Wednesday, October 1, 2014
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Los innovadores frustrados de América Latina

SANTIAGO – Primero apareció un empresario extranjero desilusionado. En diciembre, el inversionista israelí Arnon Kohavi, cuya firma había sido atraída a Chile por un programa de gobierno destinado a promover los nuevos emprendimientos, anunció que se iba. “Un puñado de familias monopólicas controlan el país”, declaró Kohavi a una revista online. “Peor aún, a esas familias no les preocupa otra cosa que su dinero. Pero no tendrían por qué preocuparse: los recursos naturales del país son una desventaja, porque los ricos no necesitan esforzarse”.

Aunque la entrevista causó revuelo en el mundillo de los emprendedores, los medios tradicionales se apresuraron a desestimar las críticas de Kohavi. Pero Kohavi no fue el único. Un mes después, el empresario argentino Martín Varsavski, un gurú en el mundo tecnológico, dijo lo siguiente sobre Chile: “Veo una tendencia a copiar modelos y no a crearlos. Hay una parte del emprendimiento que tiene que ver con la no conformidad. Eso sí que les falta a los chilenos. Es una sociedad muy chica de gente que le da verguenza ser diferente”.

¿Hay algo de cierto en lo que plantean Kohavi y Varsavski? A decir verdad, sospecho que sí. Y lo que dicen no sólo se aplica a Chile, sino a gran parte de América Latina.

El desafío de la región es transformar su enorme riqueza de recursos naturales en el tipo de riqueza que no se agota porque constantemente se incrementa gracias a la creatividad humana. En los últimos años, un auge de los recursos naturales alimentó el crecimiento de la región. A los países ricos en recursos de Sudamérica les fue bien (incluso cuando, como en el caso de Argentina, tuvieron políticas desacertadas). Los países pobres en recursos de América Central y el Caribe se estancaron.

Con la excepción crucial de México, la composición de las exportaciones latinoamericanas no ha cambiado mucho en los últimos veinticinco años. Un desempeño muy distinto al de Singapur o Irlanda, cuyas canastas de exportaciones de hoy poco se asemejan a las de 1985.

En una serie de artículos recientes, Ricardo Hausmann de Harvard demostró que, conforme los países se vuelven más ricos, sus economías se diversifican: amplían su conjunto de destrezas y empiezan a producir nuevas al mismo tiempo que siguen haciendo lo que siempre hicieron. Mientras más destrezas tienen, más amplio el rango de bienes que pueden producir en el futuro. Hausmann demuestra que una economía diversificada es un factor importante para predecir el crecimiento futuro, lo que implica que Asia crecerá mucho más rápido que América Latina en las próximas décadas.

Para entender el punto débil de América Latina, ayuda retomar la crítica de Kohavi y Varsavski. La abundancia de recursos naturales tiene parte de la culpa. ¿Por qué correr riesgos e innovar si no es necesario hacerlo? En mi rol de ministro de Hacienda de Chile entre 2006 y 2010, le hablé a grupos de empresarios locales decenas de veces, y recibí infinidad de preguntas (a veces no muy amistosas) sobre política tributaria y regulación del mercado laboral. No recuerdo una sola pregunta sobre innovación o adopción de tecnología.

Esta no es la respuesta económica óptima a la abundancia de materias primas. Chile fue bien dotado de recursos naturales, pero no tan bien dotado. Canadá, Noruega, Australia y Nueva Zelanda tienen exportaciones de materias primas per capita mucho más grandes que Chile. Sin embargo eso no impidió que estos cuatro países diversificaran sus economías y desarrollaran la capacidad de producir bienes complejos que poco tiene que ver con las materias primas.

La falta de competencia interna también es responsable. Los innovadores en los países latinoamericanos suelen verse obligados a pagar precios elevados por insumos esenciales como la energía o el acceso a Internet, suministrados por grandes firmas locales que pueden no ser monopolios, pero que a menudo actúan como si lo fueran.

México es el ejemplo clásico de este problema, pero dista de ser el único en la región. Las políticas pro-competencia -resistidas por los grupos empresariales poderosos- son la solución insustituible. En años recientes Chile dio pasos prometedores en esta dirección. Hacen falta más.

Por último, aunque no menos importante, está la persistencia de una cultura que impide la innovación. La compañía creada en un garaje por dos jóvenes con grandes cerebros y poco dinero es un ideal norteamericano que no viaja bien, sobre todo en dirección al sur.

Por bueno que sea el plan de negocios de una nueva empresa, obtener el financiamiento  necesaria es prácticamente imposible si uno no tiene las conexiones apropiadas o no asistió al colegio correcto. Bogotá, Buenos Aires, Lima y Santiago tienen sus fiestas de networking y sus incubadoras. Pero muchas veces se asemejan más a una reunión de egresados de colegios de élite que a un encuentro de tipos hambrientos que salen adelante sin ayuda.

Y si su empresa fracasa, los jóvenes emprendedores no contarán la historia con orgullo en la próxima fiesta, como podrían haberlo hecho si estuvieran en Palo Alto, Helsinki o Tel Aviv. En América Latina, la quiebra y el fraude siguen estando inextricablemente asociados en la mente de demasiadas personas.

La gran pregunta es qué tan rápido puede cambiar una cultura contraria a la innovación. Los optimistas nos recuerdan que, no hace tanto tiempo, la cultura jerárquica de Asia era considerada hostil a la innovación y al crecimiento económico. Esa visión hoy es un recuerdo distante. Kohavi y Varsavski no son los únicos que esperan un giro igualmente inesperado en América Latina.

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