Latin America
El peligroso éxito de Colombia
Daniel Linsker
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Los últimos meses han sido muy buenos para el Presidente colombiano Álvaro Uribe. Su política de "Seguridad democrática" hoy parece haber dado vuelta definitivamente el tablero en la lucha del país contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), ya que varios sus líderes han sido eliminados y una cantidad de rehenes que tenía en su poder han sido liberados. Uribe también ha demostrado ser un sólido administrador económico, atrayendo crecientes flujos de inversión directa a Colombia. Sin embargo, el éxito pone a Uribe ante una nueva serie de retos que arriesgan deshacer la mayor parte de lo que ha logrado.
El primer reto, y el más tangible, es que Uribe -con una popularidad de más del 90% tras el rescate de 15 rehenes de alto perfil, incluida la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, a principios de julio- estará expuesto a una mayor tentación de postularse a un tercer periodo. Esto no sería catastrófico per se, pero enmendar la constitución nuevamente para favorecer a uno de los actores socavaría la relativamente sólida institucionalización política del país, que es uno de los factores que han ayudado a atraer inversionistas extranjeros. Cambiar las reglas del juego para impulsar su poder personal contribuiría a perpetuar las debilidades, socavaría la obligación de las autoridades de hacerse responsables de sus actos ante el país, e impediría que importantes políticas de gobierno se conviertan en políticas de estado.
Sólo cabe esperar que Uribe haya aprendido las lecciones de los experimentos fallidos que se han intentado en la región para lograr terceros mandatos (vienen a la mente Alberto Fujimori en Perú y Carlos Menem en Argentina) y deje la presidencia con la frente muy en alto. Si lo hace, probablemente se lo recuerde como uno de los presidentes colombianos más influyentes y exitosos, y puede esperar hacer carrera como estadista regional e internacional.
Lo que es quizás más importante es que si Uribe dejara el mando tras su periodo actual, todavía tendría un importante poder interno, jugando un papel significativo en la elección de su sucesor –sea quien sea su elegido, tiene una muy buena oportunidad de ganar- y en impulsar las perspectivas de sus partidarios políticos en las elecciones legislativas.
Si bien el resultado del primer reto descansa únicamente en los hombros de Uribe, existen dos más que están vinculados a la reacción de las FARC a los últimos acontecimientos: si escoge negociar o prefiere proseguir su lucha armada. Bajo el primer escenario, Uribe se enfrenta al peligro de verse empujado a un proceso de paz "débil" o "sin condiciones". Por más de seis años, el gobierno se ha resistido a los llamados a negociar con las FARC, negándose a los pedidos del grupo de desmilitarizar una zona, rechazando los intentos de acercamiento y exigiendo la liberación de todos los rehenes y un alto al fuego como condición para iniciar conversaciones.
El problema es que unas FARC debilitadas pueden exponer al gobierno a una presión popular para que inicie negociaciones, incluso si no declaran un alto al fuego. En tal caso, las FARC podrían usar las conversaciones de paz -como lo han hecho varias veces en el pasado- para ganar tiempo que les permita rearmarse y reagruparse. Durante los últimos años, las FARC, muchos de cuyos líderes creen que "ganan” simplemente al prolongar el conflicto, han estado buscando maneras -por ejemplo, un intercambio humanitario y el reconocimiento político- de reducir la presión militar que han enfrentado desde que Uribe llegara al poder. El peligro, entonces, es no dar un golpe de gracia en momentos que la organización parece estar desintegrándose.
No obstante, continuar la lucha plantea una seria amenaza al principal éxito de Uribe, que es el haber mejorado las percepciones de seguridad, también entre los inversionistas. Las FARC, hoy heridas y arrinconadas, pueden decidir que su única opción es pasar a la ofensiva para demostrar que siguen siendo importantes y fuertes. Aunque sus capacidades han disminuido seriamente en los últimos seis años y su dispersión geográfica las ha alejado de los principales centros poblados, una serie de ataques de alto perfil contra objetivos civiles y económicos en las principales ciudades bastaría para afectar la impresión de seguridad en el país. También es preocupante el hecho de que ésta sea una posibilidad si las FARC se dividen y una parte decide negociar, mientras que los comandantes de línea dura deciden seguir combatiendo.
Si Uribe deja el poder, es probable que quienquiera que lo suceda mantenga la mayor parte de sus políticas y prosiga su trabajo de fortalecimiento de la seguridad en el país. Los inversionistas sabrán que Colombia no es un asunto unipersonal y que son reales la tan mentada institucionalización y los contrapesos y equilibrios del sistema político. Fortalecer el estado y promover una economía estable y en crecimiento serían también el mejor varapalo a las FARC y su estrategia de ganar tiempo.
Daniel Linsker es Jefe del Departamento para América Latina de Control Risks, una compañía consultora internacional de riesgo comercial.
Copyright: Project Syndicate, 2008.
www.project-syndicate.org
Traducido por David Meléndez Tormen
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