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La náusea rusa

MOSCÚ.– La historia de los sucesivos regímenes autoritarios rusos revela pautas recurrentes: sus caídas no se deben a golpes externos ni a sublevaciones locales. Por el contrario, tienden a colapsar por una extraña enfermedad interna: una combinación de creciente indignación de las élites consigo mismas y la conciencia del agotamiento del régimen. La enfermedad se asemeja a una versión política de la nausea existencial de Jean-Paul Sartre y llevó tanto a la revolución bolchevique de 1917 como a la desaparición de la Unión Soviética gracias a la perestroika de Mijaíl Gorbachov.

Actualmente, el régimen del primer ministro Vladímir Putin se ve afligido por esa misma enfermedad terminal, a pesar de –o debido al– aparentemente impermeable muro político que construyó a su alrededor durante años. El simulacro putiniano de un gran régimen ideológico sencillamente no pudo eludir su destino. La «imagen heroica» y las «acciones gloriosas» del líder son actualmente blanco de diarias injurias. Y esos asaltos verbales ya no se limitan a voces marginales de la oposición; están tomando cuerpo en los medios dominantes.