NUEVA YORK – Después de observar el colapso del gobierno del Líbano la semana pasada, cuesta no pensar en los esfuerzos por reconstruir un Irak estable. Los dos países tienen tanto en común. Ambos son democracias volátiles donde cualquier cuestión política puede provocar no sólo un debate intenso, sino también la amenaza de violencia.
Ambos países tienen una relativa libertad de expresión, al menos en relación a sus vecinos árabes, y una multitud de partidos políticos que siempre están dispuestos a usarla. Cada uno de ellos enfrenta un mayor riesgo de manipulación desde afuera que otros países en la región.
Irak y el Líbano también son los países más étnica y religiosamente diversos del mundo árabe. Si bien el Líbano no ha realizado un censo confiable en décadas, se estima que su población está compuesta por un 30% de musulmanes sunitas, un 30% de musulmanes chiitas y un 30% de cristianos, mientras que los drusos y otros conforman el resto. En Irak, aproximadamente el 60% son chiitas, el 20% son árabes sunitas y el 20% son kurdos, que son principalmente sunitas. En ambos países, los representantes de cada uno de estos grupos exigen una sustancial influencia política.
Sin embargo, mientras que el Líbano recurre a mediadores sauditas y sirios para que colaboren en la reconstrucción de una coalición de gobierno, Irak avanza con un gobierno propio de unidad endeble. En momentos como estos, las similitudes y diferencias de los dos países pueden encaminar a los líderes de Irak hacia un futuro democrático estable.
A pesar de la agitación de esta semana en Beirut, el Líbano tiene una ventaja que los iraquíes deberían emular. Las libertades personales de las que gozan los ciudadanos libaneses le dan a su país una resistencia especial, y su dinamismo cultural es la envidia de los jóvenes en todo Oriente Medio. Si bien algunos de los clérigos locales conservadores de Irak ejercen una considerable influencia, sus líderes actuales se opondrán a cualquier impulso por transformar al país en un estado socialmente represivo y aislado. Si Irak quiere retener lo mejor de su próxima generación en el país, la apertura cultural será esencialmente importante.
Segundo, esta semana los líderes del Líbano recibieron nuevamente el recordatorio de que su país sólo puede ser gobernado con cierto grado de consenso entre las principales facciones. Este principio es aún más importante en Irak, donde la mayoría chiita enfrenta la constante tentación de castigar a los sunitas por los años de represión bajo el régimen de Saddam Hussein.
En el Líbano, la división sectaria del poder está consagrada en la constitución. El presidente siempre debe ser un cristiano maronita; el primer ministro, un sunita, y el vocero del Parlamento, un chiita. Este sistema, que codifica el faccionalismo del Líbano, sigue siendo tema de mucha controversia, pero al asegurar que ningún grupo puede gobernar a expensas de los otros, también refuerza la estabilidad esencial en un país construido sobre poderosas divisiones religiosas y étnicas. Sin el apoyo de la oposición, el gobierno del Líbano puede hacer poco más que gestionar las funciones estatales cotidianas más básicas, pero es improbable que el país vuelva a caer en una guerra civil
En Irak, la división sectaria del poder sigue siendo menos formal y el consenso no es algo fácil para muchos de los líderes electos del país. Cada facción importante está representada en el gobierno. Jalal Talabani, un kurdo, retiene el control de la presidencia básicamente ceremonial de Irak. Osama Nujaifi, un sunita, fue electo vocero del Parlamento de Irak. Pero los líderes chiitas perderán el respaldo de sus electores si formalmente renuncian a alguno de los poderes que se les negaron durante décadas bajo el régimen de Saddam. La estabilidad del gobierno seguirá siendo un delicado equilibrio.
El primer ministro Nouri al-Maliki tendrá que controlar las relaciones con Moqtada al-Sadr, el clérigo chiita instigador, y sus seguidores, que pueden provocar malestar en el sur de Irak si se sienten marginados. Por otra parte, los kurdos esperarán retener un veto sobre cualquier propuesta que pudiera poner en riesgo la autonomía kurda en las provincias del norte.
Después están los árabes sunitas. El respaldo para el gobierno de Maliki por parte de Iraqiya, la coalición política multisectaria respaldada por la mayoría de los sunitas, seguirá en discusión. Iraqiya ganó el mayor porcentaje de bancas en las elecciones parlamentarias de marzo de 2010; sin embargo, su líder, el ex primer ministro Ayad Allawi, no regresará a su antiguo trabajo. Por el contrario, liderará el Consejo Nacional de Política Estratégica, una institución encargada de supervisar la seguridad doméstica, pero cuya autoridad todavía no es clara.
Tampoco resulta claro si Maliki finalmente pondrá fin al proceso de de-baathificación –otra causa importante de tensión-. Muchos chiitas insisten en que se deben purgar los últimos vestigios de la élite de Saddam, pero muchos sunitas sostienen que el proceso está destinado a prohibirles el acceso a buenos empleos e influencia política.
Si los sunitas llegan a creer que los chiitas y los kurdos tienen intenciones de tratarlos como ciudadanos de segunda clase, no tendrán participación en el éxito del gobierno de Maliki y tal vez podrían empezar a perseguir sus intereses políticos por otros medios, provocando otra ola de violencia sectaria. Peor aún, el conflicto faccioso socavaría el desarrollo de una identidad iraquí post-Saddam. De otra manera, los diversos grupos de intereses del país, al igual que las facciones enemistadas del Líbano, podrían recurrir a gente de afuera para negociar soluciones a sus problemas.
Existen buenos motivos para que Irak evite el ejemplo del Líbano en este sentido. Incluso en el mejor de los tiempos, el Líbano se las arregla con un gobierno políticamente disfuncional y un ejército que opera en las sombras de una gran organización militante dominada por chiitas. Con excepción de Irán, ninguno de los vecinos de Irak quiere ver ese modelo en Irak. La democracia del Líbano suele parecerse mucho a un descarrilamiento de trenes y el país tropezó con el conflicto armado en varias oportunidades en los últimos años.
Pero si los líderes de Irak pueden crear suficiente estabilidad a corto plazo para combinar la apertura y la energía empresarial del Líbano con el ingreso que surge del desarrollo de las vastas reservas petroleras del país –una ventaja que los líderes del Líbano no pueden más que envidiar-, Irak algún día podría ofrecer a los ciudadanos de los estados vecinos algo que no tienen: un modelo esperanzado para el futuro.


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