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Lecciones de México

El 2 de julio pasado México celebró unas elecciones presidenciales que generaron lo que se ha convertido en una amarga lucha política. Después de que el candidato conservador Felipe Calderón fuera declarado vencedor con menos de un 1% de diferencia de los votos, su rival populista, Andrés Manuel López Obrador, rápidamente denunció la existencia de un fraude. Durante los últimos dos meses, miles de los más fervientes partidarios de López Obrador transformaron el Zócalo, la plaza central de la Ciudad de México, en un mar de tiendas de campaña y en el centro de gravedad de la oposición al resultado oficial.

El 1 de septiembre, decenas de legisladores ofrecieron un espectáculo de primera en el parlamento mexicano al ocupar el podio del orador, impidiendo con ello que el saliente Presidente Vicente Fox diera en persona su discurso final a la nación. Cuatro días más tarde, el más alto tribunal electoral de México determinó que Fox había interferido de manera impropia en las elecciones, pero confirmó unánimemente la victoria de Calderón. López Obrador ha manifestado que obstruirá la presidencia de Calderón desde el momento mismo que la asuma, el 1 de diciembre.

Se aprende mucho sobre la estabilidad subyacente de un país por el modo como responde a una crisis. En Estados Unidos en 2000 y en Ucrania en 2004 ocurrieron conflictos electorales similares. Tras la celebración de elecciones muy reñidas, grandes cantidades de votantes de cada uno de estos países cuestionaron la legitimidad del resultado y pidieron a los tribunales supremos de la nación que se pronunciaran ante las exigencias de que se realizara un recuento de los votos.

No obstante, en ningún momento del episodio de 2000 se puso en duda la estabilidad política y económica de EE.UU., ya que la confianza pública en las instituciones que gobernaban el país les permitió solucionar el conflicto pacíficamente. Estas instituciones demostraron ser mucho más poderosas que las personalidades políticas que eran parte del conflicto.

Por otra parte, en Ucrania la airada reacción pública, reforzada por la presión internacional, paralizó al gobierno. Tras una segunda votación, el candidato que había perdido en primera instancia se convirtió en vencedor. Sin embargo, la euforia inicial que había acompañado a la así llamada "Revolución Naranja" rápidamente se disipó, y Ucrania todavía enfrenta una crisis política y económica.

Entonces, ¿qué podemos decir de México y sus cuestionadas elecciones? Aquí también una gran proporción del electorado señaló en las encuestas que dudaba de la legitimidad del resultado oficial. El poder judicial rechazó las peticiones de un recuento completo, aunque se examinó cerca de un 9% de los votos antes de sentenciar que no había evidencias de que el resultado de las elecciones fuera distinto del oficial. Como Viktor Yushchenko, que perdió al principio en Ucrania, López Obrador exigió que se cambiara el resultado. A diferencia de Yushchenko, su exigencia no fue aceptada.

Sin embargo, las buenas noticias para los mexicanos es que las instituciones políticas de su país han demostrado ser mucho más estables que las de Ucrania. A pesar del gran esfuerzo de López Obrador por crear caos en las calles con manifestaciones públicas de cientos de miles de personas, la confianza local e internacional sigue siendo fuerte. El peso apenas se ha movido desde las elecciones, en una clara señal de que los inversionistas no han perdido fe en el país. Su resistencia es importante, ya que los temores del mercado a que se produzca inestabilidad a menudo terminan convirtiéndose en una profecía autocumplida.

El punto no es que la confianza pública (o la falta de ella) sobre el resultado de unas elecciones no importe. Claro que importa, pero tiene mucha más trascendencia la perspectiva mayor: si, como en el caso de México, un país es capaz de continuar su marcha mientras sus instituciones políticas resuelven el problema. A diferencia del caso de Ucrania, los inversionistas no han hecho caso a las ruidosas manifestaciones en las calles de Ciudad de México y se han mantenido concentrados en las tasas de interés y las fluctuaciones de la economía global, lo que sugiere que los principios rectores y unas sólidas instituciones políticas –no un grupo de personalidades poderosas- se han convertido en las bases de la gobernabilidad mexicana.

De hecho, en momentos que López Obrador sigue rechazando el resultado y amenaza con hacer ingobernable a México, la creciente clase media mexicana se ha marginado del conflicto político. Muchos de quienes apoyaron la candidatura de López Obrador no apoyan las protestas post-elecciones en su nombre. Una encuesta reciente del periódico Reforma reveló que hoy Calderón lo derrotaría por 19 puntos porcentuales. Puede que los votantes prefieran a López Obrador, pero por sobre todo valoran la estabilidad política de México.

Más aún, durante el impase político Calderón ha trabajado por formar una administración y definir una estrategia de gobierno. Consciente de que debe dar una mayor sensación de legitimidad política, es probable que su gabinete incluya representantes de otros partidos políticos. Posiblemente introduzca medidas para enfrentar la pobreza y crear empleos.

Su tarea no será fácil. Puede esperar que López Obrador y sus partidarios intenten incansablemente hacer fracasar sus planes, pero es poco probable que derriben al gobierno.

La estabilidad subyacente que ha puesto en evidencia la crisis post-electoral de México también es evidente en otros países de América Latina. Cualquiera sea el potencial de un giro a la izquierda en algunos países latinoamericanos este año, otros, como México, Chile y Brasil son claramente menos vulnerables al tipo de regímenes populistas que hemos visto en Venezuela y Bolivia. Los gobernantes electos de estos países enfrentan limitaciones institucionales -parlamentos que contrapesan los poderes del ejecutivo y tribunales que contrapesan los de poderes de ambos- a su capacidad de definir políticas.

No hay dudas de que continuará la volatilidad política y de mercado en una amplia gama de economías de mercados emergentes, pero algunas de ellas parecen haberse decantado hacia una estabilidad arraigada en una capacidad de gobierno sustentable. Más allá de América Latina, varios países de Europa del este ofrecen ejemplos claros. En ellos, los problemas normativos y tributarios hoy afectan la confianza de manera más profunda y consistente que la tensión política.

Muchos profesionales de los medios de comunicación parecen no haberlo comprendido así todavía, pero los mercados sí lo hacen. Aunque los avatares de las elecciones mexicanas puedan seguir alimentando los titulares de los periódicos, su verdadera importancia es que revelan la solidez política alcanzada en el país.

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