Transatlantic Perspectives
El reto del crecimiento desigual en Europa
Melvyn Krauss
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Hace un año, el desafío más importante en la zona del euro era el crecimiento económico anémico. Pero 2006 resultó ser un buen año para el crecimiento en Europa, ya que un sorprendente fortalecimiento de las exportaciones desencadenó un aumento inesperado en la demanda interna. Alemania, la economía más grande de la zona del euro, tuvo una recuperación especialmente dramática, con un crecimiento del PIB anual de 2.7% en 2006, la tasa más alta desde el año 2000.
El resurgimiento de Alemania no sólo ha aumentado el crecimiento total en Europa sino que también lo ha hecho más desigual en toda la zona del euro. Esto se debe a que Alemania está creciendo más rápido que las otras economías importantes, Francia e Italia.
Alemania logró esta hazaña al reestructurar dramáticamente su sector corporativo. De 2001 a 2005 hubo una “revolución silenciosa” en Alemania. Mientras los observadores y comentaristas se enfocaban en el lento avance del crecimiento general de la economía, tras bambalinas se estaban llevando a cabo cambios que en gran parte pasaban inadvertidos.
Sin aspavientos, los trabajadores alemanes aceptaron trabajar más horas sin un aumento en el salario. Esto le permitió a Alemania mejorar su posición competitiva en los mercados mundiales con relación a las demás economías importantes de la zona del euro en donde no hubo revoluciones de la productividad, silenciosas ni de ningún tipo.
Pasó algún tiempo para que la revolución silenciosa diera resultados concretos. Pero para 2006, tanto las exportaciones como el PIB alemanes estaban creciendo más rápido que en Francia e Italia.
Antes de la introducción del euro, la distancia creada a partir de las reformas entre Alemania y sus vecinos más grandes no habría sido un problema para Europa. Las monedas de quienes se rezagaban en las reformas se habrían depreciado frente a la de Alemania y también, como medida de apoyo, se podrían haber recortado las tasas de interés.
Esto ya no es posible. El mejor desempeño económico alemán ha empujado al euro y a las tasas de interés europeas a niveles que, aunque convenientes para los alemanes, presionan a los atrasados de la zona del euro. El nivel adecuado del euro para los alemanes es demasiado alto para los franceses e italianos. La tasa de interés correcta para los franceses e italianos es demasiado baja para los alemanes.
Para los que están atrasados en las reformas, como Francia, Italia y Portugal, la unión monetaria con una Alemania cada vez más competitiva los obliga a hacer una elección no deseada entre la aceleración de sus propias reformas o el estancamiento permanente.
Esta no es una elección fácil. Aún con voluntad política, el aceleramiento del proceso de reforma es una tarea difícil y toma tiempo. En efecto, a Alemania, que tenía la motivación necesaria, le llevó de cuatro a cinco años hacerlo. Pero las perspectivas de estancamiento permanente para países como Francia, Italia y Portugal no son aceptables. El estancamiento crónico es un precio demasiado alto por adoptar el euro.
Naturalmente, los políticos se muestran reacios a tener que elegir entre lo inaceptable (el estancamiento permanente) lo impensable (salirse de la zona del euro) y lo difícil (las reformas). Por eso se están refugiando en la fantasía. En Francia, por ejemplo, todos los candidatos presidenciales actuales sostienen la perspectiva poco realista de permanecer en la unión monetaria pero diluir la independencia del Banco Central Europeo y su mandato de mantener la estabilidad de precios, mediante el aumento de las "consultas" entre los gobiernos y el BCE, y la manipulación del euro para beneficio de Francia.
Esto es escapismo puro. Para realizar cambios esenciales en la unión monetaria se requiere la aprobación de todos los miembros y eso no sucederá pronto. Tampoco la presión francesa intimidará al presidente del BCE, Jean Claude Trichet, para que se ejerza una política monetaria menos rígida.
Trichet es una persona dura que tiene un largo historial de resistencia frente a los políticos franceses. No lograron que cediera cuando, siendo gobernador, defendió con éxito la independencia del Banco de Francia y no lograrán que ceda ahora.
En la reunión de enero del Consejo de Administración del BCE, por ejemplo, Trichet prácticamente anunció que las tasas de interés europeas aumentarían en marzo, justo antes de las elecciones francesas de abril. El Presidente del BCE dijo claramente que va hacer su trabajo independientemente de las presiones políticas.
El factor decisivo del sentido del deber de Trichet es el Tratado de Maastricht que establece claramente el objetivo principal del BCE como promotor de la estabilidad de precios. Algunas personas en Francia –y no sólo la izquierda- quieren que esto cambie. Una idea que está circulando es que el Parlamento Europeo defina los objetivos del BCE sobre la base de que es elegido democráticamente –como si el Tratado de Maastricht no hubiera derivado de un proceso democrático.
Este intento arbitrario de secuestrar el BCE y hacerlo un sirviente del Parlamento Europeo significaría tener tasas de interés europeas crónicamente bajas y un euro depreciado. Por supuesto, Francia se libraría de hacer las reformas pero a costa de Alemania que se enfrentaría a presiones inflacionarias no deseadas.
Esta propuesta ejemplifica cómo la brecha de las reformas y el crecimiento desequilibrado que provoca pueden debilitar el tejido europeo al enfrentar a un miembro con otro. Para proteger la cohesión europea, así como para mejorar su propia situación económica, Francia e Italia deben llevar a cabo las reformas a un ritmo más rápido que Alemania en lugar de esperar a que Alemania desacelere.
Es preferible lo difícil que lo inaceptable y lo impensable. Sin embargo, hasta ahora no hay muchos indicios de que los dos que se han atrasado con las reformas estén a la altura del desafío.
Melvyn Krauss es miembro asociado de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz
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