Si no fuera tan absolutamente triste, sería sin duda la broma del milenio: Libia ha sido elegida para presidir la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Cuando Calígula nombró senador a su caballo, al menos el animal no tenía sangre en las pezuñas.
Por supuesto, el procedimiento fue perfectamente legal: la presidencia rota cada año de una región del mundo a otra. Este año fue el turno de Africa para nominar al presidente, y nombraron a Libia. Sólo Estados Unidos y Canadá votaron en contra. Para su vergüenza eterna, los países europeos se abstuvieron.
El que esta decisión se dé en un momento tan delicado para la organización es revelador de la bancarrota moral de la ONU. El presidente Bush ha retado a la ONU a que muestre su seriedad en cuanto a sus propias decisiones sobre Irak; de otra forma podría tener el mismo final ignominioso que la Liga de las Naciones, que resultó impotente en los años treinta cuando se enfrentó a las políticas agresivas de la Alemania nazi y la Italia fascista. Elegir a Libia para presidir la agencia de la ONU responsable de los derechos humanos difícilmente ayuda a fortalecer la legitimidad y la autoridad moral del organismo mundial.
Recordemos: Libia es una tiranía totalitaria; su líder, Moammar Kadafi, combina comportamientos erráticos con políticas extremistas, y apoya a dictadores en todo el mundo. Encabeza uno de los regímenes más represivos, donde no hay siquiera simulaciones de elecciones y donde la disidencia es aplastada de inmediato.
Bajo su gobierno, Libia ha apoyado a organizaciones terroristas en el mundo entero (desde el ERI hasta diversos grupos extremistas palestinos). Sigue bajo sanciones de la ONU por su papel en el derribamiento de un vuelo de Pan Am en Lockerbie, Escocia, hace diez años.
En la última década, la posición de la ONU como símbolo de los ideales de un mundo pacífico se ha ido erosionando. Fue totalmente incapaz de detener la guerra en los Balcanes, y en al menos un caso (Srebrenica), una fuerza holandesa de paz de la ONU se mantuvo como simple espectador de la peor masacre en Europa después de 1945, cuando los serbios bosnios asesinaron a alrededor de 6,000 hombres musulmanes indefensos. Una comisión investigadora holandesa admitió más tarde que el batallón holandés de la ONU había sido, de hecho, cómplice de ese crimen de guerra.
En Ruanda, cuando el genocidio comenzó, el funcionario de la ONU responsable de las operaciones de mantenimiento de la paz ordenó la evacuación del país de las fuerzas de la organización, con lo que dejó el campo abierto para la masacre genocida más sangrienta desde la Segunda Guerra Mundial. El nombre de ese funcionario es Kofi Annan.
Es un historial deprimente y patético que la ONU está intentando (probablemente en vano) redimir al presentarse en la crisis de Irak como la voz de la razón y la legitimidad internacional. Pero en un momento en el que las inspecciones de la ONU en Irak parecen como mandar al Ejército de Salvación a eliminar a una banda de gángsters, elevar a Libia a la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos podría pasar a la historia como el fracaso definitivo de una organización cuya vida empezó con tantas esperanzas.
Las organizaciones no sulen morir, y ciertamente hay mucha raison d'etat para asegurarse de que la ONU siga avanzando, aunque sea cojeando. Pero será apenas una sombra de lo que debería, y podría, ser. Hoy en día, la hipocresía es la marca de la ONU.


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