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2009-05-12

ESTOCOLMO – En vista de que los Estados Unidos están asfixiados por el desplome de Wall Street, éste debería ser el momento de Europa y, sin embargo, el papel de la Unión Europea en el mundo se está debilitando: se la escucha menos hoy que hace quince años. Como dice Kishore Mahbubani, de Singapur, destacado diplomático y académico asiático, “los europeos, culturalmente arrogantes como son y obsesionados por un proceso interno, achicados ante los EE.UU, y ciegos ante el ascenso de Asia como están”, no cuentan en relación con las grandes cuestiones del mundo.

Para que Europa adquiera un papel más importante en la dirección mundial, debe invertir su decadencia económica a largo plazo. Examinemos las pruebas de dicha decadencia:

  • Propiedad : después de siglos en que las empresas europeas dominaron el mundo en desarrollo, la tendencia se está invirtiendo. Inversores de la India, de Oriente Medio y de otras procedencias están comprando acerías y fábricas de automóviles europeas. En los próximos años, habrá que estar atentos a China y a Rusia.
  • Tipos de cambio: cuando el dólar se desplomó el año pasado y erosionó la competitividad europea aún más, tanto el Fondo Monetario Internacional, dirigido por europeos, como el Banco Central Europeo demostraron ser impotentes. En cambio, los dirigentes europeos acudieron con actitud humilde a China para pedir ayuda. Si bien el dólar se ha revalorizado recientemente frente al euro, no se ha debido a la influencia de los europeos.
  • Bancos : cuando los bancos americanos y suizos se fueron al traste, nadie se acercó a Europa en busca de apoyo. En cambio, los directores de los bancos suplicaron en Oriente Medio, Singapur y China que les echaran un salvavidas. Una vez que los propios bancos de Europa resultaron infectados, fue necesaria la euroescéptica dirección británica para vencer las vacilaciones de Francia y Alemania. Las instituciones europeas permanecieron al margen.

Naturalmente, la insignificancia en aumento de Europa no es enteramente autoinfligida. La participación en la economía mundial de los países con mercados en ascenso ha aumentado y les ha brindado más voz y voto en las relaciones internacionales, pero no son otros los que impiden el crecimiento de la eurozona por encima del tres por ciento ni quienes han causado la disminución de la participación de la UE de quince países en la economía mundial del 19,5 por ciento del PIB global en 1994 al 16 por ciento el año pasado.

Pese a su programa de Lisboa, la ampliación y la llegada del euro, el rendimiento económico global de Europa no ha mejorado, porque ha desatendido muchas cuestiones básicas y cotidianas. Se nos ocurren tres ejemplos.

Primero, la UE sigue destinando muchos más de sus recursos a subvencionar sectores en decadencia que a prepararse para el futuro. Aunque la financiación de la investigación está aumentando, representa sólo el 4,7 por ciento del gasto de la UE, frente al 31,7 para la agricultura.

Segundo, Europa no ha creado un Consejo Europeo de la Investigación independiente para velar por que se asigne la financiación en función del mérito científico. Demasiado del dinero asignado para investigación va destinado a proyectos de prestigio con limitada o ninguna relación con la ciencia, como Galileo o el Instituto Europeo de Tecnología.

Tercero, los recursos europeos están fragmentados, lo que obstaculiza la competitividad europea. La deficiente y diluida Directiva de la UE sobre fusiones, aprobada después de más de diez años de debates, no facilita las fusiones transfronterizas dentro de Europa que son necesarias para crear campeones mundiales y las prestaciones sociales concedidas por las empresas en algunos países europeos destacados debilitan la flexibilidad empresarial con una mano de obra inamovible.  

Sin embargo, existen varios sectores de consenso en los que la UE puede avanzar. La ampliación ha convertido a países lejanos en nuestros vecinos. Necesitan el acceso a nuestros mercados y no debemos rechazarlos. Debemos ampliar el mercado único europeo para impulsar el crecimiento y evitar nuevas divisiones, lo que significa levantar instrumentos poco agradables como los aranceles, las normas industriales, la regulación de los mercados y la cooperación en materia de investigación y educación en nuestras relaciones con países como Rusia y Egipto, exactamente como lo hemos hecho con Noruega y Suiza.

Muchos ciudadanos creen que la cooperación europea sólo beneficia a los privilegiados y que los trabajadores y los pensionistas afrontan impuestos mayores, porque la integración transfronteriza ha ayudado a los ricos a encontrar formas de evitar el pago de la parte que les corresponde de los intereses y las ganancias del capital. Las normas comunes para eliminar la evasión fiscal transfronteriza y, por tanto, acabar con esa impresión deben pasar a ser una prioridad. No se debe permitir la participación en un mercado común financiero a los beneficiarios sin contrapartida que se niegan a compartir información. Se debe excluir la cooperación con refugios como Lichtenstein o Mónaco, a no ser que acepten que dentro del mercado común todos los ciudadanos deben pagar impuestos donde viven, conforme a la normativa del país.

También se debe mejorar la coherencia normativa dentro de la UE. La motivación para aplicar nuevas reformas del mercado interior se ha debilitado, lo que ha creado una situación en la que se puede hacer caso omiso incluso de decisiones adoptadas por los dirigentes de la UE en sus reuniones del Consejo Europeo. Ha resultado imposible lograr innovaciones fundamentales para la competitividad europea, como una patente a escala de la UE. Ningún Estado cumplirá el objetivo de la UE de gastar el uno por ciento del PIB en investigación en 2010, a más tardar.

Con demasiada frecuencia se permite que los intereses particulares prevalezcan sobre los intereses comunes europeos. Europa debe poner freno a las subvenciones de industrias antiguas y moribundas e invertir los fondos ahorrados en sectores orientados al futuro.

Lo último que necesita Europa es reforzar una centralización innecesaria. Una Europa lograda y dinámica no es una Europa uniforme y la integración europea no debe pasar a ser un objetivo en sí misma, sino un medio para crear una prosperidad sostenible. Tampoco necesitamos medidas cosméticas para aplicar políticas a escala europea destinadas a luchar contra la crisis actual, cuando resulta evidente que no hemos actuado de forma conjuntada. Fortalecer a Europa significa alentar políticas que aumenten el crecimiento en lugar de centrarse en ver quién obtiene más beneficios de los fondos o las instituciones de la UE.

Eso resulta particularmente importante en el sector de la protección de los trabajadores. No es probable que los ciudadanos europeos apoyen medidas encaminadas a fortalecer la UE, si significan que dejen de poder decidirse en el nivel local las condiciones de trabajo, y, sin embargo, el Tribunal Europeo ha alimentado frustraciones al socavar los usos laborales locales en importantes causas judiciales recientes relativas a trabajadores empleados en Suecia y en Alemania.

Para ser francos, Europa debe dedicar más energía en los próximos años a abordar sus microproblemas en lugar de fomentar ideas grandiosas. Si nos atenemos a ese principio, la UE tendrá muchas más posibilidades de recuperar influencia mundial.

Leif Pagrotsky, ex ministro de Industria y Comercio y ex ministro de Educación, Investigación y Cultura de Suecia, es diputado al Parlamento sueco y vicepresidente del Riksbank. 

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