The Energy Challenge
El petróleo de la KGB
Nina L. Khrushcheva
MOSCÚ- Cuando se habla de Rusia hay una cuestión clave que hay que tener en mente: a pesar de las apariencias, las cosas nunca cambian de verdad. Pueden cambiar los edificios, las modas e incluso los regímenes (al menos de nombre), pero el núcleo del país, el legado de la policía secreta estatal no está muy disimulado.
Actualmente, la versión contemporánea de la KGB, la Agencia Federal de Seguridad (FSB por sus siglas en inglés), dirige las empresas de energía de un modo vertical muy similar al de la KGB en el tiempo que dirigía la Unión Soviética, cuando las empresas se subordinaban siempre a las necesidades políticas del régimen. Desde el año 2000, cuando el actual Primer Ministro, Vladimir Putin, fue presidente de Rusia, la enorme riqueza energética del país se ha ido concentrando cada vez más en las manos del Estado. Y actualmente las manos que controlan la primera economía de gas natural del mundo son las de la FSB.
En efecto, la KGB/FSB actual es la principal escuela de negocios de Rusia. Piense en los graduados como alguien que tiene una maestría en administración brutal (y brutalmente ineficiente). Los ex espías ahora se sitúan en la cumbre de los altos mandos de la economía rusa centralizada en la energía, pero su papel no es en nada diferente al que tenían en la era soviética. En ese entonces, la URSS promovió sus intereses a través de Estados satélite y poder militar. Hoy, Rusia ejerce su poder a través de sus compañías de energía.
La compañía que mejor ejemplifica ese poder es Gazprom, el gigante energético controlado por el Estado, que ha devorado los activos de petróleo, los medios de comunicación, los intereses bancarios y las granjas en Rusia, y busca hacer lo mismo con los activos energéticos intermedios fuera de Rusia, particularmente en Europa. Entonces, no debería sorprender que el ex presidente de Gazprom sea ahora el presidente de Rusia, Dmitry Medvedev, quien fue reemplazado por un ex general de la KGB, Valery Golubyev. Entre los otros altos directivos de la compañía hay más hombres ex KGB, incluidos Sergei Ushakov y Konstantin Chuichenko.
Y así como Gazprom es al gas natural, Rosneft es (casi) al petróleo. En 2003, Rosneft se convirtió en un gigante petrolero al apropiarse de gran parte de Yukos, después de que el director y accionista principal de la firma petrolera, Mikhail Khodorkovsky, fuera enjuiciado y encarcelado arbitrariamente por malversación de fondos y evasión fiscal.
El presidente de Rosneft, Igor Sechin, un ex agente KGB en Angola, también es el principal ideólogo de la economía rusa administrada por la FSB. Cuando Sechin no está supervisando Rosneft, éste funge solamente como primer ministro adjunto de Vladimir Putin.
El ayudante más cercano de Sechin, Andrei Patrushev, tiene antecedentes similares. Se graduó en la academia de la FSB y es el hijo del ex director de dicha agencia, Nikolai Patrushev. La lista sigue y sigue. Aproximadamente el 30% de la élite del Kremlin trabajó o sigue trabajando en los servicios secretos, y un sorprendente 80% está asociado, ya sea con el complejo militar industrial de la era rusa o con el de la soviética.
Mientras que la KGB alguna vez determinó las decisiones del Kremlin para movilizar las tropas en Hungría o en Checoslovaquia, actualmente las mismas mentes calculadoras determinan cómo utilizar Gazprom para que sirva la política exterior de Rusia. A través de su control de los gasoductos de gas natural, Gazprom es por mucho la herramienta principal del país para mantener la influencia en las ex repúblicas ex soviéticas de Asia Central, el Cáucaso, Bielorrusia, Ucrania, e incluso los países Bálticos (ahora miembros de la UE). Gazprom también es la principal palanca de influencia de Rusia en la UE en su conjunto porque la compañía abastece el 30% de las necesidades de gas natural de la Unión.
Sin embargo, la crisis económica global ha debilitado la economía petrolera rusa, haciendo añicos los sueños de la KGB de regresar a una posición de superpotencia. Mientras que los precios en el sector energético siguen elevados en términos históricos, Gazprom ahora opera con pérdidas. Sus planes de inversión se sobreextienden fuera de Rusia –parte de la política imperial- mientras que la exploración de nuevas fuentes nacionales está disminuyendo debido a que las compañías extranjeras se han visto obligadas a abandonar participaciones en proyectos como el enorme complejo gasero en la isla Sakhalin. Además, actualmente Gazprom sobrepaga a sus proveedores porque sus contratos de largo plazo tienen precios que ahora superan por mucho los precios del mercado. La Sechin que dirige Rosneft está en el mismo barco mal manejado.
Así, pues, “la maldición de los recursos” ha llegado a Rusia con una venganza. La corrupción en todos los niveles de la burocracia estatal es evidente, mientras que el Estado ha consumido los ingresos del petróleo de la economía que son poco notorios en términos de inversión o servicios mejorados.
Al igual que en los años ochenta, cuando Mikhail Gorbachev llegó al poder sin otra opción que la de introducir sus políticas glasnost y perestroika, una Rusia debilitada tanto económica como políticamente tendrá que buscar otras soluciones para sus desafíos de desarrollo y modernización en los años venideros. La dependencia de los recursos naturales y las capacidades militares ha demostrado ser un fracaso.
Después de todo, la caída de la Unión Soviética no se debió al desarrollo militar de Ronald Reagan en los años ochenta, con el que el comunismo no pudo competir, sino porque la economía planificada soviética ya se había vuelto obsoleta en los años setenta.
De forma similar, mientras el mundo busca hoy maneras de hacer frente a la dependencia de combustibles fósiles y explora otras fuentes de energía más limpias, Rusia sigue viviendo a costa de su gas y petróleo, que sólo fomenta el retraso de la restructuración política y económica que le será necesaria para prosperar en el largo plazo.
Copyright: Project Syndicate, 2009.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz
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