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El profeta y los comisarios

Nina L. Khrushcheva

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2008-08-06

MOSCÚ – Se dice que los profetas nunca reciben honores en su tierra. Sin embargo, Moscú ha sido testigo de la extraordinaria figura de Alexander Soljenitsin, el disidente que escribió Archipiélago Gulag y Un día en la vida de Ivan Denisovich y que en su momento sufrió el exilio, que ha recibido el equivalente a un funeral del estado, con el Primer Ministro Vladimir Putin como principal deudo.

Así, parece que incluso en la muerte Alexander Soljenitsin seguirá siendo una fuerza que se debe tener en cuenta. ¿Será una que se mantenga a tono con las visiones liberadoras de sus más grandes obras?

Lamentablemente, en Rusia el arte siempre se usa para reforzar el narcisismo en el poder. Soljenitsin fue utilizado de esta manera dos veces. La paradoja es que, en la era soviética, su arte se utilizó brevemente como fuerza de liberación, porque Nikita Kruschev permitió la publicación de Un día en la vida de Ivan Denisovich como una forma de sostener sus empeños antiestalinistas. Sin embargo, en la supuestamente libre y democrática Rusia de hoy, se idealiza a Soljenitsin por su nacionalismo y mesianismo ortodoxo, su desprecio hacia la supuesta decadencia de occidente, mensajes todos que el régimen de Putin proclama todos los días a viva voz.

La vieja iconografía soviética se ha derrumbado por completo; a pesar de los heroicos esfuerzos, ni siquiera Putin podría reponer a Lenin, Stalin y al viejo panteón soviético. Sin embargo, el Kremlin comprende que se necesita algo para reemplazarlos, a medida que Rusia se adapta a su nueva autocracia alimentada por el petróleo. Parece cierto que Soljenitsin, uno de los más famosos y heroicos disidentes de la era soviética, se convertirá en una figura importante de la iconografía del putinismo.

A lo largo de toda su presidencia, Putin ha invocado una y otra vez a Rusia como un estado antiguo, poderoso y creado por voluntad divina, originado hace mil años, una civilización distinta a Occidente, ni comunista ni democracia liberal occidental. En tal mensaje resuena el famoso discurso de apertura de Soljenitsin en Harvard en 1978: “Toda cultura autónoma con profundas raíces en la historia, especialmente si ocupa una amplia parte de la superficie del planeta, constituye un mundo autónomo, lleno de acertijos y sorpresas para el pensamiento occidental. Por 1000 años, Rusia ha pertenecido a esa categoría".

Para Soljenitsin, superviviente del sistema gulag aplicado por la KGB, el deseo de ver a Rusia como una gran nación, con un espíritu eterno superior al vulgar materialismo de Occidente, lo encontró a edad avanzada apoyando a Putin, ex hombre de la KGB y que ve el colapso de la Unión Soviética como la mayor catástrofe geopolítica de los tiempos modernos. A pesar de esto, Soljenitsin pareció aceptar a Putin como un “buen dictador”, cuyo silenciamiento de los críticos mejora el alma de Rusia.

Es triste testimonio de la actual mentalidad de Rusia el que se recuerde al Soljenitsin antimoderno, no al que se elevó como un gigantesco enemigo de la barbarie y mendacidad soviéticas. Hoy se considera que sus escritos son soportes del estado, no de la libertad individual. Obras como la serie de novelas La rueda roja, un tedioso recuento del final de la Rusia Imperial y la creación de la URSS, o su último libro, escrito en 2001 y titulado Doscientos años juntos, acerca de la historia de la coexistencia entre rusos y judíos, parecen retrógrados, preconizantes, conservadores, toscos, a momentos incluso antisemitas, y huelen al propio sombrío antisemitismo de Soljenitsin.

Tanto Putin como Kruschev trataron de usar a Soljenitsin para sus propios fines. Putin prometió resucitar la fibra moral de los rusos, su gloria y respeto internacional. Para lograr esta meta buscó restituir la alta cultura como una posición de primacía de la vida rusa, y poner los medios de comunicación de masas en su lugar (políticamente) subordinado. Putin presentó a Soljenitsin como un modelo para quienes buscan hacer realidad el ideal de la Gran Rusia: “un ejemplo de genuina devoción y servicio desinteresado al pueblo, a la madre patria y a los ideales de libertad, justicia y humanismo.”

Sin embargo, bajo Kruschev la obra de Soljenitsin se usó para liberar al país de las garras del estalinismo. Al optar por permitir la publicación de Un día en la vida de Ivan Denisovich, Kruschev sabía que estaba socavando toda la era soviética hasta ese momento. No obstante, tras el derrocamiento de Kruschev en 1964, Leonid Brezhnev  no perdió tiempo en restaurar la ortodoxia y purgar los libros que amenazaban la reputación del Partido. Soljenitsin fue prohibido, y se lo obligó primero a la clandestinidad y luego al exilio.

No obstante, Kruschev, aislado y en desgracia, siguió viendo un vínculo entre él y el gran escritor. Como escribiera Soljenitsin en su autobiografía El roble y el cordero: "a fines de 1966, [Kruschev] me envió sus saludos de Año Nuevo, lo que me sorprendió mucho, porque yo estaba a punto de ser arrestado. Tal vez (en su desgracia) no se había enterado."

Una lección de la revolución de 1989 en Europa del Este es el valor de que figuras con mentalidad realmente democrática encabecen el escape del comunismo. Polonia tenía a Lech Walesa, Checoslovaquia, a Václav Havel. Ambos mantuvieron en calma a sus países durante muy difíciles transiciones.

Desgraciadamente, Rusia no tuvo a nadie con la autoridad moral para aplacar las pasiones de las masas. Sólo Soljenitsin y Andrei Sakharov se parecieron a Walesa y Havel en términos de autoridad moral, pero Sakharov ya había muerto cuando colapsó el comunismo, y las ideas de Soljenitsin eran demasiado conservadoras, estaban demasiado vinculadas al nacionalismo ruso como para que se convirtiese en símbolo de la democracia en una Unión Soviética multinacional.

La tragedia de Soljenitsin es que, aunque jugó un gran papel en liberar al Rusia del totalitarismo, no tenía nada que decir a los rusos después de la liberación, excepto para reprenderlos. Sin embargo, tal vez un día los rusos podamos ir más allá de nuestros falsos sueños y, cuando llegue ese día, se nos devolverá al Soljenitsin heroico, el que nunca se rindió ni se dejó corromper. Pero es ahora cuando más lo necesitamos, pues, parafraseando el Paraíso Perdido de Milton en la iluminación del Infierno: “La de Soljenitsin no es luz, sino más bien oscuridad visible.”

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AUTHOR INFO

Nina Khrushcheva, author of Imagining Nabokov: Russia Between Art and Politics, teaches international affairs at The New School and is senior fellow at the World Policy Institute in New York.