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El regreso de los valores "asiáticos"
Harold James
Un libro provocativo escrito por un matemático japonés ha vuelto a encender el debate sobre si existen unos valores específicamente "asiáticos". La dignidad de un Estado de Masahijo Fujiwara, aún no traducido a otras lenguas, es un alegato emocional en pro de una "vía especial" japonesa. En particular, sostiene que la democracia liberal es una invención occidental que no encaja bien con el carácter japonés o asiático.
Es un razonamiento peculiar y parece resucitar la crítica decimonónica, habitualmente asociada con Nietzsche, de que el cristianismo (y el islam) producen una mentalidad aquiescente o incluso servil, en contraste con las virtudes heroicas de la antigüedad clásica o de las sociedades guerreras, como, por ejemplo, el mundo de los samuráis japoneses. Asimismo, según Fujiwara, la democracia insiste demasiado en la razón, otra creación occidental. "Pero nosotros, los japoneses", escribe, "no tenemos una religión como el cristianismo o el islam, por lo que necesitamos algo diferente: la emoción profunda".
A muchos asiáticos no japoneses les desagradará la mayor parte del mensaje de Fujiwara o todo él, pues les traerá resonancias históricas desagradables. Al fin y al cabo, no hay razón para creer que los asiáticos compartan un particular anhelo de autoritarismo o que los movimientos chinos prodemocráticos sean comparsas insinceras de intereses occidentales.
Pero el libro de Fujiwara ha resucitado también un antiguo debate sobre el capitalismo y los valores necesarios para sostenerlo. Dicho debate se debe a que el capitalismo o la economía de mercado no puede, sencillamente, continuar eternamente, impulsado por un empuje o dinámica internos. Cualquiera de las tendencias básicas que impulsan el capitalismo, por sí mismas, no contribuyen precisamente al éxito a largo plazo.
Por ejemplo, si bien el capitalismo depende de la inversión y del consumo, el exceso del primero provoca superabundancia de producción y el del segundo hace que las economías se recalienten. Asimismo, el capitalismo depende de la competencia, pero ésta puede ser brutal y destructiva. A consecuencia de ello, se necesitan sistemas complicados de leyes para velar por que la competencia sea abierta y justa, por que los monopolios no destruyan la propia competencia, pero incluso eso puede no ser suficiente, porque, tras todas las reformas legales, se produce una reacción de ingenio empresarial por parte de quienes quieren eludir las nuevas restricciones.
Algunos pensadores, el más notable de los cuales fue Max Weber, lanzaron la idea de que se debía sostener el capitalismo con un sistema de valores que no se podía crear en un principio desde su interior. Sin embargo, casi todos los analistas modernos han llegado a la conclusión de que el intento de Weber de vincular históricamente ese espíritu capitalista con una forma de cristianismo, a saber, el protestantismo, es rotundamente erróneo.
Para empezar, los fundadores del protestantismo, Martín Lutero y Juan Calvino, fueron, como reconoció Weber, más hostiles al dinámico mundo capitalista del Renacimiento que la Iglesia Católica. De hecho, las católicas y devotas ciudades-Estado italianas fueron la cuna del primer capitalismo moderno.
Pero hay dos aspectos decisivos del debate sobre los valores religiosos que no se deben pasar por alto. Primero, la esencia del argumento de Weber era la tesis de que los valores religiosos que subrayan la contención y el sentido del deber pueden apoyar la formalidad y la fiabilidad en las relaciones comerciales, que son particularmente decisivas en las sociedades que están abriéndose a las relaciones de mercado. Donde hay una tradición de violencia y sospecha, resulta difícil que las personas se sientan lo bastante seguras para concertar contratos a largo plazo. Suelen buscar ganancias a corto plazo a expensas de los demás, con lo que refuerzan un escepticismo generalizado sobre el mercado.
Segundo, los valores religiosos que subrayan la solidaridad social son un importante correctivo para la tendencia de los mercados a polarizar la sociedad mediante la recompensa del éxito. Los períodos de mundialización han sido épocas de considerable avance económico, pero también han aumentado la desigualdad dentro de los países, pues los mercados recompensaban unos factores escasos de producción, con lo que alimentaban intensos retrocesos políticos que ponían en peligro la continuación del comercio y de la integración financiera.
El debate sobre la contribución de los valores religiosos es paralelo al referente a la relación de la libertad con el desarrollo económico, asunto fundamental en la obra de los economistas Friedrich Hayek y Amartya Sen, galardonados con el premio Nobel. Resulta claramente tentador para los críticos de los regímenes autoritarios sostener que la libertad es buena porque fomenta el desarrollo económico, pero, según una visión más profunda de la libertad, ésta tiene un valor intrínseco.
Lo mismo ocurre con los valores religiosos. Basándose en las pruebas aportadas por grandes estudios empíricos, algunos afirman que la creencia en la religión es positiva, porque fomenta los buenos resultados económicos. Puede que sí y puede resultar tentador formular ese argumento en sociedades autoritarias y poco propicias para las creencias que ponen en entredicho su propia legitimidad, pero, ¿se puede imaginar al Papa susurrando esa clase de mensaje a los dirigentes de China?
En el siglo XVIII, Voltaire formuló un argumento análogo, al afirmar que la mayor virtud de la religión era su utilidad social. Así, procuró subvertir la religión al volverla puramente instrumental, pero eso es destruir el verdadero carácter de la creencia religiosa. Al resucitar el debate sobre los valores "asiáticos", el libro de Fujiwara puede contribuir a un error similar.
Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2007.
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Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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