European Economies
Los canallas del patriotismo económico
Harold James
|
|
|
|
Samuel Johnson llamó al patriotismo “el último refugio de un canalla”. Si eso es cierto, ¿qué pensar del creciente nacionalismo económico de hoy, algunas veces descrito eufemísticamente como “patriotismo económico”?
De hecho, en estos momentos el nacionalismo económico es excepcionalmente vigoroso. La potente oposición popular al plan de una compañía de Dubai de hacerse cargo de puertos de los Estados Unidos impresionó al gobierno de este país. Polonia es testigo de una reacción populista contra la propiedad extranjera de los bancos. Francia está bloqueando la adquisición de servicios públicos franceses por parte de la compañía italiana de electricidad Enel. Junto con los demás gobiernos europeos, Francia también está agitando contra la compra de Arcelor, la compañía siderúrgica basada en Luxemburgo, por una compañía holandesa controlada en gran parte por un magnate indio del acero.
A los defensores de estas fallidas adquisiciones trasnacionales les preocupa que haya en el aire el siniestro vaho de los peores momentos del siglo veinte. Un indignado ministro italiano advirtió sobre una nueva movilización de populismo nacionalista en un escenario de “agosto de 1914”. La mejor analogía es de la década de los 30: en 1933, el año en que Hitler accedió al poder, el economista más famoso del mundo, John Maynard Keynes, hizo un llamado a la “autosuficiencia nacional”.
Las analogías de 1914 y 1933 apuntan ambas a la característica más llamativa del debate actual: el papel clave de las preocupaciones sobre seguridad al justificar el proteccionismo. A nadie le preocupaba que los puertos estadounidenses fueran propiedad de extranjeros siempre y cuando la propietaria fuera una compañía británica; los nuevos temores reflejan la creencia de que Dubai pueda ser un canal para el terrorismo y el fundamentalismo islámico.
De modo similar, el deterioro de las relaciones internacionales antes de las Guerras Mundiales I y II estuvo marcado por la mayor propensión de los gobiernos a usar la economía como herramienta de juegos de poder político. En 1911, la crisis diplomática en torno a Marruecos estuvo acompañada por un ataque especulativo francés sobre los mercados financieros alemanes. En los años 30, tanto Francia como Alemania usaron este tipo de técnica como manera de reforzar su propia seguridad. EE.UU. intentó controlar la expansión japonesa en Asia, limitando las importaciones energéticas de Japón (especialmente petróleo).
La razón más obvia de las mayores inquietudes sobre la seguridad en EE.UU. es el reto de hacer frente a la amenaza del terrorismo tras los ataques de septiembre de 2001. Pero eso apenas puede explicar el nerviosismo europeo y su reacción proteccionista.
En el caso de Europa, existen dos explicaciones que contrastan entre sí. La primera es que las nuevas inquietudes son un extraño caso de transferencia sicológica. La gente que en lugares como Francia y Polonia se preocupa sobre el declive nacional busca un culpable de fuera de sus fronteras.
Ciertamente, hubo mucho de este tipo de sentimiento en los años 30, cuando la respuesta populista a la Gran Depresión la atribuía a las siniestras fuerzas del “capital internacional”. La versión moderna de esta explicación sostiene que el mundo está cambiando tan rápidamente que la seguridad nacional y, de hecho, la identidad nacional se encuentran amenazadas.
Un escenario alternativo sugiere que estos temores surgen de un problema real. En casi todos los países industriales avanzados, el crecimiento económico moderno todavía depende de energía importada (Noruega es una excepción). Debido a temores a la contaminación o sobre la seguridad de la energía nuclear, la mayoría de los países optaron por no aumentar su propia capacidad.
La vulnerabilidad resultante quedó en evidencia con la reducción por parte de Rusia del suministro de gas a Ucrania en enero, que causó un menor flujo de este recurso a Europa occidental y central. La experiencia puso particularmente nerviosos a los polacos, y empujó al gobierno populista de derecha aún más por el camino del nacionalismo económico. Pero los europeos occidentales recuerdan sus propios traumas, incluidos los fallos en la matriz de electricidad y los apagones generalizados. Si una compañía italiana enfrentara un fallo en la matriz eléctrica, ¿no preferiría cortar el suministro a los consumidores franceses en lugar de a los italianos?
Estos dos escenarios sobre el origen del nacionalismo económico, uno irracional y el otro no, no son alternativas reales, pero describen respuestas que se interrelacionan: mientras más irracional es el temor, más se puede utilizar como instrumento político.
El miedo crea una exigencia de acción por parte del estado. Esto a los políticos les gusta porque aumenta la demanda de sus servicios. Señalan el problema potencial y luego intentan vender soluciones que forman parte de sus esferas de influencia nacionales.
Un político moderno en particular ha sido eficaz en poner el nerviosismo sobre el suministro de energía al centro de una nueva visión política. Según Vladimir Putin, la necesidad de controlar y asegurar la energía justifica una ampliación masiva de la intervención estatal en la economía.
Aparentemente, la visión de Putin se respaldaba en un inicio en las repercusiones de los ataques terroristas a los Estados Unidos. Desde entonces, ha proyectado su visión de una energía politizada de un modo que pone nerviosos a todos los europeos, no sólo a los rusos. Esto refuerza su poder en el ámbito ruso. Pero un Putin en un país tiene una tendencia a producir imitadores en otros lugares.
Nos deberían preocupar las pérdidas de eficiencia en los mercados donde hasta ahora se han impuesto restricciones surgidas del nacionalismo económico. Pero deberíamos estar mucho más preocupados por que el temor al colapso o la manipulación de los mercados cree una demanda de medidas que terminen haciendo que aumente la probabilidad de que ocurra un colapso así. El temor genera una demanda de mayor seguridad que, finalmente, termina por paralizar.
Harold James es profesor de Historia y relaciones internacionales en la Universidad de Princeton, y es autor de The Roman Predicament.
Copyright: Project Syndicate, 2006.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
You might also like to read more from Harold James or return to our home page.
|
|

