Transatlantic Perspectives
El Katrina de Europa por venir
Melvyn Krauss
|
|
|
|
Mientras los europeos contemplaban al Presidente Bush tropezar con la muerte, la destrucción y el caos provocados por el huracán Katrina en Nueva Orleáns, algunos no pudieron por menos de darse palmaditas en la espalda y decir: “Gracias a Dios por nuestra solidaridad social”.
Cierto es, ningún país europeo que se precie permitiría jamás que sus ciudadanos cayeran en tan desesperada pobreza como para no poder –literalmente– escapar de sus hogares ante un desastre natural y todos los europeos –y no sólo los de izquierdas– se sintieron en verdad escandalizados y horrorizados por la vívida demostración, propiciada por el Katrina, de que, al parecer, no existe límite a la profundidad del pozo en el que se encuentran los pobres de los Estados Unidos.
Pero esa preocupación y sensibilidad es un poco demasiado autocongratulatoria, pues permite a los europeos quitar importancia a los muy reales problemas que ahora tienen con su tan cacareada solidaridad social.
Para empezar, mientras que la doctrina de la solidaridad social de Europa predica la equidad y la igualdad, enmascara una “sociedad privilegiada” que es espectacularmente injusta en el extremo más alto del espectro de los ingresos. Lo habitual es que las minorías selectas del Estado del bienestar cuenten con los mejores médicos, las mejores localidades en las salas de conciertos, los mejores pisos en los mejores barrios y demás, por la tozuda negativa de Europa a usar el mecanismo de los precios y del mercado para la asignación de los bienes y servicios principales. A los que están fuera les resulta difícil competir cuando “conseguir algo” depende de conocer a las personas adecuadas.
Sorprendentemente, el tratamiento de las minorías selectas en Europa puede no ser tan diferente del que se da en los Estados Unidos. Este país favorece a sus minorías selectas concediéndoles reducciones fiscales. Europa las favorece colocándolas en los primeros puestos de las listas de espera y concediendo desgravaciones fiscales a las rentas del capital.
En segundo lugar, si bien la vergüenza de Nueva Orleáns nunca podría haber ocurrido en Europa, la solidaridad social europea está fallando a los grupos de menores ingresos al no brindarles suficientemente los beneficios del crecimiento económico. Tal vez sea ésa la deficiencia más flagrante del Estado del bienestar. Si bien la solidaridad social y el crecimiento económico en modo alguno son incompatibles, los europeos han optado –de la forma más imprudente– por una variedad ineficiente del Estado del bienestar.
“El mercado laboral es la clave”, dice el Presidente del Bundesbank Axel Weber, un socialdemócrata recién nombrado para el puesto por Gerhard Schroeder. “En Europa necesitamos mercados laborales más flexibles y más reformas estructurales”.
Pero la solidaridad social europea con demasiada frecuencia ha perseguido sus objetivos mediante intervenciones directas y económicamente costosas en los mercado laborales en lugar de con procedimientos más neutrales respecto del mercado. Por ejemplo, para proteger los empleos de los trabajadores, el Estado del bienestar europeo ha dificultado su despido por las empresas, pero quien no puede ser despedido no será contratado y quien no será contratado no se marchará. Eso significa que los desempleados no pueden encontrar un puesto de trabajo (aunque existen trabajos útiles que podrían hacer) y que los trabajadores que tienen un puesto de trabajo no lo abandonarán para conseguir otros posiblemente mejores. El resultado inevitable es la persistencia de gran número de desempleados y de la inmovilidad laboral.
No tiene por qué ser así. Se puede llevar a cabo la redistribución social mediante medidas fiscales y no mediante la intervención directa en el mercado laboral. Así se hacía en los primeros tiempos del Estado del bienestar, pero, a medida que la “revolución de derechos en aumento” fue afianzándose en los decenios de 1960 y 1970, los sindicatos adoptaron la posición de que los trabajadores tienen derecho no sólo a un puesto de trabajo, sino también a que esté en la región y en la empresa que prefieran. Esa versión del Estado del bienestar ha resultado devastadora para el empleo y el crecimiento económico de Europa.
Por último, aunque la izquierda de Europa proclame con jactancia ante las consecuencias del Katrina “Gracias a Dios por nuestra solidaridad social”, existen considerables dudas incluso sobre lo que de verdad significa ese “nuestro”. La homogeneidad de los Estados-nación de Europa está diminuyendo y los inmigrantes plantean un problema cada vez mayor para la solidaridad social, mientras la Unión Europea en conjunto afronta un dilema similar: ¿debe un holandés de Amsterdam sentir la misma solidaridad con un griego de Atenas como con un compatriota holandés de Rotterdam?
Con esto volvemos al Katrina. Se ha dicho y escrito mucho, tras el desastre, sobre lo poco que los americanos parecen preocuparse unos por otros y, desde luego, no se puede negar que resulta difícil conseguir que ciudadanos de Nueva York, Maine o Utah gasten con entusiasmo en diques de Nueva Orleáns... al menos hasta que se produzca una crisis espantosa.
Pero, ¿acaso es tan diferente en Europa? ¿Acaso financiarán con entusiasmo los holandeses las infraestructuras públicas de Grecia? ¿Financiarán los griegos proyectos de control del agua en los Países Bajos? Si tomamos como término de referencia la UE, la solidaridad social entre Estados miembros no parece ser tan diferente de la solidaridad social entre los estados de los Estados Unidos.
No cabe duda de que los Estados Unidos tienen problemas muy reales –y en aumento– con la equidad de su distribución de la renta, pero los europeos deben atenuar sus críticas, al comprender que Europa tiene problemas propios similares.
Melvyn Krauss es miembro principal de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford.
Copyright: Project Syndicate, 2005.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
You might also like to read more from Melvyn Krauss or return to our home page.
|
|

