The World in Words
Las dos caras de Vladimir Putin
Nina L. Khrushcheva
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La personalidad dividida de Rusia -simbolizada por su escudo de armas zarista, un águila de dos cabezas- se ha estado exhibiendo recientemente. Un día, el régimen del presidente Vladimir Putin está en una ofensiva para agradar, buscando una solución a la disputa territorial de seis décadas con Japón sobre las islas Kuriles y tranquilizando a los inversionistas tras la condena del multimillonario petrolero Mikhail Khodorkovsky. Al día siguiente, Putin se niega a retirar la guarnición militar rusa de la región secesionista del Transdniester en Moldova al tiempo que los procuradores hablan amenazadoramente de llevar más oligarcas al banquillo.
Tal vez la mayor muestra de esta esquizofrenia política tuvo lugar el mes pasado en la Plaza Roja donde una mezcla extraña de banderas rojas de la "victoria", banderas "imperiales" tricolores, retratos de Stalin e íconos ortodoxos marcharon codo con codo durante la celebración del 60 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Putin aprovechó esa ocasión para repetir su mantra político "Rusia está desarrollando su propio tipo de democracia" al tiempo que desdeñaba las peticiones de los países bálticos de que Rusia confesara su acuerdo con Hitler en la víspera de la Segunda Guerra Mundial para devorarlos.
Este peculiar brebaje parece haber sido preparado como un esfuerzo por reconciliar lo irreconciliable: el anhelo actual de democracia con el pasado despótico de Rusia. Pero, como cualquier embrollo, sólo está consiguiendo confundir a los rusos sobre sí mismos y sobre su país. De manera extraña, Putin parece estar tan atrapado en este lío como todos los demás.
Algunas veces, Putin verdaderamente se ve a sí mismo como un "modernizador" que trata de anclar a Rusia en el Occidente. Otras veces, como Stalin, cree que el poder de Rusia requiere de una mano fuerte -lo que el llama su "dictadura de la ley". El problema, como lo demostró la condena de Khodorkovsky, es que la dictadura generalmente parece estar triunfando sobre la ley.
Históricamente, los intentos de modernizar a Rusia, aun cuando parecen verdaderos, como la industrialización de Stalin o las reformas de mercado de Yeltsin, a final de cuentas se convierten en algo vacío porque la sociedad rusa no puede cambiar lo suficientemente rápido o con la paciencia necesaria para que se den esos cambios.
Así, cuando la democratización al estilo estadounidense de Yeltsin no logró poner en marcha el capitalismo "ordenado" instantáneamente, Putin en su toma de posesión impuso una restauración del "orden" del Estado, como si un sistema político o económico estable requiriera de una fusión del pasado soviético con la iglesia ortodoxa y todas las imágenes de la Madre Rusia.
En efecto, la firma característica de Putin es querer ser todas las facciones para el pueblo ruso. Al combinar el pasado soviético con el pasado zarista y con algunos fragmentos de la democracia de la era de Yeltsin, parece que Putin piensa que puede neutralizar los extremos de la historia rusa. En lugar de eso, parece que los extremos están exprimiendo el deseo de modernización.
Los altos precios del petróleo son el único factor que le permite a Putin mantener la farsa de la reforma. El zar Alejandro III dijo una vez en el siglo XIX: "Rusia sólo tiene dos verdaderos aliados, su armada y su ejército". El petróleo es la armada y el ejército de Putin, lo que le permite mantener la imagen de Estado fuerte pero también internacionalista.
La fórmula de Alejandro también es popular ahora entre los nacionalistas de Putin en Moscú y San Petersburgo. En su película pro Rusia imperial, "El barbero de Siberia", el director ganador del oscar Nikita Mikhalkov -cuyo padre compuso el himno nacional de la era de Stalin que Putin revivió recientemente- utilizó la coronación de Alejandro III como pieza simbólica central de la grandeza de Rusia, invitando a los líderes rusos a seguir sus pasos.
Este monarca de voluntad recia, al tiempo que dirigió el imperio ruso autocráticamente, logró traer estabilidad y prosperidad, consiguiendo que el capitalismo echara raíces. Trabajó para fortalecer y modernizar las fuerzas armadas rusas mientras evitaba un conflicto armado. Se le conoció como "el zar de los campesinos" aunque no toleró ninguna postura opuesta a la suya.
Putin considera que su propia cruzada para salvar a Rusia de la desintegración y el separatismo es similar a la de Alejandro. ¿Pero qué tan futurista es construir un país del siglo XXI basándose en el ejemplo absolutista del pasado?
Stalin es otro de los modelos preferidos. En este caso Putin también trata de ponerse en ambos bandos, llamando a Koba un tirano para calmar los sentimientos heridos de los líderes bálticos, y de inmediato calificando sus comentarios al decir que Stalin no era un Hitler. ¿De veras podemos comparar el grado de maldad de esos dos hombres?
A pesar de su insistencia en codearse con los líderes mundiales y en presentarse como un modernizador, Putin, al igual que sus predecesores, es de hecho un gobernante que cree que sólo el autoritarismo puede proteger a su país de la anarquía y la desintegración. Pero las viejas ideas, las imitaciones y los símbolos que Putin emplea para lograr sus metas ya no corresponden a las realidades actuales o a las capacidades de la Rusia de hoy.
Anteriormente, lo hueco era la misión occidental de Rusia. Ahora, lo ruso mismo carece de cimientos sólidos, porque no es más que un cascarón vacío de símbolos estatales descartados. Al igual que un mal conductor, una nación que voltea a derecha e izquierda pero jamás hacia el frente, con seguridad chocará.
Nina Khrushcheva da cursos de asuntos internacionales en la New School University de Nueva York
Copyright: Project Syndicate, 2005.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz
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