The World in Words
Escape de Moscú
Mart Laar
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La caída del comunismo les dio a los países del ex bloque soviético la posibilidad de virar hacia la democracia, una economía de mercado y el estado de derecho. Algunos países cortaron lazos definitivamente con el pasado comunista; otros fueron menos exitosos; unos pocos fracasaron de manera catastrófica.
Moldavia y Georgia estuvieron en esta última categoría hasta hace poco. Sus fracasos económicos y políticos se debieron, en gran medida, a movimientos secesionistas –activamente respaldados por Rusia- que apuntaban a mantener a ambos países en la “esfera de influencia” del Kremlin. Cuando estallaron los conflictos sangrientos en Transnistria, Abjazia y Ossetia del Sur, Rusia transformó su presencia militar en “fuerzas de paz” como una manera de seguir ejerciendo el control.
Durante mucho tiempo se temió que estos llamados “conflictos congelados” de repente pudieran volverse calientes. No sólo esto no sucedió, sino que ahora se puede hablar de soluciones, ya que tanto Georgia como Moldavia empezaron a avanzar hacia una economía de mercado y hacia la democracia. La “política de vecindario” de la Unión Europea también ayudó.
El punto de partida de estos desarrollos fue la “Revolución Rosa” de Georgia hace tres años. De estar peligrosamente a punto de convertirse en un Estado fracasado, Georgia giró hacia Occidente. El éxito de las varias “revoluciones de color” en países del ex bloque soviético también propició el cambio en Moldavia, donde el presidente Vladimir Voronin lanzó reformas destinadas a acercarse a la UE. Estos cambios generaron nuevas iniciativas en Georgia y en Moldavia para restaurar, pacíficamente, su integridad territorial.
La experiencia de Estonia sugiere de qué manera Georgia y Moldavia deberían forjar sus políticas frente a Rusia. Cuando Estonia se independizó en 1991, Moscú intentó retratar a Estonia como una tierra con enormes problemas económicos, inapropiada para la inversión. Estonia era efectivamente pobre y sus principales exportaciones eran chatarra y madera, pero su economía estaba creciendo.
Rusia apoyó un llamado “movimiento de autonomía” en el noreste de Estonia, una zona poblada principalmente por rusos étnicos que se asentaron allí en los tiempos soviéticos. Cuando Estonia resistió, Rusia impuso sanciones y cortó los suministros de gas. Los pocos productos estonios que podían ingresar a Rusia fueron fuertemente gravados y Rusia hasta amenazó con una intervención militar.
Pero Estonia conservó su temple. Las sanciones rusas, en realidad, ayudaron a Estonia a redireccionar su economía hacia Occidente. Mientras tanto, Europa occidental se esforzó al máximo por integrar a los Estados bálticos –Lituania, Latvia y Estonia- al mismo tiempo que buscó evitar el conflicto con Rusia. Un tratado de libre comercio de 1994 con la UE permitió que los productos estonios encontraran nuevos mercados, y Estonia terminó convirtiéndose en uno de los países más exitosos de la transición postcomunista, incorporándose a la UE y a la OTAN en 2004.
Cuando Georgia ganó la independencia en 1991, no recibió el mismo tipo de ayuda de parte de Europa occidental. En verdad, Georgia parecía un socio menos atractivo que los Estados bálticos. Los 90 se caracterizaron por golpes, contragolpes y guerras civiles, mientras que dos regiones –Abjazia y Ossetia del Sur- esencialmente se independizaron con el apoyo ruso.
El país hizo lo mejor de sí para dejar atrás su pasado atroz. Desde la Revolución Rosa, la economía se ha reformado, el ejército se ha fortalecido y la conducción del país es joven, dinámica y está deseosa de que el país avance.
El impuesto del 12% de tarifa fija sobre la renta en Georgia –probablemente el más bajo del mundo- fortaleció el presupuesto nacional. El gobierno aumentó las pensiones e incrementó el apoyo social. La corrupción está disminuyendo y se ha iniciado la reforma judicial. La economía creció el 8% en 2005 y más del 10% en 2006.
Georgia ha intentado aplacar las tensiones sobre Abjazia y Ossetia del Sur, pero Rusia acusa a Georgia de agresión y depuración étnica. Su principal objetivo es inhibir el apoyo occidental hacia Georgia e impedir la reconciliación con las regiones independentistas.
Rusia, y hasta cierto punto Estados Unidos, son las potencias que importan en Georgia. Europa tiene que mostrar que también importa. Estonia demostró –en el momento de la independencia y nuevamente durante la reciente crisis por el desplazamiento de un monumento conmemorativo de la era soviética –que con determinación y un fuerte apoyo se puede resistir a la presión rusa.
Europa debe entender que Georgia no necesita ayuda humanitaria, sino comercio. De la misma manera que un acuerdo de libre comercio con Europa le permitió a Estonia encontrar nuevos mercados, éste puede ser el medio a través del cual los georginos pueden ayudarse a sí mismos.
Georgia puede anhelar, con justa razón, alcanzar una independencia real, pero, ¿qué sucede con Moldavia, el país más pobre de Europa, amenazado por Rusia más de lo que estuvieron alguna vez los estonios -o, incluso, los georginos?
La falta de éxito de Moldavia en materia de reforma fue en parte el resultado de los movimientos secesionistas respaldados por Rusia. Tuvo un comienzo lamentable en la independencia cuando se declaró independiente la región industrial de Transniestria –poblada de oradores rusos y ucranianos que temían que la mayoría de los moldovanos, que son de descendencia rumana, planearan lazos más estrechos con Rumania-. Lo que siguió fue una guerra civil, y en 1992 las tropas rusas ingresaron a Transdniestria, donde siguen estando. La independencia de Transdniestria nunca se ha reconocido, ni por Moldavia ni internacionalmente. Dicen que es ilegal y corrupta.
Moldavia es un país profundamente endeudado, donde el desempleo es alto y la industria vitivinícola que alguna vez estuvo muy bien considerada hoy está en decadencia. Rusia ocasionalmente le corta el gas y muchos de sus cuatro millones de habitantes se fueron del país.
Sólo Rusia puede solucionar el problema. Las autoridades moldovanas hicieron cinco visitas infructuosas a Moscú para rogarle al presidente Vladimir Putin que explorara una solución y retirara las tropas rusas. Un Voronin desesperado pidió apoyo a la “misión de ayuda fronteriza” de la UE, pero cualquier iniciativa de la UE necesitaría de la cooperación rusa.
Desafortunadamente, Occidente parece no estar muy al tanto de la situación en Moldavia. En abril, por ejemplo, la UE y también Estados Unidos supieron que se había propuesto un acuerdo de paz sólo a través de un informe que se filtró en Alemania. Aparentemente, ese acuerdo favorecería a Rusia y Moldavia reconocería a Transniestria como una entidad legítima. Si Rusia le ha ganado a Occidente, el precedente para Georgia y otros Estados post-soviéticos débiles sería calamitoso.
Mart Laar fue primer ministro de Estonia y hoy integra el Parlamento Nacional Estonio.
Copyright: Project Syndicate/Europe’s World, 2007.
www.project-syndicate.org.
Traducción de Claudia Martínez
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