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Reconsiderando el contraterrorismo

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2008-03-03

La agria expresión de los rostros de los guardias fronterizos y las estrictas medidas de seguridad en los aeropuertos internacionales son claras señales de que el mundo desarrollado está gastando cientos de miles de millones de dólares para protegerse contra el terrorismo. Sin embargo, ¿vale el esfuerzo?

Aunque los ciudadanos de los países ricos consideran que el terrorismo es una de las grandes amenazas del mundo, los terroristas internacionales se cobran, en promedio, 420 vidas cada año. Así es que, ¿han tenido éxito los terroristas al hacer que el mundo desarrollado invierta con poco tino en contraterrorismo, al tiempo que pasa por alto problemas más urgentes que tienen relación con la salud, el medio ambiente, los conflictos y el buen gobierno?

Recientemente, el Consenso de Copenhague, cuyo objetivo es ponderar los costes y beneficios de las diferentes soluciones a los mayores problemas del mundo, encargó nuevas investigaciones acerca de los méritos de los distintos métodos para combatir el terrorismo. Los resultados son sorprendentes y preocupantes.

El gasto global anual en medidas de seguridad internas ha aumentado en cerca de US$70 mil millones desde 2001. No es de sorprender que esto se haya traducido inicialmente en una reducción del 34% de los ataques terroristas internacionales. Lo que es sorprendente es que, en promedio, ha habido 67 más muertes cada año.

El aumento en la cantidad de muertes se debe a que los terroristas están respondiendo racionalmente a los mayores riesgos que les significan las mayores medidas de seguridad. Han pasado a realizar ataques que matan más gente, para aumentar el impacto de su menor número de golpes.

El aumento de las medidas de contraterrorismo simplemente transfiere la atención de los terroristas a otros aspectos. La instalación de detectores de metales en los aeropuertos en 1973 disminuyó el secuestro de aviones pero aumentó el de personas; fortificar las embajadas estadounidenses redujo la cantidad de ataques a ellas, pero aumentó el número de asesinatos de funcionarios diplomáticos. Desde que en Europa, EE.UU. y Canadá aumentaron las medidas contraterroristas, ha habido un claro cambio en ataques contra intereses estadounidenses en el Oriente Próximo y en Asia.

Gastar cada vez más dinero en hacer más “difíciles” los objetivos es en realidad una mala opción. Aumentar las medidas defensivas en todo el mundo en un 25% costaría al menos US$ 75 mil millones en cinco años. Los terroristas inevitablemente pasarán a centrarse en objetivos más fáciles. En el escenario extremadamente improbable que los ataques se redujeran en un 25%, el mundo ahorraría cerca de US$ 22 mil millones. Incluso así, los costes son tres veces mayores que los beneficios.

Dicho de otra manera, cada dólar que se dedique a aumentar medidas defensivas logrará, a lo sumo, cerca de 30 centavos de retorno. Podríamos salvar cerca de 105 vida al año en este escenario más optimista. Para ponerlo en contexto, cada año se pierden 30.000 vidas en las carreteras estadounidenses.

Contrariamente al efecto de aumentar las medidas defensivas, fomentar una mayor cooperación internacional para cortar el financiamiento a los terroristas sería relativamente poco costoso y bastante eficaz. Implicaría un mayor número de extradiciones de terroristas y poner coto a las contribuciones caritativas, el tráfico de drogas, los productos falsificados, el comercio de mercancías básicas y las actividades ilícitas que les permiten llevar a cabo sus actividades.

Si bien este enfoque haría poco por reducir la cantidad de sucesos pequeños, como las bombas de "rutina" o los asesinatos políticos, supondría importantes dificultades a los espectaculares ataques que implican grandes niveles de planificación y recursos.

Sería difícil lograr el aumento en la cooperación internacional que requiere este enfoque, ya que las naciones resguardan celosamente su autonomía en temas de políticas y seguridad. Una sola nación que se negara a cooperar podría desvirtuar gran parte de los esfuerzos de las demás.

Sin embargo, las ventajas serían sustanciales. Duplicar el presupuesto de la Interpol y asignar un décimo del presupuesto de creación de capacidades y monitoreo financiero del Fondo Monetario Internacional a rastrear los fondos de los terroristas costaría cerca de US$ 128 millones al año. Detener un ataque terrorista catastrófico le ahorraría al mundo al menos US$ 1 mil millones. Los beneficios serían diez veces mayores que los costes.

Otra opción es que las naciones que son objetivos posibles de ataques piensen en términos menos unilaterales para combatir el terrorismo. Algunos observadores argumentan que EE.UU. (un objetivo clave) podría hacer más por proyectar una imagen positiva y neutralizar la propaganda terrorista.

En parte, esto se podría lograr reasignando o aumentando la ayuda extranjera. En la actualidad, Estados Unidos destina sólo el 0,17% de su producto interno bruto como ayuda oficial para el desarrollo –la segunda menor proporción de entre los países de la OCDE- y la ayuda está fuertemente sesgada hacia los países que apoyan la agenda de política exterior de Estados Unidos. Si ampliara su ayuda humanitaria sin someterla a condiciones, Estados Unidos podría hacer más para enfrentar el hambre, las enfermedades y la pobreza, el tiempo que obtendría considerables beneficios por su postura y reduciría los riesgos de sufrir ataques terroristas.

No estamos recomendando ceder a las exigencias de los terroristas, sino más bien hacer que la política exterior sea más inteligente e inspiradora.

No existe una panacea para el terrorismo. Eso, en sí mismo, da miedo. Sin embargo, no debemos permitir que el temor evite que procuremos buscar las mejores maneras de dar respuesta, ni tampoco haga que dejemos de salvar muchas más vidas destinando dinero a problemas menos publicitados que enfrenta el planeta.

Bjørn Lomborg es el organizador del Consenso de Copenhague, profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague y autor de Cool It y The Skeptical Environmentalist. Todd Sandler, Profesor de Economía y Economía política en la Universidad de Texas en Dallas, recibió el Premio de la Academia Nacional de Ciencias por su Investigación conductual acerca de la prevención de la guerra nuclear.

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AUTHOR INFO

Bjørn Lomborg is the author of The Skeptical Environmentalist and Cool It, head of the Copenhagen Consensus Center, and adjunct professor at Copenhagen Business School.
Todd Sandler, Professor of Economics and Political Economy, University of Texas at Dallas, received the National Academy of Sciences Award for Behavioral Research Relevant to the Prevention of Nuclear War.