Con el débil dólar colgando como una espada de Damocles sobre la economía global, casi todo el mundo lamenta los hábitos derrochadores de EE.UU. Pero, ¿se le ha ocurrido a alguien lo duro que deben trabajar los estadounidenses para hacer que todos los demás luzcan bien?
Gracias a los crecientes déficits comerciales de EE.UU., hoy en día el mayor dolor de cabeza del ministro de finanzas de cualquier país en desarrollo es tratar de evitar que la moneda de su país se eleve demasiado rápido con respecto al dólar. ¿Cuándo fue la última vez que ocurrió esto? Todos los países con crisis crónicas de la deuda, como México, Rusia o Corea del Sur, están tratando de rechazar los flujos de capital que traen los inversionistas que buscan una puerta de salida, a medida que el dólar se desploma.
Por lo general, cuando el mundo se recupera de una depresión y las tasas de interés globales aumentan, al menos uno o dos países con mercados emergentes experimentan un espectacular auge. No es probable que eso ocurra esta vez, al menos no el año próximo.
Es cierto que las políticas de algunos países han mejorado notablemente. Por ejemplo, Brasil y Turquía han instituido políticas pro-mercado que han dado mayor flexibilidad a sus economías y han hecho que el crecimiento sea más duradero. Pero, ¿se puede decir lo mismo de México, donde las reformas se han estancado, o de Rusia, donde han retrocedido? El imprudente nivel de gasto del déficit de EE.UU. está haciendo que todas sus monedas parezcan buenas inversiones en 2005.
De modo que quienes no son estadounidenses deberían mostrar más aprecio por los déficits de EE.UU. ¿Piensa acaso la gente que es fácil para una economía de 12 billones de dólares gastar más allá de sus medios, año tras año, simplemente para apuntalar la reputación de estabilidad de otros países? No lo es. Endeudarse hasta el cuello cuando se tiene tanto dinero para gastar exige un montón de trabajo duro.
Comencemos con el consumidor estadounidense, que consume de todo lo que se produce en el planeta (ayudando a que Estados Unidos se zampe el 25% de la producción mundial de crudo), pero no ahorra prácticamente nada. Gracias al dorado sistema financiero estadounidense, sus consumidores pueden comprar elegantes automóviles casi sin un pago inicial. Pueden pedir prestado más y más cada año, poniendo como garantía el valor de sus viviendas, y gastar hasta el último centavo. Se pueden jubilar cada vez más temprano, con unos ahorros cada vez más pequeños. Es preciso tener carácter y energía para vivir así.
Por supuesto, el gobierno de EE.UU. hace también su parte... y más. Cuando el Presidente George W. Bush asumió el cargo en 2001, tenía frente a sí gigantescos excedentes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Se necesitó mucho esmero y trabajo para lograr un deterioro de cinco billones de dólares en la posición fiscal de EE.UU.
Recortar impuestos fue fácil, pero aumentar el gasto en prácticamente cada programa implica un montón de leyes. Cierto, la decisión de invadir Irak fue de gran ayuda para hacer que las finanzas del país cayeran por el precipicio, pero esa no es, ni con mucho, toda la historia. Entonces, ¿por qué el mundo se muestra tan desagradecido?
Tal vez algunos europeos y japoneses estén enojados porque sus inversiones en EE.UU. les han rendido poco estos últimos años. Parte del problema ha sido el dólar en bajada, lo que hace que las inversiones en dólares no se vean muy bien si se traducen a yenes o euros.
Parte de la culpa también está en la mala oportunidad del mercado. Muchos europeos invirtieron en el mercado accionario de EE.UU. cuando estaba en su apogeo, en 1999 y 2000, sólo para verse vendiendo en plan de rebajas tras el colapso de 2001.
Lo mismo les ocurrió a los financistas japoneses en el marcado inmobiliario, que compraron costosas propiedades “trofeo” como el Rockefeller Center en Nueva York y el Pebble Beach Golf Club en California, y después tuvieron que venderlas a precios bajísimos. Estas inversiones que terminaron en fracaso han sido una gran cosa para los estadounidenses, que deben mucho menos a los extranjeros de lo que les adeudarían si el cuento hubiera tenido otro final.
Desgraciadamente, esto no puede durar para siempre. Los extranjeros van a comenzar a tener ganancias mucho mejores sobre sus inversiones en EE.UU., llevando los niveles de deuda de EE.UU. a un territorio insostenible, o bien se retirarán e invertirán en otros lugares. Cualquiera sea el camino, la caída del dólar tiene que continuar.
Entonces, ¿cuán bajo puede hundirse? Calculo que todavía debe caer otro 15%, si es que se ha de volver a equilibrar el déficit comercial de EE.UU. Idealmente, las monedas asiáticas se deberían incrementar mucho más del 15%, mientras que las europeas deberían aumentar menos.
Desgraciadamente, hay un peligro real de que veamos lo opuesto y que el euro llegue a $1,50 o más. Los gobiernos pueden tratar de resistirse a la caída del dólar, pero en el mundo actual, caracterizado por mercados de capitales profundos y fluidos, eso no ocurrirá de manera indefinida. Ni siquiera en Asia.
Más aún, aunque la política de EE.UU. por ahora esté haciendo que todos luzcan en buena forma, las cosas podrían no ser tan cómodas si la caída del dólar genera un alza desmesurada de las tasas de interés y una desaceleración global sostenida. Algunos de los países que hoy parecen tan sólidos pueden sufrir repentinamente formas de crisis financieras que creían haber dejado atrás.
Incluso si los países evitan el golpe inmediato de un colapso del dólar, deberán cuidarse de un efecto boomerang. Los tipos de cambio tienen la mala costumbre de desvalorizarse más allá de sus puntos de equilibrio y luego golpear a los países, especialmente a los que han gastado en exceso, basándose en valores de renta sobrevaluados.
Bien, entonces puede que sea demasiado pronto como para que el mundo comience a felicitarse por los demenciales hábitos de consumo de EE.UU. Aun así, ¿no es acaso un signo de la generosidad de los estadounidenses el hacer que todos los demás luzcan tan sobrios y frugales, aunque sea para la foto?


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