The World in Words
Los peligros del historicismo financiero
Harold James
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Toda crisis financiera es inherentemente impredecible, antes de que ocurra y a medida que va sucediendo. Los contables examinan sus libros, los participantes narran sus versiones a los periódicos (o algunas veces ante un juez), los políticos explican por qué están arreglando el lío y al final los historiadores arman una historia.
Puesto que el pasado se puede conocer, la mejor manera de comprender una crisis es buscar un modelo en las experiencias pasadas, incluso aquellas que hace mucho son historia. ¿Pero cuál es el filtro adecuado?
A menudo la opción depende menos de la evaluación racional de las similitudes y diferencias que en intuiciones, proclividades al optimismo o al pesimismo, o la orientación política. En la actualidad, dos fechas están circulando ampliamente: 1907 y 1931.
Al comienzo de la actual escasez del crédito, muchas personas con perspectiva histórica escogieron el año 1907 como el precedente clave. No sólo corresponde a justo un siglo atrás, sino que también parecía un paralelo atractivo. La crisis de 1907 tuvo un efecto devastador inmediato, causando una depresión económica masiva pero corta, y terminó solucionándose con facilidad.
El pánico de 1907 comenzó en los Estados Unidos, debido a un aumento en los tipos de interés cuando a los agricultores del oeste se les pagaban sus cosechas y a los escándalos financieros en Nueva York, que parecían implicar a una gran institución financiera, el consorcio Knickerbocker.
Repentinamente, al igual que hoy, incluso los bancos grandes perdieron la confianza mutua. La depresión fue en esencia una crisis de liquidez, y ésta se restableció de varias maneras: los bancos neoyorquinos generaron su propia liquidez a través de una cámara de compensación, una institución financiera de enorme poder, J. P. Morgan, compró acciones en declive, revirtiendo así el pánico del mercado y las escaramuzas por obtener liquidez, y los bancos centrales europeos proporcionaron oro al mercado estadounidense.
La lección evidente que los estadounidenses aprendieron de los sucesos de 1907 fue que los bancos centrales estaban en la mejor posición para restablecer la liquidez en caso de un pánico financiero y, en el más largo plazo, la reforma monetaria dio a los Estados Unidos su propio banco central, la Reserva Federal, en 1914. De modo que 1907 se convirtió en un mantra reconfortante en épocas de estrés financiero: no puede ocurrir una crisis en tanto y cuanto el banco central comprenda la crisis de liquidez.
Hay paralelos modernos. La Fed y el Banco Central Europeo han inyectado recientemente grandes cantidades de liquidez al sistema financiero global. Instituciones privadas ubicadas estratégicamente han hecho su parte para afianzar la confianza. Por ejemplo, Goldman Sachs ha comprado públicamente activos en peligro en su Fondo de Oportunidades de Valores Globales.
El paralelo más oscuro es con la Gran Depresión de los 30, cuando ninguna cantidad de liquidez pudo servir de ayuda. Es la analogía histórica de quienes quieren que los gobiernos intervengan más, especialmente los bancos que se sienten vulnerables y necesitan con desesperación un rescate con fondos públicos. En agosto de 2007 algunos bancos alemanes, ante los primeros signos de dificultades debido a su exposición de las "hipotecas basura" de EE.UU., comenzaron a hablar únicamente de 1931.
En la Gran Depresión, los colapsos de los bancos hicieron que la caída fuera mucho peor. Tuvieron un efecto dominó más allá de las fronteras nacionales. Los gobiernos no sólo debieron ayudar mediante una combinación de asistencia pública y una nueva legislación que garantizaba los depósitos: también se les pidió proteger a sus gobernados de las influencias internacionales desestabilizadoras.
Esta retórica de corte nacionalista ha vuelto en la crisis financiera de 2007. Los alemanes no ven por qué tendrán que volverse vulnerables debido a los préstamos hipotecarios estadounidenses de baja calidad en las ciudades del interior de EE.UU. Los ahorristas del banco británico Northern Rock culpan a los acontecimientos estadounidenses de las turbulencias en el crédito que han hecho imposible que el banco siga financiando sus préstamos.
Ninguno de estos aparentes paralelos históricos es convincente. No estamos en 1907, cuando el patrón oro limitaba la capacidad de los bancos centrales de proporcionar liquidez adicional. Tampoco, tras el lustro de más rápido crecimiento económico en la historia de la humanidad, la caída en los precios pone en peligro el sistema financiero, como lo hizo durante la Gran Depresión.
Hoy las respuestas a las crisis de 1907 y 1931 no harían más que empeorar las cosas. La continua inyección de liquidez implicaría una mayor probabilidad de que se produzcan burbujas de activos en los ámbitos de la vivienda, los valores o el arte moderno. La estabilización por parte de los gobiernos del sistema bancario puede ser o bien internacional, causando las airadas quejas de quienes pagan impuestos acerca de estar subsidiando a terceros, o nacional, pero sólo a costa de una regulación muy extendida de los movimientos de capital. Ambos cursos de acción son innecesarios.
Si la actual escasez de crédito tiene paralelos históricos, está más cerca de las "crisis normales" del siglo diecinueve, como las de 1837, 1847 o 1857. En esos pánicos, la innovación financiera causó incertidumbre y nerviosismo, pero también indujo un proceso de aprendizaje importante y beneficioso. Las instituciones financieras que sobrevivieron a las crisis terminaron jugaron un papel crucial en impulsar un mayor desarrollo y mejoraron sus reputaciones porque resistieron una crisis.
Algunas veces las autoridades monetarias y fiscales tienen la obligación de hacer caso omiso de los aventurados paralelos históricos y mirar más en perspectiva. Y algunas veces la mejor respuesta a una crisis es la siguiente: no hacer cualquier cosa, sino resistir y no hacer nada.
Harold James es profesor de Historia y asuntos internacionales en la Universidad de Princeton y autor de The Roman Predicament.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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