Into Africa
¿Pueden las compañías globales salvar a África?
Paul Lewis
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Las compañías multinacionales fueron una fuerza motriz en la transición postcomunista de Europa del Este; brindaron nuevos conocimientos, tecnología, capacitación y mejores condiciones de trabajo. Salvaron a los sistemas bancarios, modernizaron las redes de telecomunicación, reconstruyeron las industrias debilitadas, aumentaron la calidad de los productos y socavaron los intereses creados que robaron a los ciudadanos comunes durante décadas.
¿Pero es una excepción Europa del Este? ¿Pueden las compañías multinacionales ofrecer beneficios similares a otras regiones necesitadas como el África subsahariana donde el legado del colonialismo, el apartheid, y la mala administración económica crearon ambientes de negocios fundamentalmente diferentes?
De acuerdo con un punto de vista, Europa del Este tenía una situación singular para beneficiarse de las compañías multinacionales: su fuerza de trabajo estaba educada, especialmente en ingeniería y en ciencias y, estaba por lo tanto en posibilidad de evitar la clásica trampa de "a mano de obra no calificada, salarios bajos". Lo que el comunismo no pudo dar - una administración moderna, nuevas tecnologías y conocimientos de mercadotecnia - es lo que las multinacionales ofrecieron.
Pero en países como Sudáfrica, Namibia y Zimbabwe las compañías multinacionales pueden verse muy diferentes. Los gobiernos occidentales se mostraron generalmente indiferentes, si no es que hostiles, a los movimientos de liberación africanos. Sus grandes corporaciones ayudaron a afianzar regímenes racistas con sistemas de contratos laborales célebres por ser poco menos que esclavistas.
Además, las compañías multinacionales que invirtieron en la República Checa, Eslovaquia, Hungría y Estonia produjeron autos, electrónica de alta tecnología y maquinaria industrial tanto para el mercado interno como para la exportación. Para asegurar una producción de alta calidad y la lealtad de los consumidores locales se requiere mantener a la fuerza de trabajo contenta y una imagen pública positiva.
En contraste, los países africanos frecuentemente ven la peor cara de las multinacionales: las empresas energéticas, las de minerales y metales preciosos van a donde están los recursos, no a donde es placentero trabajar. Como me dijo un ex gerente minero de la región, "el objetivo siempre fue simple: sacar los bienes del suelo y del país tan barato como fuera posible y sin demasiados problemas". Dado que el consumidor está en el extranjero y es poco el procesamiento que tiene que hacerse en el país, ¿por qué tendrían las compañías que mejorar la capacitación de la mano de obra local o ayudar de alguna otra forma a la economía anfitriona?
Pero la relación potencial entre el África subsahariana y las empresas multinacionales no tiene que ser tan limitada. Con políticas macroeconómicas inteligentes aunadas a una solución no violenta de los conflictos políticos o raciales como en, digamos, Namibia, Botswana o Sudáfrica se pueden sentar las bases para asociaciones muy constructivas.
El gobierno de Namibia, por ejemplo, al tiempo que reconoce que el país nunca va a construir una base industrial sólida, adopta un enfoque claro, equilibrado y decidido para atraer y obtener lo más que se pueda de las corporaciones multinacionales. El Ministerio de Industria y Comercio estableció un sensato esquema de incentivos para la inversión orientada a la exportación y un programa de potenciación de la población negra que anima a los inversionistas a ayudar a la fuerza de trabajo previamente olvidada. Se basa en la competencia más que en la dureza burocrática para lograr sus objetivos.
Consideremos la minería de diamantes, la industria más grande de exportación de Namibia. La corporación minera NamDeb, una empresa conjunta entre el gobierno y De Beers, domina la industria. Pero mientras el gobierno quiere ir más allá de la actividad minera poco calificada hacia el procesamiento de valor elevado, De Beers se resiste porque ya tiene operaciones rentables de corte en el extranjero bien establecidas.
Aquí entra en escena Smicor, una subsidiaria del grupo israelí Leviev que actualmente genera sólo una pequeña parte de la producción de diamantes del país pero que quiere más licencias de exploración. En 2004, Smicor prometió establecer un negocio de alto valor de corte de diamantes que el gobierno ansía y desde entonces ha reclutado y entrenado a 400 trabajadores en una nueva planta en la capital, Windhoek. De igual manera, por presión del gobierno, el conglomerado minero Anglo-American desarrolló una operación de procesamiento de zinc en su nueva mina Skorpion en el desierto de Namib, lo que generó más empleos calificados para la población local.
Sacar beneficios de las compañías globales no siempre requiere negociaciones de alto nivel del gobierno. Consideremos Katatura, un barrio bajo en las afueras de Windhoek en el que el pasado régimen del apartheid obligó a decenas de miles de negros a establecerse en los años 1950 y 1960. El barrio es pobre bajo cualquier criterio con 100,000 personas abarrotadas en chozas deterioradas de lámina y techos de lona a lo largo de caminos y laderas de tierra.
Con todo, cada año emergen de entre las casuchas nuevas casas de ladrillo, algunas muy sólidas. Una joven madre, Rosalia, que vive en una pequeña choza con siete hijos de diferentes padres, puede parecer una indigente a los ojos occidentales, pero tiene un pequeño negocio de venta de carne seca. El año pasado logró poner electricidad a su choza e invirtió sus ahorros en un refrigerador para almacenar comida y bebida para vender. El año que viene, va a ampliar la cabaña y a la larga solicitará un terreno y empezará a construir una casa de ladrillo.
Su puesto está lejos de ser ideal; con cada ráfaga de viento, la arena y el polvo caen sobre la carne. Los comerciantes pobres como Rosalia quieren tiendas verdaderas y para algunos, Namibia Beverages, la embotelladora local de Coca Cola está respondiendo al llamado con cabinas de hierro sólidas, espaciosas, portátiles y fáciles de sujetar.
Coca Cola provee las cabinas a los comerciantes que venden sus productos, de la forma en que podría dar sombrillas promocionales a los cafés-terraza en París. Aún en los pueblos más remotos de la frontera angoleña, donde el pueblo ovambo vive en cabañas de palos, la electricidad escasea y los aldeanos caminan kilómetros cada día para ir por leña y agua, es fácil encontrar una botella de Coca o Fanta.
Con su capacidad de distribución y conocimiento detallado del mercado, la influencia de las compañías multinacionales podría utilizarse sin duda para atender muchos problemas del desarrollo, independientemente del legado político o económico de un país. Los grupos de desarrollo, gobiernos, consumidores y pequeños empresarios sólo necesitan acordar iniciativas que plasmen sus intereses comunes con las firmas globales.
Paul Lewis es autor de How the East Was Won: The Impact of Multinational Companies on Eastern Europe and the Former Soviet Union.
Copyright: Project Syndicate, 2005.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz
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