Los electores de Iraq se han pronunciado. Ahora un se debe formar un nuevo gobierno y redactar una nueva constitución. Paul Salem sostiene que Líbano puede servir de guía para aquellos iraquíes que buscan una constitución que pueda reconciliar a las comunidades chiítas, sunitas, kurdas y turkmenas del país.
Reconstruir a un país devastado por la guerra, partido por las divisiones internas y asediado por la intervención extranjera en una región del mundo tan volátil como el Medio Oriente es una de las tareas más difíciles que uno pueda imaginar. Si añadimos el deseo de crear de la nada una democracia en una zona caracterizada por los gobiernos autoritarios, la labor se vuelve casi imposible. Pero el reto ha sido superado con anterioridad, en Líbano, después de su espantosamente larga guerra civil (1975-1990). Tal vez algunas de las lecciones de esa experiencia se puedan aplicar a Iraq.
Tanto Líbano como Iraq contienen comunidades muy antiguas que viven dentro de las fronteras de Estados formados en el siglo XX. Aunque en ambos existe un fuerte sentimiento de nacionalismo moderno, las viejas comunidades étnicas y religiosas desempeñan un papel crítico en el diseño de la identidad política y de la vida pública.
Ambos países poseen también una clase media y una intelligentsia con bastante buena formación que conviven junto a las élites más tradicionales. Ambas sociedades tienen una historia que incluye periodos de cooperación política pacífica y etapas de violencia y derramamiento de sangre.
Una de las lecciones de la historia reciente de Líbano sobresale de todas las demás: en sociedades divididas en lo político, como Líbano e Iraq, la democracia de coaliciones es preferible a la de mayoría ganadora. En Líbano, el peligro de que una comunidad monopolice el poder se evita gracias a que la constitución impone a todas las comunidades principales la obligación de compartirlo. Esa obligación se aplica tanto al parlamento como al poder ejecutivo.
En el parlamento del Líbano de la posguerra, las curules se distribuyen entre las distintas comunidades religiosas de manera que ninguna se sienta excluída o tenga el temor de perder representación política si pierde la superioridad numérica. En el poder ejecutivo, hay un equilibrio entre cristianos y musulmanes en el consejo de ministros a fin de estimular, o de hecho forzar, la cooperación y evitar el riesgo de la dominación y el temor de la opresión por parte de un grupo.
Además, hay equilibrio de poder en los tres puestos más importantes en el gobierno (el presidente de la república, el primer ministro y el presidente del parlamento), que también se dividen entre las tres comunidades más grandes. Por otra parte, la coexistencia y la cooperación entre las diversas comunidades están plasmadas como uno de los principios básicos de la constitución libanesa. La promoción de cualquier política o ley que incremente las tensiones entre las comunidades es anticonstitucional.
En Iraq ya se han dado algunos de esos pasos. Tanto el Consejo Gobernante como el gobierno interino son cuerpos de coalición del tipo de los de Líbano, e incluyen proporciones ponderadas de las tres principales comunidades iraquíes: chiítas, sunitas y kurdos. Sin embargo, Iraq todavía no cuenta ni con un parlamento ni con una constitución.
En cuanto al parlamento, no es necesario apegarse a la rígida asignación de curules por identidad religiosa de Líbano. De cualquier forma, la ley electoral parlamentaria de Iraq debe redactarse tomando en cuenta dos factores importantes:
· Primero, el diseño de los distritos debe garantizar que todas las comunidades importantes del país estén ampliamente representadas y que ninguna se sienta excluída;
· Los distritos electorales deben ser plurinominales y, en la medida de lo posible, deben incluir poblaciones de más de una comunidad a fin de promover políticas intercomunitarias y la elección de políticos moderados que se puedan dirigir a todas las comunidades y que sepan cómo resolver las tensiones entre ellas.
Hasta que se puedan organizar las elecciones, tal vez sea necesario hacer lo que se hizo en Líbano inmediatamente después de la guerra: nombrar un parlamento interino. Se le podría describir como un parlamento consultivo temporal o "Consejo Shura", pero tiene que incluir a cientos de personalidades de todo el país que deben ser seleccionadas a través del Consejo Gobernante y del gobierno interino después de realizar consultas en todo el país.
Un Consejo Shura de esa magnitud daría una identidad iraquí amplia a la administración interina. También serviría para crear los inicios de la política parlamentaria y local antes de las elecciones, las cuales deben celebrarse lo antes posible.
En lo que se refiere a la redacción de una nueva constitución, el principio libanés de poder compartido en el gobierno debe ser uno de los pilares centrales. Más allá del equilibrio de la representación en el parlamento y el gobierno, probablemente sea necesario establecer un equilibrio en los puestos más altos del Estado. Al igual que en Líbano, los iraquíes tal vez tendrán que crear un equilibrio entre el presidente, el primer ministro y el presidente del parlamento, y acordar que un líder de una de las distintas comunidades más importantes ocupe cada cargo. Ello reforzaría la necesidad de la cooperación intercomunitaria y minimizaría el riesgo de un regreso a alguna forma de dominación o dictadura comunitaria.
Como alguien que conoció los peores momentos de Líbano (cuando Líbano era sinónimo de caos, violencia y desesperanza política) y que vio su rápida reconversión a un sistema político participativo funcional y su sorprendente regreso a la normalidad, sé que se puede reconstruir políticamente a Iraq. Al igual que los libaneses, los iraquíes han sufrido suficiente. Al reconocer una voz permanente en política para todas las comunidades del país, que desconfían unas de otras, los iraquíes pueden alejarse del despeñadero y construir un país digno de sus talentos y de su historia.


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