Hay muchas lecciones que se desprenden del tsunami que provocó tal devastación y tanta pérdida de vidas en Asia. Demostró el poder de la globalización, a medida que la televisión llevó imágenes intensas de la destrucción a hogares de todo el mundo. En efecto, es en momentos como éste cuando el mundo parece en realidad una aldea global.
Por supuesto, aparentemente las noticias de la magnitud del desastre tardaron un poco más en llegar al rancho del Presidente Bush en Crawford, Texas. Pero al final decidió interrumpir sus vacaciones y ofrecer cantidades de ayuda que fueron aumentando en una competencia global que promete beneficiar a quienes están urgidos de esa ayuda.
La asistencia de Estados Unidos de cualquier forma seguía pareciendo mísera en comparación con las cantidades ofrecidas por países con una fracción de su riqueza económica. Australia, con su escasa población, ofreció más del doble de la asistencia estadounidense; Japón prometió casi 50% más; y Europa ofreció más de cinco veces esa cantidad. Esto llevó a muchos observadores a reflexionar sobre el hecho de que el país más rico del mundo es en general el más tacaño en cuanto a asistencia externa --sobre todo en comparación con lo que gasta en guerras y defensa.
El desastre fue internacional, de modo que resultaba apropiado que las Naciones Unidas dirigieran los esfuerzos de coordinación de la ayuda. Desgraciadamente, en un esfuerzo que muchos percibieron como un intento más para socavar el multilateralismo, los EU buscaron encabezar un "grupo medular" que impulsara los programas de asistencia, desestimando los esfuerzos en curso en la región y en la ONU. Cualquiera que haya sido el motivo de los Estados Unidos, más tarde decidieron sabiamente unirse al esfuerzo de la ONU. Discretamente se dejó de lado la retórica que usó la administración Bush para no quedar mal, en el sentido de que se había apresurado a crear el grupo medular ante la ausencia de otros esfuerzos.
La respuesta de algunos países de la región fue verdaderamente impresionante, y demostró cuán lejos han llegado en establecer gobiernos eficientes y eficaces. Se atendieron miles de detalles: Tailandia envió embajadores a las partes afectadas del país para ayudar a solucionar las necesidades de sus ciudadanos; ayudó a quienes habían perdido su dinero y sus pasaportes a regresar a casa, dio atención de la salud para los heridos, estableció sistemas para identificar los cadáveres y resolvió las dificultades que planteaban la escasez de bolsas para poner los cuerpos y la carencia de instalaciones refrigeradas de almacenamiento.
Países como Tailandia que sintieron que podían con las cargas financieras por sí solos pidieron que se enviara la asistencia a otros. Sí solicitaron una cosa: una reducción de las barreras arancelarias y mayor acceso a los mercados internacionales. No querían una limosna, sólo la oportunidad de obtener ingresos. La respuesta, al menos hasta el momento en que se escribe este artículo, ha sido en gran medida un silencio ensordecedor.
Por otra parte, el G-7 hizo una contribución verdaderamente importante al ofrecer alivio de las deudas. Esto es particularmente importante para Indonesia, que tiene una deuda de 132 mil millones de dólares (de los cuales 70 mil millones se deben a acreedores públicos o están garantizados por organismos gubernamentales). Incluso sin el tsunami esa carga de deuda habría sido un obstáculo enorme para el desarrollo del país cuando finalmente se está recuperando de la crisis financiera de 1997.
En efecto, hay argumentos convincentes en favor del alivio de la deuda para Indonesia en cualquier caso, dado que mucha de su deuda se contrajo a través de préstamos al gobierno corrupto de Suharto. Los prestamistas sabían, o debían haber sabido, que no todo el dinero se dedicaba a ayudar al desarrollo de Indonesia. Además, parte de la deuda se contrajo a raíz de la crisis de 1997-1998, la cual se vio agravada y profundizada por las políticas impuestas por el FMI.
Nadie pretende que podamos prevenir o alterar las fuerzas de la naturaleza. Más bien, tenemos que aprender a capearlas. Actualmente hay llamados para mejorar los sistemas de alerta temprana contra los tsunamis. Pero en un tema, el calentamiento global, ya recibimos una alerta temprana. La mayoría de los países lo han reconocido y se reunieron en Río y Kyoto para hacer algo al respecto --no lo suficiente, pero el protocolo de Kyoto se propuso como sólo un comienzo. Lamentablemente, el calentamiento global destruirá probablemente algunos de los mismos países que el tsunami asoló. Las islas de poca altitud como las Maldivas quedarán sumergidas.
Sin embargo, aún no somos una aldea global. Después de poner en duda al principio que hubiera evidencias científicas del problema, el mayor contaminador del mundo, los EU, ahora simplemente se rehúsa a hacer algo al respecto (que no sea predicar la moderación voluntaria --de lo cual hay pocas pruebas, al menos en Estados Unidos). La comunidad internacional todavía tiene que decidir qué hacer con un miembro aberrante que no cumple con sus responsabilidades como ciudadano global.
Los optimistas dicen que la tecnología solucionará el problema. Los realistas señalan que en la larga carrera entre el medio ambiente y la tecnología parece que ésta última ha estado perdiendo hasta ahora. La naturaleza, como aprendimos gracias al tsunami, tiene su propio calendario. A menos que aprendamos a respetarla, todos perderemos muchas oportunidades.


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