponentes políticos de Putin. Es más, los socios de Putin querían la riqueza de Yukos, que fue confiscada por la compañía petrolera estatal Rosneft a través de una tributación ilegal, haciendo trizas la reforma impositiva y judicial de Putin y socavando marcadamente los derechos a la propiedad.

En realidad, desde 2003, la principal política económica de Putin ha sido la renacionalización. Las empresas privadas bien administradas se vieron en mayor o menor medida obligadas a vender sus activos a empresas dominadas por el Estado. Gazprom está comprando compañías de petróleo (Sibneft), gas y energía a precios de liquidación, reforzando así su monopolio. Esto, a su vez, le permite a Gazprom impulsar su rentabilidad a través de aumentos de precios, a pesar de un estancamiento de la producción. De hecho, las empresas estatales hoy producen una tercera parte del petróleo de Rusia y el crecimiento de producción se ha desplomado, ya que los propietarios de empresas privadas –la fuente del dinamismo del sector- hoy tienen miedo de invertir en nueva capacidad. Entre los inversores extranjeros, tanto Shell como TNK-BP están siendo expulsados por Gazprom en sus principales campos de gas en Rusia.

Más allá del petróleo y el gas, la agencia de exportación de armas de Rusia, Rosoboronexport, acaba de apropiarse de Avtovaz, la gigantesca y disfuncional fábrica automotriz soviética, y de VSMPO-Avisma, la gran compañía de titanio de Rusia, mientras que toda la producción de aviones se concentró en una única compañía estatal. El gobierno celebra esta renacionalización, aunque ésta haya reducido el crecimiento industrial de Rusia del 8,3% en 2004 al 4% en los últimos dos años.

De la misma manera, los bancos estatales ineficientes –por lejos muy inferiores a los bancos privados incluso en Kazajstán o Ucrania- dominan el sistema bancario. El no muy rentable Vneshtorgbank estatal, por ejemplo, está en plena juerga de compras, lo que empeora la calidad de la banca rusa.

Cada vez más los excedentes petroleros de Rusia impulsan el crecimiento económico a través de una mayor inversión, lo que estimula la construcción y el consumo y, a la vez, beneficia el comercio y las finanzas minoristas. En un momento en que los ingresos personales aumentan sostenidamente, la pobreza está bajando, mientras que el 68% de los jóvenes en edad universitaria de Rusia hoy asisten a las universidades.

Pero otros indicadores sociales no son impresionantes. La expectativa de vida para los hombres está estancada en los 59 años. La tasa de homicidios es aún mayor en el gobierno de Putin que en el de Yeltsin, al igual que el índice de muertes por accidentes de tránsito. Ninguno de los grandes sistemas públicos –la educación, la atención sanitaria o el ejército- ha sido reformado y el régimen manifiesta poco interés en hacerlo.

El Kremlin está más bien preocupado por la rentabilidad y el valor de las empresas dominadas por el Estado que controla. No sorprende que todos los indicadores de corrupción hayan estado subiendo desde que Putin recibiera el poder de manos de Yeltsin, mientras que caen en la mayoría de los países post-comunistas. Si bien la corrupción es penetrante, ningún alto funcionario ha sido procesado.

Putin y sus amigos de la KGB de San Petersburgo están sentados a salvo sobre toda esta riqueza, gracias a su gobierno autoritario y al control sobre todos los órganos de seguridad. Un aparato tan poderoso no puede retirarse a una vida tranquila en una dacha como hizo Yeltsin –tendría que privatizar todo antes-, lo cual implica que Putin no tiene otra alternativa que quedarse en el cargo, más allá de que diga que no persigue un tercer mandato presidencial. Pero si se aferra al poder contrariamente a la constitución, su popularidad podría desmoronarse fácilmente, en especial porque su política económica prosperó gracias a la suerte, no las reformas.

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