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La edad de la automatización financiera se avecina

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2009-09-04

PRINCETON- El debate público, sobre todo durante las crisis económicas, gira en torno a las estadísticas del crecimiento, que se convierten en una especie de termómetro para la fiebre. Sin embargo, las lecturas no son confiables y cambian constantemente, lo que incita a los estadísticos a concebir diferentes formas de medir los muy distintos productos de la economía. En particular, hay datos recientemente revisados que han puesto en duda el alcance económico y el papel de los servicios financieros.

A finales de julio, la Oficina de Análisis Económico de los Estados Unidos (BEA por sus siglas en inglés) publicó revisiones del PIB estadounidense que se remonta a 1929. Lo más trascendente es que se mostró que el PIB es más volátil de lo que se había supuesto.

La economía creció más rápido durante las fases prósperas, y se deprimió de forma más abrupta en las de desaceleración. La tasa anual de crecimiento de 1997 a 2008 fue del 2.8% en lugar del 2.7%. En 2008, la cifra cayó al 0.4% en lugar de 1.1% como se supuso anteriormente. El desplome del PIB en el primer trimestre de 2009 también fue más considerable de lo previsto.

La lógica detrás de estos cambios es más interesante que las revisiones relativamente pequeñas de las tasas de crecimiento que resultaron. Una de las intenciones clave era la de permitir una contabilidad más honesta. En particular, el gasto en servicios financieros se trató de manera diferente y se declaró más transparentemente. Por ejemplo, el gasto médico es menor en los nuevos cálculos porque los costos que se atribuyen al aseguramiento y no a la oferta de servicios médicos ahora se declaran como “servicios financieros y aseguramiento.”

Los nuevos cálculos muestran más claro que antes lo sorprendente que fue la expansión de los servicios financieros en la última década. El gasto en servicios financieros casi se duplicó entre 1998 y 2007, y ahora representa el 8.2% del consumo personal –una cifra que incluye el ingreso que se transfiere de los consumidores a las ahora famosas bonificaciones de los banqueros y corredores de bolsa.

Es improbable que la respuesta a la crisis actual interrumpa la innovación financiera, pero es probable que provoque una racionalización y reducción de los costos en la oferta de servicios financieros. Hay precedentes históricos claros para restringir los sectores excesivamente innovadores e hiperactivos. En el siglo XIX, la construcción desenfrenada de vías ferroviarias provocó que hubiera líneas duplicadas antes de que las severas desaceleraciones cíclicas purgaran muchas de las empresas, dejando una red más eficiente y barata. De igual manera, a principios del siglo XX, muchos empresarios pasaron a la producción de automóviles. Sólo un puñado de los productores más eficientes sobrevivió el colapso del boom inicial.

Muchos países, incluidos los Estados Unidos, tienen sistemas bancarios que todavía son demasiado complejos. Ahora también es claro que los productos financieros en sí mismos eran excesivamente complejos y que la mayoría de los clientes, si no es que todos ellos, no sabían lo que estaban comprando.

Tradicionalmente los bancos eran unas “cajas negras” en las que las operaciones se ocultaban a los clientes. El banco sabía más dónde estaba el dinero que sus depositantes y acreedores. Los bancos de inversión daban asesoría a las corporaciones en lo relativo a las fusiones y adquisiciones, pero también emitían valores y realizaban sus propias operaciones comerciales. Si bien las llamadas “murallas chinas” separaban dichas actividades, en la práctica los participantes del mercado asumían cierto grado de filtración y esperaban mejores rendimientos por tratar con bancos grandes que realizaban operaciones multifacéticas e internacionales. Por tanto, cada contraparte en estas transacciones asumía que estaba obteniendo algo especial de la experiencia acumulada que el banco había adquirido en otras áreas de negocios, experiencia que derivaba fundamentalmente de los conflictos de interés permanentes.

Lo genial de la titularización, la gran innovación de los años noventa, fue que permitió a los inversionistas –en teoría- evitar a los bancos no transparentes tipo "cajas negras". Los títulos sustituyeron a los créditos bancarios tradicionales. Sin embargo, los bancos usaron la innovación para poner valores transparentes en “vehículos de inversión” muy opacos. La naturaleza de caja negra de los bancos sobrevivió y se convirtió incluso en una fuente mayor de vulnerabilidad. Después de todo, las cajas negras son más peligrosas cuando ocultan a un ser humano malévolo o fraudulento.

Es posible imaginar que en un plazo más largo las finanzas serán menos propensas a los problemas de la información asimétrica, que exige un alto nivel de confianza de la parte de los depositantes e inversionistas a fin de reducir el riesgo de pánico y crisis. Sin embargo, sólo cuando los “expertos” ya no sean necesarios las finanzas no nos manejarán más, y eso exige transparencia y la propagación de conocimientos financieros. En el futuro, los conflictos de interés podrían tratarse mediante algoritmos matemáticos que autoricen o prohíban las transacciones. Del mismo modo que los mecanismos automáticos de pago han vuelto casi obsoletos los pisos de remates, muchas funciones bancarias pueden ser y serán simplemente una interacción de sistemas de software.

Como sucedió en fases de transición anteriores, cuando la innovación conduce a la reducción de costos, quienes trabajan en la industria financiera tratarán de formular argumentos convincentes en el sentido de que sus negocios dependen del toque humano. Se decía que las máquinas de cosechar reducían la calidad de los granos porque ya no estaban sujetos a la inspección inmediata del ojo humano. Del mismo modo, actualmente las fábricas de automóviles sofisticadas están compuestas en gran parte por robots, y sus productos son más seguros que nunca.

Un banquero personal es un símbolo de posición social, pero sólo eso, y con seguridad no es una necesidad. El "coche de primera serie" -resultado de la producción acelerada y proclive al error de un modelo nuevo –  se está convirtiendo rápidamente en cosa del pasado. Su equivalente en el mundo financiero debe tener el mismo destino.

Harold James es profesor de historia y relaciones Internacionales en la Escuela Woodrow Wilson de la Universidad de Princeton y profesor de historia en el Instituto Universitario Europeo de Florencia.

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AUTHOR INFO

Harold James is Professor of History and International Affairs at Princeton University and Professor of History at the European University Institute, Florence. He is the author of The Creation and Destruction of Value: The Globalization Cycle.