Leyendo la prensa reciente, uno podría concluir que todo lo que necesita Harmid Karzai, el gobernante de Afganistán, para pacificar su país es una mayor presencia de fuerzas internacionales de paz y un flujo más ágil de asistencia. La zanahoria de la asistencia internacional y el garrote de las fuerzas internacionales de paz supuestamente evitarán que el gobierno de Karzai muera en la cuna.
Siguiendo esa lógica, los EU han acelerado la entrega de asistencia (una tarea que saben bien cómo lograr, ya que han sido los proveedores del noventa por ciento de toda la ayuda monetaria a Afganistán incluso durante la época del Talibán). El anuncio del presidente Bush de que los EU, Japón y Arabia Saudita han creado un fondo de 180 millones de dólares para la reconstrucción de las carreteras en Afganistán constituye la medida más reciente para acelerar el flujo de la asistencia para el desarrollo.
Se está reforzando a las fuerzas internacionales de seguridad, compuestas principalmente por turcos, y su mandato se extenderá a todo el país. El anuncio hecho por Paul Wolfowitz, Subsecretario de Defensa de los EU en ese sentido, representó un cambio en el rumbo de la posición estadounidense anterior, que prefería limitar a las fuerzas de pacificación a Kabul, para que no estorbaran las operaciones en contra de los reductos de Al Qaeda y el Talibán.
El problema con esta estrategia de zanahoria y garrote no es que esté equivocada, sino que es insuficiente. No reconoce que, ni una mayor presencia de fuerzas de pacificación, ni una ayuda entregada con eficiencia lograrán las metas deseadas, hasta que el pueblo afgano acepte que el gobierno de Karzai representa con justicia sus intereses. Hoy en día, ese no es el caso.
La revolución de los Estados Unidos tuvo sus orígenes en la creciente sensación entre los colonizadores de que la autoridad del parlamento en América del Norte era ilegítima. La velocidad con la que los debates en los Estados Generales franceses se convirtieron en una revuelta en contra de los Borbones refleja el sentimiento entre los franceses comunes de que el gobierno de Luis XVI carecía de legitimidad.
Ni el gobierno mejor armado ni el más rico pueden sobrevivir durante mucho tiempo a menos de que sectores amplios de su población acepten su mandato como legítimo. Inglaterra fracasó en Estados Unidos y la corona francesa en su propio país porque los gobernados dejaron de reconocer su autoridad. La legitimidad pasó del régimen a sus oponentes, quienes lo derrocaron con rapidez.
Algo parecido está sucediendo en Afganistán. Si no se atienden las causas, el gobierno de Karzai se derrumbará inevitablemente, y con él, todo el proceso internacional que se inició hace un año.
¿Por qué perciben los afganos como ilegítimo a un gobierno establecido por un acuerdo al que todas las facciones dieron su aprobación, y que fue confirmado por una Asamblea Nacional (Loya Jirga) debidamente constituída y celebrada bajo patrocinio internacional? La razón es que el gobierno de Karzai, y Karzai mismo, están bajo el control de un pequeño grupo de hombres poderosos asociados con la ex Alianza del Norte y dirigidos por el Ministro de Defensa Marshall Fahim.
Los comentaristas extranjeros frecuentemente aceptan que una camarilla de tajikistanos ejerce una influencia desproporcionada sobre el gobierno. Ello le resta peso a la exclusividad del gobierno. Muchas figuras clave provienen de un puñado de aldeas en un solo valle, el Panjshir. Los pashtunes que viven en el sur y el este, de gran importancia estratégica, junto con los hezaras musulmanes shiítas, constituyen aproximadamente dos tercios de la población de Afganistán. Ninguno de esos grupos se siente adecuadamente representado en los consejos de Karzai.
Muchos uzbekistanos, turkmenistanos e incluso algunos tajikistanos se sienten excluídos. Todas las personas activas en política en el país entienden la realidad de este control sobre el poder. Saben que Fahim utilizó a la Loya Jirga para promover a Karzai, un pashtún, porque era maleable y carecía de fuerzas independientes propias. Tiemblan ante el hecho de que el ejército de Marshall Fahim, el más grande del país, se encuentra en guarniciones alrededor de Kabul. Están frustrados ante la ceguera de la comunidad internacional que no percibe su destino.
Esa frustración, y los esfuerzos de Fahim por reprimirla, están en el centro de muchos de los recientes hechos sangrientos de los que se culpa a los rebeldes talibanes, a cabecillas locales y a Al Qaeda. Muchos pashtunes que no estaban de acuerdo respaldaron al Talibán, sobre todo porque prometía paz y orden. De hecho, muchos cabecillas siguen con sus luchas, frecuentemente con apoyo extranjero (incluso de Estados Unidos). También Al Qaeda está interesada en inhabilitar al gobierno de Karzai, y con gusto explota su talón de Aquiles.
La única manera de resistir estas amenazas es atacar sus raíces: el desequilibrio de poder en la cima del régimen y en el personal de los ministerios, que gradualmente le está quitando legitimidad al gobierno de Karzai. El hecho de que Karzai sea un hombre decente y bien intencionado no mejora su problema, el cual no puede resolver él solo.
La solución tiene que ser la firmeza apoyada, si es necesario, por la fuerza militar, para permitirle a Karzai enfrentarse a Marshall Fahim. Ahora que las fuerzas internacionales de pacificación operarán a nivel nacional, es necesario decirle a Marshall Fahim que retire su cerco sobre Kabul. Ahora que la ayuda está empezando a fluir, es necesario decirle a Karzai que el flujo dependerá de que incluya a pashtunes y hezaras prominentes en los círculos centrales del gobierno.
Tanto los EU como la ONU están actuando con base en una esperanza inocente de que el problema de legitimidad de Karzai se pueda resolver por las buenas de una forma u otra. Están calculando mal la seriedad de la situación. Si no se emprenden aciones pronto, Karzai no sobrevivirá. Es probable que el gobierno siguiente sea anti-ONU, anti-Occidente, anti-Estados Unidos y antisecular, y que forme sus alianzas políticas y estratégicas sobre esas bases. Por supuesto, puede ser que ni siquiera surja un nuevo gobierno. De cualquier manera, a menos de que se tomen medidas enégicas en las próximas semanas o a lo mucho en los próximos meses, Afganistán se encontrará en la senda de otra racha de conflictos sangrientos.


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