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¿Salvará Rusia a Occidente?

Sergei Karaganov

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2009-12-23

MOSCÚ – Los rápidos cambios en la economía global y la política internacional están poniendo sobre la mesa, una vez más, un eterno problema en Rusia: las relaciones del país con Europa, y con la región euroatlántica como un todo. Por supuesto, Rusia pertenece en parte a esta región. Sin embargo, no puede ni quiere unirse a Occidente por completo, al menos no todavía. Mientras tanto, esta opción se ve muy diferente hoy en comparación con hace unos cuantos años.

Está quedando en evidencia que el mundo euroatlántico, cuyo modelo económico y político parecía triunfante hace 20 años, ahora está quedando en cierta medida a la zaga de China y otros países asiáticos. También ocurre así con Rusia, donde, a pesar del estimulante debate acerca del desarrollo basado en innovaciones, la economía sigue "desmodernizándose", ya que se ha permitido una metástasis de la corrupción y el país depende cada vez más de sus recursos naturales. De hecho, Asia ha terminado por revelarse como la verdadera ganadora de la Guerra Fría.

El ascenso de estas potencias plantea problemas en torno a las opciones geoestratégicas. Por primera vez en décadas, la brecha de valores entre Rusia y la UE parece estar profundizándose. Europa está superando el nacionalismo estatal, al tiempo que Rusia crea un estado nación. Los europeos, que han aprendido las duras lecciones de la historia y no desean sufrir guerras nuevamente, han abrazado un enfoque negociador y renunciado al uso directo de la fuerza en las relaciones internacionales.

Por otra parte, los rusos ponen énfasis en su "poder duro", que incluye la fuerza militar, porque saben que viven en un mundo peligroso y no pueden esconderse detrás de nadie. Y, debido a su falta comparativa de "poder blando" -atractivo social, cultural y económico- están dispuestos a usar las ventajas competitivas (es decir, su riqueza de recursos naturales) que tienen a su disposición.

Los acontecimientos políticos internos en Rusia también están empujando al país en una dirección distinta a Occidente. En pocas palabras, Rusia se está alejando de la democracia.

Esta naciente brecha valórica no es un obstáculo insuperable para una reaproximación geoestratégica. Sin embargo, si la acompaña una irritación mutua, que es particularmente fuerte en Rusia, cerrar la brecha se volverá mucho más difícil. Esto es así porque, mientras la elite de Rusia nunca se consideró derrotada en la Guerra Fría, Occidente trató a Rusia esencialmente como a un país derrotado, actitud simbolizada en la expansión hacia el este de la OTAN, que generó profundas bases para la tensión actual. Sólo cuando Occidente encontró una respuesta armada en Osetia del Sur se detuvo la expansión de la OTAN. Y aún así, no ha renunciado a una mayor ampliación.

La expansión de la OTAN no es nada más que la extensión de su zona de influencia, y en la esfera político-militar más sensible. La falta de disposición de Occidente a dejar de lado estas intenciones va de la mano con una repetida negativa a reconocer el derecho de Rusia a tener su propia zona de intereses.

Así, vemos que la expansión de la OTAN ha dejado inacabada la Guerra Fría. La confrontación ideológica y militar subyacente ya ha desaparecido, pero la rivalidad geopolítica que implicó ha vuelto a cobrar protagonismo. La vieja mentalidad ha sobrevivido en ambos lados.

Los debates sobre la energía son otro ejemplo de esto. La Europa no rusa debería agradecer al Todopoderoso por la presencia de una Rusia rica en recursos energéticos junto a sus fronteras, mientras Rusia debería estar agradecida por tener clientes tan pudientes. Sin embargo, las diferencias naturales de los intereses de los consumidores y productores de energía han adquirido un cariz de tipo político y de seguridad: piénsese en los debates acerca de una "OTAN energética".

Frente a la imposibilidad de un acceso con ventajas a las instituciones euroatlánticas, Rusia está derivando rápidamente a una alineación con China, un "hermano joven" aunque respetado. La actual "opción asiática" de Rusia no es la misma que la opción eslavófila/eurasiática del pasado. Superficialmente, parece una opción por una civilización que va rápidamente en ascenso. Sin embargo, el actual alejamiento con respecto a Europa -la cuna de la civilización y modernización rusas- amenaza la identidad de Rusia y aumentará sus riesgos geoestratégicos en el futuro.

Europa tampoco se beneficia de este alejamiento. Seguirá avanzando hacia una hermosa descomposición, en una suerte de Venecia en grande. Estados Unidos también pierde. Sin Rusia, que seguirá siendo la tercera mayor potencia militar del mundo en el futuro previsible, es imposible solucionar los problemas más importantes de seguridad internacional.

La actual arquitectura de seguridad euroatlántica parece satisfacer a la mayoría de los estadounidenses y europeos, aunque se está volviendo cada vez más frágil y contraproducente. Por tanto, Rusia se tendrá que esforzar por crear una nueva arquitectura por sí misma, sea a través de un nuevo tratado sobre seguridad europea colectiva, o incluso mediante su potencial ingreso a la OTAN. Esto no sólo beneficiaría los intereses políticos y de desarrollo civilizado de Rusia, sino además reflejaría nuestros deberes con toda la comunidad de naciones euroatlánticas, que se han visto debilitados con esta "Guerra Fría inacabada".

La idea de una “Unión de Europa” entre Rusia y la UE se debe poner en la agenda de largo plazo. Tal Unión se debería basar en un espacio humano, económico y energético en común. La combinación de un nuevo acuerdo de seguridad para la comunidad euroatlántica y la creación de la Unión de Europa podría ayudar a detener el declive del peso internacional de Occidente.

Sergei Karaganov es Decano de la Escuela de Economía Internacional de la Universidad de Estudios Rusos - Escuela Superior de Economía. Este artículo se basa en un informe sobre seguridad euroatlántica preparado por el grupo ruso del Club Valdai, del que el profesor Karaganov es Presidente.

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AUTHOR INFO

Sergei Karaganov is Dean of the School of World Economics and Foreign Affairs at Moscow State University - Higher School of Economics.