NUEVA YORK– Permítaseme revelar antes que nada mi predilección: no es que de niña soñara con ir al espacio, sino que lo daba por sentado. Mi padre era un científico especializado en cohetes (de verdad) y yo me imaginaba que, así como los aeroplanos habían llegado a ser algo común y corriente a lo largo de su vida, los viajes espaciales llegarían a serlo a lo largo de la mía.
La primera vez que el hombre alunizó, yo era una adolescente y me dediqué a otras actividades: periodismo, la red Internet, empresas incipientes. Pero, decenios después, desperté y descubrí que los viajes espaciales seguían reservados a un pequeño cuerpo de astronautas y cosmonautas y a un grupo reducido de adinerados turistas del espacio: seis hasta ahora. El negocio espacial era un coto vedado de unos pocos Estados, más varios grandes contratistas que vivían en simbiosis con sus clientes estatales.
Después surgió Space Adventures, la empresa privada que organiza los viajes turísticos con RosKosmos, el Organismo Espacial Federal ruso, por más de 35 millones de dólares por vuelo. Invertí en Space Adventures y también en XCOR Aerospace, fabricante de cohetes. Como en el caso de la red Internet, noté la intensa energía resultante cuando las empresas comerciales incipientes invaden un mercado dominado por organizaciones grandes y asentadas. Yo quería saber más sobre los viajes espaciales (¡no sobre las empresas incipientes!) y me imaginé que un curso de seis meses de formación espacial con Roskosmos, organizado por Space Adventures, era la mejor forma de inmersión total.
Cuando regresé, tuve la oportunidad de ingresar en el Consejo Asesor de la NASA, como presidenta de su Comité de Tecnología e Innovación, que recientemente ha sufrido una reestructuración, pues su composición ha quedado reducida de 50 miembros a 10 y se han precisado las funciones de cada uno de ellos. Sin embargo, el poder real del Consejo es limitado: quien dice a la NASA lo que debe hacer –y quien la financia para que lo haga– es el Congreso de los Estados Unidos. Nosotros sólo podemos asesorar sobre lo que decreta y financia el Congreso.
Dicha reestructuración refleja otra habida en la propia NASA, bajo el mandato del nuevo Administrador, Charlie Bolden, nombrado por el Presidente Barack Obama, y constituye una enorme oportunidad para la NASA, como también para la exploración y la ciencia espaciales. Obama ha propuesto un nuevo presupuesto para la NASA que la orienta a centrarse en metas a largo plazo y añade otros 6.000 millones de dólares a lo largo de los cinco próximos años (en una época en que casi la mitad de los organismos gubernamentales afrontan reducciones presupuestarias).
A lo largo de los cuatro últimos decenios, la NASA ha madurado, lo que la ha vuelto tan burocrática y cautelosa –tan responsable–, que ha perdido gran parte de su energía y su capacidad de innovación. En casi todos los ciclos electorales de los Estados Unidos, ha sufrido reducciones de su financiación, reorientaciones y demás.
Además, la NASA tuvo dos grandes accidentes de transbordadores espaciales que perjudicaron a su reputación: el desastre del Challenger de 1986, seguido de la desintegración del Columbia por encima de Texas en 2003.
Esas catástrofes quitaron a la NASA su deseo de correr riesgos. Los astronautas, por su parte, estaban deseando volver al espacio, pero los burócratas se mostraban reacios a enviarlos.
Se trata de una amenaza persistente para los organismos gubernamentales: reciben palos cuando algo no sale bien. Las personas están acostumbradas a los riesgos de conducir automóviles o montar en aviones, pero los gobiernos no deben matar a personas.
No estoy dando a entender que se deba permitir a las empresas privadas que maten a personas, sino que pueden correr riesgos (con personas que no ignoran los riesgos que corren), cosa que no pueden hacer los gobiernos. Naturalmente, también se las incentiva para que no corran riesgos; cualquier empresa espacial incipiente que por negligencia provoque la muerte de alguien probablemente provoque también la suya, pero la industria sobrevivirá y prosperará,
Entonces, ¿qué hace el presupuesto de la nueva NASA? ¿Y qué pertinencia tiene para otras industrias y otros gobiernos?
El nuevo presupuesto hace dos cosas: en primer lugar, reconoce que el llamado proyecto Constellation, centrado en el regreso a la Luna, va retrasado, ha rebasado su presupuesto y carece de ambición. Así, pues, el presupuesto suprime Constellation, si bien muchos de los proyectos concretos y de los empleados que lo componen continuarán. El nuevo proyecto destinará los fondos y recursos liberados a un programa aún por formular y encaminado a preparar la llegada a los asteroides situados allende la Luna, los llamados “objetos cercanos a la Tierra”, y, en su momento, a Marte.
Sin embargo, Obama no formuló las nuevas metas estrictamente, sino que dejó que se encargara de ello la NASA, actitud sensata y modesta, pero, lamentablemente, se trata de un error político. Nunca es una buena idea hacer una substitución imprecisa. Los políticos y los miembros de los grupos de presión que sólo se preocupan por los puestos de trabajo de este año y los votos del año que viene se han apresurado a lanzar críticas feroces a esa falta de plan.
Su desdén se ha hecho extensivo también a la segunda parte del presupuesto, un programa que normalmente les habría gustado: devolver a los Estados Unidos puestos de trabajo que actualmente obtienen los rusos, pues en el presupuesto se propone contratar a empresas incipientes americanas para que envíen astronautas y carga a la órbita terrestre baja: la mayoría a la Estación Espacial Internacional. En los próximos años, la NASA comprará esos servicios a RosKosmos y enviará astronautas en Soyuzes rusos, pero, después, conforme al nuevo presupuesto, hará adquisiciones a empresas incipientes como SpaceX y Orbital Sciences (y con el tiempo –espero– a XCOR).
El Gobierno debería centrarse en la investigación arriesgada y a largo plazo (en la que el riesgo es para los proyectos y no para las personas) y el sector privado debe centrarse en la prestación de servicios que ya están bien establecidos y de los que se puede encargar perfectamente. La ironía de la política americana en este momento es la de que los republicanos, que normalmente son favorables para los negocios, son los más hostiles al nuevo presupuesto de la NASA, pese a que adopta los valores del espíritu empresarial y la capacidad innovadora, tan caros –según ellos mismos dicen– a los republicanos.
La propia NASA es una típica organización grande. La mayoría de su personal acogería con agrado un ambiente más empresarial, pero han quedado derrotado por años de críticas, limitaciones, reglamentaciones y reducciones presupuestarias arbitrarias. Como sistema, la NASA, se resiste a los cambios, pero dentro de ella hay miles de personas que anhelan experimentar y aprender de los éxitos y los fracasos. Quieren la liberación de un imperativo grandioso. Quieren correr riesgos con la tecnología, no con las personas.
Miren a su alrededor. Hay muchísimas organizaciones así, que esperan a ser liberadas y cuyos empleados anhelan respirar con libertad.


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