Llegó el momento de nuevo –la temporada preelectoral de Rusia, en la que cambian los primeros ministros como en un juego de sillas musicales. El último que tenga silla, se supone, se convertirá en el próximo presidente de Rusia.
A medida que se acercaba el final de su mandato, Boris Yeltsin nombró al menos media docena de primeros ministros, buscando al que aseguraría la seguridad no sólo de la nueva democracia y economía de mercado de Rusia sino también la de su “familia” y la riqueza que había acumulado durante su gobierno. En ese entonces, el que se quedó con la última silla fue, por supuesto, Vladimir Putin.
Ahora le toca a Putin poner la música, y lo ha hecho despidiendo a Mikhail Fradkov y disolviendo el gobierno que ha trabajado con él durante todo su segundo mandato a fin de prepararse para las elecciones parlamentarias que se avecinan este diciembre y la elección presidencial de marzo de 2008. En 1999, Yeltsin escogió a Putin, quien en ese entonces era el poco conocido jefe del FSB (antes KGB). Putin eligió ascender al igualmente misterioso Victor Zubkov, jefe del Servicio Federal de Vigilancia Financiera (también conocido como la agencia de “espionaje financiero”).
A pesar de esa similitud, las razones que respaldan estas elecciones parecen ser un tanto diferentes. Yeltsin escogió a Putin –animado, irónicamente, por Boris Berezovsky, el prominente oligarca ruso y asesor de Yeltsin que ahora está exiliado en Londres como enemigo mortal de Putin- basado en la creencia de que el tranquilo apparatchik, aunque hubiera sido espía de la KGB, en el fondo era un demócrata. Después de todo, Putin había sido un protegido de Anatoly Sobchak, el alcalde liberal de San Petersburgo cuando cayó el comunismo.
Como miembro de los servicios de seguridad, se percibía que Putin estaba bien colocado para proteger a Yeltsin y a sus aliados oligarcas. En efecto, Berezovsky tenía la intención de seguir gobernando al país tras bambalinas, primero cuando la salud de Yeltsin se deterioró en los meses finales de su presidencia y, después controlando al sucesor que él había ayudado a elegir.
En Rusia, sin embargo, la KGB es famosa por darle la vuelta a cualquier lucha con el aparato del Kremlin. Así, nadie excepto Yeltsin y Berezovsky se sorprendió cuando Putin, su supuesta marioneta, empezó a jalar los hilos. Y vaya que los jaló: convirtió a Berezovsky en un villano internacional, exilió al ex patrón de los medios de comunicación Vladimir Gusinsky, encarceló al magnate petrolero Mikhail Khodorkovsky y, a final de cuentas, impuso un nuevo régimen autoritario tras la fachada de las instituciones democráticas de Yeltsin.
El juego personal de Putin de las “sillas musicales” de los primeros ministros no refleja un deseo de asegurarse una posición discreta tras bambalinas mientras alguien más gobierna, porque sabe muy bien que el camino desde el Kremlin conduce solamente al exilio interno y a la tumba. Stalin reemplazó al agonizante Lenin, Khrushchev denunció a Stalin, Brezhnev desterró a Khrushchev a su dacha y Gorvachev enterró a Chernenko.
Solamente Yeltsin hizo las cosas de otro modo. A Yeltsin le desagradaba su antecesor tanto como a sus antecesores les desagradaban los suyos. Pero de cualquier forma trataba a Gorbachev de manera más decente porque Yeltsin creía fundamentalmente en la democracia. Por ello le permitió a Gorbachev una vida privada que también se pudiera vivir en público. Putin, por supuesto, no acosó a Yeltsin tras su retiro, pero tampoco tenía la necesidad de hacerlo. Simplemente lo ignoró mientras daba marcha atrás a los logros que éste obtuvo en la construcción de una Rusia libre.
Antes de la nominación de Zubkov corrían los rumores de que el próximo primer ministro sería el sucesor presidencial, y se mencionaba a Sergei Ivanov, actual viceprimer ministro, como el candidato más probable. Pero Ivanov, al que se percibe como “fuerte”, significaría una competencia no deseada para Putin, quien, después de todo, sigue siendo un presidente “fuerte”. Si hubiera nombrado a Ivanov ahora, el poder de Putin ya habría empezado a diluirse.
Sorprendentemente, el saliente Fradkov fue quien mejor describió la situación cuando explicó por qué había renunciado: al acercarse las elecciones, Putin necesitaba tener las manos libres. De esa manera, la nominación de Zubkov le permite a Putin mantener su juego oculto –y, en consecuencia, el poder definitivo en Rusia.
Por supuesto, Zubkov dará continuidad al estilo de administración de Fradkov de “Sí, señor Presidente. Lo que usted diga”. Además, su anterior puesto de director del Servicio Federal de Vigilancia Financiera le permitirá recurrir a información abundante para mantener bajo observación a todos sus posibles enemigos o competidores, convirtiéndolos tal vez, de ser necesario, en nuevos Berezovskys, Gusinskys y Khodorkovskys.
La única pregunta que queda es si Zubkov, o su sucesor, lograrán a la larga convertir al Zar Vladimir en la misma especie de individuo sin importancia en que los rivales de éste se han convertido.


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