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La crisis fiscal japonesa alcanza la mayoría de edad

TOKIO - ¿Ha acabado finalmente la parálisis política en Japón? Así lo sugiere el reciente acuerdo, tras un largo debate, entre el gobierno y los principales partidos de la oposición para duplicar el impuesto sobre el consumo, del 5% al 8% en 2014 y luego al 10% en 2015. Pero existe el riesgo real de que el gobierno confunda esta medida con el final del proceso de reformas. De hecho, es (o debería ser) apenas el comienzo.

Prácticamente desde cualquier perspectiva, la deuda oficial japonesa es la más alta del mundo. El volumen total en circulación de bonos del gobierno japonés (BGJ) llega a la casi insondable suma de US$ 9 billones, apenas por debajo de los US$ 10,5 billones de deuda pendiente de pago del total de los 17 país de la eurozona, que casi triplica al Japón en población.

Tan sombría se ha vuelto la situación fiscal japonesa que desde 2009  la emisión de bonos supera los ingresos fiscales. Los impuestos cubren menos de la mitad de los gastos del gobierno. Y el terremoto, el tsunami y el desastre nuclear del año pasado no hicieron más que empeorar el triste panorama fiscal, al hacer necesarios enormes gastos de reconstrucción. Japón emitió un récord de 55,8 billones de yenes (US$ 693,5 mil millones), o el 12% del PIB nominal, en bonos del gobierno durante el último año fiscal.

Por supuesto, los problemas fiscales de Japón no han hecho más agravarse en las décadas pasadas. Los ingresos tributarios por año se han reducido en un 30% desde que estallara la burbuja inmobiliaria en 1989, debido al lento crecimiento y a la deflación; los recortes que se aplicaron como medidas de estímulo durante la recesión los 90 apenas jugaron un papel secundario.

La única razón por la que el Japón ha sido capaz de mantener su posición fiscal es que el 93% de su deuda es interna (el Banco del Japón compra cerca de un tercio de los BGJ emitidos cada año). De hecho, en contraste con la fuga de capitales extranjeros que tanto daño ha causado a Europa, en la actualidad abundan los compradores extranjeros de BGJ, empujando las tasas de interés a sus niveles más bajos de la historia.

Por otra parte, el sector privado del Japón -sus hogares y empresas- está sentado sobre una montaña de ahorros, que se usan principalmente para la compra de BGJ. Debido a que el gobierno todavía puede tomar prestado, sobre todo de los propios japoneses, su balance se mantiene estable. Sin embargo, dado el envejecimiento de su población, ¿por cuánto tiempo puede seguir haciéndolo?

La mayoría de los principales economistas japoneses creen que la situación no se puede sostener, ya que un gran número de hogares formados por jubilados está utilizando cada vez más sus ahorros. La proporción de mayores de 65 años casi se ha duplicado en las últimas dos décadas, hasta el 23%, frente al 13% de Estados Unidos y el 16% de Europa. Si esta tendencia continúa, como parece probable, el mercado cautivo que los BGJ han tenido durante décadas comenzará a disminuir peligrosamente. Y, en ese momento, es improbable que los compradores extranjeros tomen el relevo.

Para llegar al acuerdo de aumentar el impuesto al consumo, el opositor Partido Democrático Liberal insistió en que se comenzara a abordar la principal limitación del déficit presupuestario: la cantidad que se destina a los beneficios de seguridad social para los jubilados. Pero en realidad el acuerdo no hace nada para solucionar ese problema.

El elevado número de personas de edad avanzada y jubilados hace que hoy el gasto en salud y seguridad social consuma el 29,2% del presupuesto, lo que representa un aumento de un tercio con respecto a 2000. Para satisfacer estas demandas, el gobierno ha tenido que reducir el gasto en educación e investigación, las dos áreas sobre las que se basó el ascenso económico del país después de la guerra. Y hoy suena menos cierto el viejo chiste de que el Japón no puede resistirse a construir puentes hacia ninguna parte si el gobierno los paga. El gasto destinado a obras públicas y proyectos innecesarios cayó este año al 5,1% del presupuesto, desde el 13% en el 2000.

Por supuesto, también se hace necesario hacer frente al sistema fiscal. Del mismo modo como el déficit japonés es sin duda monumental, es evidente que los asalariados japoneses tributan muy por debajo de lo que deberían. Incluso después de la propuesta de duplicar el impuesto al consumo, la tasa seguirá siendo la mitad del 20% (o más) de la aplicada en casi todos los países de Europa. El ingreso fiscal general representa más o menos un 27% del PIB, lo que deja a Japón en el puesto 28 entre los 35 países de la OCDE.

El gobierno no debe sobreestimar la cantidad de ingresos que puede recaudar con el aumento del impuesto al consumo, y cuánto puede reducir la brecha del déficit presupuestario. Por otra parte, hasta ahora no ha mostrado la menor preocupación de que esto pueda tener un efecto negativo sobre el consumo y afectar el crecimiento económico.

Hiromichi Shirakawa, economista jefe de Credit Suisse AG en Tokio, sugiere que pronto comenzará a evaporarse el aumento de los ingresos procedentes de la subida de los impuestos y que desaparecerá por completo en 5-7 años. Si tiene razón, el aumento acabará por equivaler a un dedo en el dique a punto de estallar de los problemas presupuestarios japoneses.

A pesar de sus dos décadas de problemas económicos, Japón sigue siendo la tercera mayor economía mundial, y crecerá alrededor de un 2% este año, y un 1,5% en 2013. Dado el estancamiento económico en que se encuentra el mundo, no parecen cifras tan negativas. Pero, para poder hacer frente alguna vez de manera eficaz a su dilema fiscal, tendrá que crecer más rápido que eso.

Para este tipo de crecimiento se requiere una estrategia creíble de reducción del déficit, lo que significa un plan que reconozca la realidad de la creciente proporción de jubilados. Las autoridades japonesas también tendrán que poner en marcha fuertes reformas liberalizadoras para abrir las muchas áreas de la economía que se encuentran protegidas de la competencia. Deben apuntar a  una mayor participación de las mujeres en el mercado laboral; inducir a las multinacionales a invertir más en el país, y aumentar la competencia en los sectores mimados de la economía.

Si un país cuenta con las herramientas políticas para llevar a cabo un programa de reforma integral, ese es Japón. La unidad de los japoneses para responder a los desastres del año pasado demostró una vez más que, cuando se lo necesita, el espíritu nacional puede obrar milagros. Y no se debe pensar que la "gran generación", los hombres y mujeres que reconstruyeron un país devastado por la guerra y lo convirtieron en una potencia económica, no estaría dispuesta a sacrificarse por el bien mayor. Después de todo, salvaron a su país una vez; son más que capaces de volver a hacerlo.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen