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Hay que voltear hacia el Este para salvar el mercado social europeo

A medida que se acerca la ampliación de la UE, muchos europeos sólo ven cosas que los alarman: masas de migrantes económicos, y países pobres en busca de subsidios. Pero, como sugiere Jacques Rupnik, los nuevos miembros orientales también pueden actuar como una guía para la Unión.

Se dice con frecuencia que el modelo social y económico de Europa continental, que busca combinar la competitividad con la solidaridad, es el cemento que mantiene unida a la Unión Europea, y que distingue al continente del modelo estadounidense (o anglosajón) de libre mercado. Es claro que la respuesta europea a los retos de la globalización consiste en que ciertas esferas de la vida social (digamos, la atención a la salud, la educación, el medio ambiente o la cultura) no se pueden dejar al capricho del mercado.

A primera vista, pareciera que la integración europea de la posguerra avanzó de manera paralela con el desarrollo del Estado de bienestar. Pero eso es engañoso: el modelo social europeo es, de hecho, parte integral de la identidad de los Estados miembros de la UE, más que de la UE misma.

En efecto, hay quienes afirman que la UE a menudo actúa para erosionar el Estado de bienestar. Este temor contribuyó sin duda a la renuencia de países como Dinamarca y Suecia a aceptar una mayor integración europea. En ambos países, las mayorías votaron en contra de la adopción del euro porque temían que las normas y derechos de la seguridad social se verían afectados.

Así, en toda Europa, una pregunta clave es ésta: ¿cuál es el futuro del modelo europeo de "mercado social"? ¿Podrá sobrevivir una vez que la Unión crezca de 15 a 25 miembros?

Muchos miembros de la UE observan a los recién llegados de Europa central y del Este y ven países que tratan de apegarse en gran medida al modelo liberal de libre mercado. Después de dedicar una década al desmantelamiento de los restos del socialismo de Estado, la mayoría de esos países se irrita ante la perspectiva de importar la idea europea de solidaridad del mercado social a través de la UE.

Su postura va más allá de la filosofía política. También está en juego un poco de oportunismo, puesto que también se oponen, sin duda, a la reglamentación de la UE sobre impuestos y normas sociales, que de ser adoptadas, anularían su ventaja comparativa para los inversionistas occidentales.

Con un crecimiento de cero y un desempleo del 10%, el "modelo del Rin" de Europa occidental ya no es lo que los países que buscan implementar reformas sociales y económicas profundas quieren emular. Para que el modelo de mercado social de Europa sobreviva a la ampliación, es necesario encontrar una manera de que crezca hacia el Este junto con la UE. Pero eso sólo se puede lograr si el modelo se reforma en Occidente.

Dos factores podrían ayudar a que la UE siga el rumbo adecuado. Primero, los recién llegados comparten un problema que socavó el modelo de mercado social en Europa occidental: la disminución demográfica y, en consecuencia, las perspectivas de costos crecientes de atención a la salud y de pensiones. Las poblaciones de la República Checa, Hungría, Polonia y Estonia están envejeciendo y disminuyendo a la misma velocidad que las de España o Italia. Por ello, la necesidad de reformar los sistemas de salud y de pensiones es similar en todos esos países.

Segundo, las actitudes de la gente hacia el sistema de mercado social son sorprendentemente similares en Europa occidental y en Europa oriental. Según la encuesta Pew Global Attitude, hay un grado importante de coincidencia entre los europeos centrales y del Este y los europeos occidentales en cuanto al equilibrio entre el mercado y una red de protección social garantizada por el Estado.

Para que los recién llegados adopten el modelo de mercado social, ese modelo debe funcionar en toda la UE y ofrecerles lo mismo que les ofreció a los miembros nuevos de la UE con anterioridad. Lamentablemente, eso todavía no es así.

En vez de eso, la ampliación de la UE se está llevando a cabo de acuerdo con lo que se podría describir como el principio de "integración asimétrica". La asimetría facilitó una transferencia hacia el Este de normas y de criterios de la UE para la convergencia institucional pero no una transferencia proporcional de recursos. El poder regulador de la UE ha tomado precedencia sobre su capacidad redistributiva.

Pero es probable que los países nuevos sólo acepten la autoridad reguladora de la Unión si se mantiene atada a la ética de redistribución que forma el núcleo del modelo social de la UE. La regulación sin redistribución podría debilitar la legitimidad de la UE entre los nuevos miembros.

Un informe para la Presidencia de la Comisión de la UE elaborado por un grupo de expertos encabezado por Jacques Sapir se pronunció explícitamente por reorientar las políticas de "cohesión" de la Unión hacia el Este, es decir, a favor de quienes más las necesitan. Evidentemente, para que el modelo de mercado social se extienda hacia el Este (garantizando así su viabilidad dentro toda la Unión) esta es la única alternativa posible.

Pero esa idea amenaza a los beneficiarios actuales de las políticas redistributivas de la UE, a saber, España (que ahora obtiene más de una tercera parte de los fondos de cohesiónde la Unión) y Grecia (que recibe alrededor de una quinta parte), así como Irlanda. Así, los países que más se han beneficiado de la solidaridad europea en los últimos veinte años son los que están menos dispuestos a compartir con sus parientes pobres del Este.

El viejo modelo social europeo está en ruinas. Su reforma (o mejor dicho, su reformulación) implica redefinir el significado de la solidaridad, tanto al interior de los Estados miembros como de la UE en su conjunto. Pero para que la reforma sea exitosa, ofrecer al Este un poco de la vieja solidaridad es la mejor manera de asegurar el compromiso de los nuevos miembros de la UE con la integración europea.

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