Thursday, July 31, 2014
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¿La última salida de Kabul?

NUEVA DELHI – La guerra de los Estados Unidos en el Afganistán está acercándose a un punto de inflexión y cunden las dudas sobre la estrategia del Presidente Barack Obama. Aun así, después de enviar 21.000 soldados más al Afganistán, Obama está examinando la posibilidad de enviar a otros 14.000.

Digámoslo claramente: la guerra afgana de los Estados Unidos no se puede ganar, aunque Obama haya modificado los objetivos americanos: de derrotar a los talibanes a impedir que Al Qaida utilice el Afganistán como una base para lanzar ataques contra los Estados Unidos. Pero Al Qaida ya no es un factor importante en la guerra afgana, en la que los principales combatientes son ahora el ejército americano y los talibanes, con sus ejércitos y milicias asociados. En vez de intentar derrotar a los talibanes, los EE.UU. han animado a los servicios de inteligencia pakistaníes, afganos y saudíes a que celebren negociaciones en su lugar con los máximos dirigentes de los talibanes, escondidos en la ciudad paquistaní de Quetta.

Los EE.UU. están riñendo una guerra que no deben. Después de que la invasión estadounidense expulsó a los dirigentes de Al Qaida del Afganistán, el Pakistán pasó a ser la base y el refugio principales para terroristas transnacionales. Los talibanes y muchos otros militantes afganos reciben también apoyo y sostén del interior del Pakistán. Aun así, Obama está aplicando un rápido aumento militar en el Afganistán y al mismo tiempo un rápido aumento de la ayuda al Pakistán, que ahora es el mayor receptor de asistencia de los EE.UU. en el mundo.

Para derrotar a Al Qaida, los EE.UU. no necesitan un aumento de tropas… y, desde luego, no en el Afganistán. Sin una gran fuerza terrestre en el Afganistán o sin siquiera importantes operaciones terrestres, los EE.UU. pueden mantener a raya a los restos de Al Qaida en sus refugios de las regiones tribales montañosas del Pakistán mediante operaciones clandestinas, con aviones depredadores teledirigidos y ataques con misiles de crucero. ¿Y acaso no eso lo que ya está haciendo la CIA?

De hecho, los expertos en inteligencia de los EE.UU. creen que Al Qaida, ya gravemente fragmentada, no está en condiciones de desafiar abiertamente a los intereses americanos. Según el último Annual Threat Assessment of the Intelligence Community publicado el pasado mes de febrero, “en vista de la presión a que hemos sometido, junto con nuestros aliados, a sus principales dirigentes en el Pakistán… hoy Al Qaida tiene menos capacidad y eficacia que hace un año”.

Si el objetivo de Obama hubiera sido el de aplastar a los talibanes, otro aumento militar habría tenido sentido, porque a los talibanes resurgentes sólo se puede derrotarlos mediante operaciones terrestres, no mediante ataques aéreos y acciones clandestinas exclusivamente, pero, si el objetivo principal del gobierno de los EE.UU. en la guerra no son los talibanes, sino los restos de Al Qaida, ¿por qué han de recurrir a una estrategia basada en la utilización de gran número de tropas y encaminada a proteger los centros de población con vistas a granjearse su apoyo? En realidad, lo que el gobierno de Obama llama una estrategia encaminada a “aclarar, mantener y construir” es, en realidad, la de “aumentar, sobornar y salir corriendo”, excepto que la confusa naturaleza de la misión y la intensificación de la participación de los EE.UU. socavan el propósito de “salir corriendo”.

Antes de que el Afganistán llegue a ser un atolladero del estilo de Vietnam, Obama debe reconsiderar su plan de hacer otro aumento rápido de tropas. Reducir gradualmente los niveles de tropas de los EE.UU. tendría más sentido, porque lo que une a los dispares elementos de la agrupación talibán es una oposición común a la presencia militar extranjera.

Una salida militar americana del Afganistán no sería una inyección estimulante para las fuerzas de la yijad mundial, como parecen temer muchos en los EE.UU. Al contrario, eliminaría el elemento unificador de los talibanes y desencadenaría acontecimientos –una feroz lucha por el poder en el Afganistán conforme a las líneas divisorias sectarias y étnicas– cuya importancia sería en gran medida interna o regional.

Los talibanes, con el apoyo activo del ejército pakistaní, se lanzarían, desde luego, hacia Kabul para repetir la toma del poder de 1996, pero no sería fácil, en vista, en parte, de su fragmentación, con la cola (ejércitos y milicias privados) meneando al perro.

Además, ahora las fuerzas distintas de los talibanes y de los pastunes son más fuertes y están mejor organizadas y mejor preparadas que en 1996 para resistir cualquier avance sobre Kabul, pues se han fortalecido con la autonomía provincial o con los cargos que aún ocupan en el gobierno federal afgano y, conservando las bases afganas para realizar operaciones clandestinas, misiones de aviones depredadores y otros ataques aéreos, los EE.UU. podrían desencadenar su capacidad punitiva para impedir una conquista talibán. Al fin y al cabo, fue la capacidad aérea americana, junto con las operaciones terrestres de la Alianza del Norte, la que derrocó a los talibanes en 2001.

En realidad, el resultado más probable de cualquier lucha por el poder entre afganos desencadenada por una retirada americana sería el de formalizar la actual partición de facto del Afganistán conforme a las líneas divisorias étnicas: dirección en la que también se encamina el Iraq.

En esa situación, los tayicos, uzbecos, hazaras y otras minorías étnicas podrían encargarse de su autogobierno en las zonas afganas que dominan y dejar que las zonas de los pastunes a ambos lados de la línea Durand, trazada por los británicos, se las compongan. Gracias a la polarización étnica, hoy la línea Durand, o frontera entre el Afganistán y el Pakistán, existe sólo en los mapas. En el terreno tiene poca validez política y económica y sería inviable militarmente volver a imponerla.

Como en el Iraq, una retirada americana podría desencadenar fuerzas de balcanización, cosa que puede parecer preocupante, pero probablemente sea una consecuencia imparable de la invasión inicial por parte de los EE.UU.

En realidad, una retirada americana contribuiría a la lucha contra el terrorismo internacional. En lugar de permanecer empantanados en el Afganistán e intentar engatusar  y sobornar al ejército pakistaní para que deje de apoyar a los militantes islámicos, los EE.UU. tendrían libertad para aplicar una estrategia contraterrorista más amplia y equilibrada. Por ejemplo, apreciarían mejor los peligros para la seguridad internacional que representan grupos terroristas pakistaníes como Lashkar-e-Taiba y Jaish-e-Mohammed.

La amenaza de una toma del poder islamista en el Pakistán no se debe a los talibanes, sino a grupos que han obtenido durante mucho tiempo el apoyo del ejército pakistání como parte de una alianza ya antigua entre el ejército y los mulás. En eso debería centrarse la lucha.

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