Thursday, October 30, 2014
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Los renuentes revolucionarios de Libia

TRÍPOLI – Egipto no es el único país en el que las brillantes esperanzas de la “primavera árabe” están apagándose. Desde los ataques contra gobiernos occidentales hasta los choques étnicos en remotos oasis del desierto, la revolución de Libia está dando traspiés.

La culpa de las dificultades actuales de Libia corresponde en gran medida al gobierno provisional que encabezó el alzamiento. El Consejo Nacional de Transición se niega a adoptar decisiones difíciles, prefiere endosárselas a un futuro gobierno elegido democráticamente. El CNT ha preservado gran parte de la parálisis institucional y del comportamiento visceral típico del derrocado régimen del coronel Muammar Al Gadafi. Para que la revolución Libia triunfe, los nuevos dirigentes del país deben cortar decididamente con el espíritu del pasado.

Durante sus 42 años en el poder, Gadafi se rodeó de consejeros que eran compañeros de su juventud, junto con una camarilla de tecnócratas. A consecuencia de ello, los dirigentes de la rebelión que lo derrocó tienen poca experiencia de gobierno y, en un país en el que cualquier actividad política estaba considerada una traición, muchos esperaban que el neófito CNT tropezara muy pronto y con frecuencia. Así ha sido.

De hecho, la revolución nunca fue un asunto fácil. Cuando los combatientes no consiguieron derrotar a las fuerzas leales por sí solos, unas potencias extranjeras se vieron obligadas a intervenir. Más adelante, el CNT no consiguió imponer disciplina en la infinidad de milicias que se formaron para luchar contra las tropas de Gadafi o incluso dirigir eficazmente las armas extranjeras hasta el naciente Ejército Nacional Libio. Cuando el Jefe del Estado Mayor del Ejército fue asesinado en julio en circunstancias misteriosas, el CNT no pudo dar respuestas concretas a un público irritado. Al no tener acceso a los activos libios en el extranjero, con frecuencia tardó semanas en pagar los salarios.

Mientras aún arreciaba la batalla contra Gadafi, los libios consideraron poco patriótico señalar las deficiencias del CNT. Sin embargo, actualmente esos fallos han resultado exagerados por su parálisis. El CNT delibera, en lugar de decidir. La mayoría de dos tercios necesaria para aprobar leyes hace que muchos proyectos de ley mueran después de un prolongado debate.

Muchos miembros del CNT creen que el Consejo carece de legitimidad para inclinarse por opciones difíciles. Sostienen que el CNT debe limitarse a hacer de gobierno provisional y aplicar sólo las decisiones más esenciales hasta que unos gobernantes elegidos ocupen sus cargos. A consecuencia de ello, el CNT y el gobierno que éste nombró, conocido como Comité Ejecutivo, sólo quieren transmitir el bastón de mando. Indecisos ante la posibilidad de dejar una huella tras sí, algunos ministerios carecen de presupuesto y los ministros se muestran reacios a firmar acuerdos con empresas extranjeras.

Pero, aparte de la cuestión de la función idónea de los gobiernos custodios, hay que citar la falta de decisión de los dirigentes del CNT, que prefieren, sencillamente, dejarlo para que lo hagan otros. Cuando un coronel preguntó recientemente al presidente del CNT, Mustafa Abdel-Jalil, por qué no había hecho nada para fusionar las milicias en un ejército nacional, éste respondió: “Yo encabezo el poder legislativo. Debe usted hablar con el ejecutivo (el Comité)”.

Otros funcionarios superiores libios padecen el mismo letargo directivo. El Primer Ministro del CNT, Mahmud Jibril, fue elogiado por la comunidad internacional por su visión, pero, de forma muy parecida a Abdel-Jalil, se mostró incapaz de adoptar decisiones.

La parálisis del CNT se refleja claramente en el juicio del hijo de Gadafi, Saif Al Islam Al Gadafi. Pese a estar considerado el cautivo más valioso del antiguo régimen, el Consejo ha avanzado poco en su enjuiciamiento. Ahmad Jihani, el representante de Libia en el Tribunal Penal Internacional, me dijo recientemente que “como libios no podemos iniciar el juicio de Saif. No hay un poder central para  procesarlo”. El fiscal del TPI hizo eco a sus sentimientos en un informe jurídico del 5 de junio, al observar que “el Gobierno de Libia puede verse incapacitado para hacer avanzar la causa”. Al no lograr avances con miras al  enjuiciamiento de Gadafi por crímenes de guerra, el CNT lo mantiene detenido con la inocua acusación de no tener un permiso por la posesión de camellos.

Los burócratas lamentan las vacilaciones ministeriales. “Todos los días hay personas que ofrecen ideas para desmovilizar a los combatientes e integrarlos en la sociedad”, observa un funcionario del Ministerio de Trabajo, refiriéndose al problema más acuciante que afronta el TNC, “pero, como nadie adopta una decisión, todos esos planes simplemente descansan en nuestros escritorios”.

Podemos encontrar una razón para esa inercia en la tradición política prevaleciente en Libia. Durante decenios, Gadafi revisó personalmente todos los acuerdos que ascendieran a más de 200 millones de dólares y con frecuencia elegía las empresas extranjeras a las que se adjudicarían los contratos. Cuando devolvió la planificación ministerial a los burócratas en 2008, a muchos no les agradó. “Al no estar acostumbrados a planificar y tener una limitada capacidad humana, los funcionarios superiores de los ministerios están muy nerviosos”, informaba un telegrama diplomático americano revelado por WikiLeaks.

Los nuevos dirigentes de Libia adolecen de algo más que de dilación. Están recurriendo a las mismas respuestas facilonas y prefabricadas que dio Gadafi para demonizar a sus oponentes nacionales e internacionales durante cuatro decenios.

Por ejemplo, cuando los libios orientales anunciaron recientemente la formación de un consejo regional provisional como primer paso hacia la declaración de un Estado federal, Abdel-Jalil se refirió al “comienzo de una conspiración contra Libia” en la crisis que está gestándose entre las provincias del país. “Lamentablemente, algunas naciones árabes la han apoyado y fomentado”, dijo, pero no citó a potencias extranjeras concretas y no ofreció prueba alguna para apoyar sus alegaciones, lo que pareció muy semejante a las frecuentes despotricaciones de Gadafi contra las “conjuras sionistas e imperialistas”.

Después de ocho meses de revolución que devastaron el país, los libios están pidiendo reformas reales, pero, sin unos nuevos dirigentes que estén dispuestos a aplicarlas, pasará mucho tiempo antes de que Libia pase página.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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