LONDRES – La relación entre los bancos londinenses y sus instancias de regulación no están en su mejor momento. Las reglas más recientes relativas a las bonificaciones emitidas por el Comité Europeo de Supervisores Bancarios (que pronto se convertirá en la Autoridad Bancaria Europea) afectaron la sensibilidad de los corredores de bolsa, que ahora se sienten maltratados e ignorados. En el futuro, 70% de sus bonos tendrán que ser diferidos. Imaginemos vivir con solo 3 millones de dólares al año, con la posibilidad de obtener los 7 millones restantes únicamente a condición de que las ganancias sean reales. Es un cambio radical.
Sin embargo, un elemento importante de las descripciones de la crisis financiera es la desviación de la potestad reguladora. El destacado comentarista inglés, Will Hutton, ha descrito la Autoridad de Servicios Financieros (que presidí de 1997 a 2003, ¡cuando las cosas empezaron a funcionar mal!) como una asociación de comercio del sector financiero. Las instancias de regulación estadounidenses e incluso el Congreso, han recibido críticas aún más agresivas en las que se ve a los reguladores como entidades al servicio de los bancos de inversión, fondos de cobertura, y cualquiera que tenga mucho dinero que gastar en el Capitolio.
¿Cuán válido es este argumento? ¿Realmente se puede comprar una regulación favorable?
Si me lo hubieran preguntado cuando era regulador, sin duda lo habría negado. Nunca antes había trabajado en la industria financiera y conocía a pocas personas que lo hubieran hecho. (Cabe señalar que ahora soy director independiente de Morgan Stanley). Sin embargo, todos mis sucesores han estado en el sector financiero, lo que hasta hace poco se consideraba como una señal de que conocían esos temas. Ahora ya no estamos tan seguros de ello.
Los procesos de consulta sobre reglas y reglamentos fueron muy estructurados; además se dedicó mucho esfuerzo para asegurar que hubiera una representación equilibrada de servidores y usuarios de los servicios financieros. Financiamos investigaciones para un panel de consumidores con el fin de asegurar “la igualdad de condiciones.” Por supuesto, el personal de regulación tiene más relaciones informales con la industria que con los consumidores. Sin embargo, eso es inevitable en cualquier país.
La voz de la industria se escuchaba más a menudo también en el Parlamento. Los encargados de cabildeo más eficientes eran asesores financieros independientes que parecían estar especialmente activos en las asociaciones locales del Partido Conservador. Goldman Sachs podría aprender mucho de esas tácticas.
No tengo información de primera mano del proceso legislativo en los Estados Unidos. Sin embargo, como actor externo, estoy sorprendido de la aparente intensidad de cabildeo y de las cantidades de dinero que gastan las empresas y sus asociaciones. ¿Sirve? Parece que los medios de comunicación creen que sí, aunque con lo propenso que son las relaciones entre el gobierno y la industria a la guerra abierta, es difícil saberlo.
El estudio realizado por Ahmed Tahoun de la London School of Economics titulado “The role of the stock ownership by US members of Congress on the market for political favors” presenta un aspecto llamativo de la relación entre el Congreso y el sector empresarial. Tahoun analizó la relación entre las acciones bursátiles de los congresistas y las contribuciones a sus campañas políticas por parte de las firmas correspondientes, y encontró un poderoso vínculo.
En particular, la investigación de Tahoun muestra que los congresistas estadounidenses sistemáticamente invierten más en las empresas que favorecen a su partido político, y cuando venden sus acciones, las empresas dejan de contribuir a sus campañas. Además, las empresas cuyos accionistas son principalmente políticos tienden a obtener más contratos del gobierno y por montos más elevados.
Los datos no corresponden solo a las empresas financieras, y Tahoun no las ha desagregado por sector. Sin embargo, los resultados son interesantes. Sugieren una relación poco sana entre los intereses políticos y pecuniarios de quienes diseñan leyes.
Usualmente los reguladores no están sujetos a esas tentaciones. No es común que se les permita poseer acciones bursátiles de firmas financieras (al menos en las jurisdicciones que yo conozco). ¿Sin embargo, es posible cooptarlos a pesar de eso?
Veo dos aspectos que pueden ser fuente de preocupación. El primero es la puerta giratoria entre la industria y los organismos de regulación. Esto es más común en los Estados Unidos, donde los salarios de los reguladores son muy bajos, en especial en la Comisión de Valores y Bolsa y en la Comisión de Comercio en Futuros sobre Mercancías. La rotación laboral de los ejecutivos -y no ejecutivos- en estas agencias es muy alta. El personal de la Reserva tiene mejores salarios y permanece más tiempo.
En el Reino Unido los reguladores tienen mejores salarios, pero hay mucha rotación laboral, y más de la que solía haber. Singapur y Hong Kong tienen un modelo diferente. Los reguladores tienen paquetes de compensación de acuerdo con el mercado y la continuidad del personal ejecutivo se mantiene de forma más efectiva. Mi punto de vista es que los centros financieros asiáticos tienen un buen modelo.
La segunda preocupación es lo que se podría llamar la cooptación intelectual. Yo me atrevería a sostener que en mis tiempos la FSA (Autoridad de Servicios Financieros) no favorecía a las empresas indebidamente; tal vez es cierto que nosotros –y en este punto éramos exactamente iguales que los reguladores estadounidenses- tendíamos a pensar que los mercados eran generalmente eficientes. Si los compradores y vendedores estaban realizando operaciones voluntariamente y sin problemas, mientras fueran inversionistas profesionales no había razones de peso para interferir en sus mercados. Estas personas eran adultos que acordaban en privado y el Estado no debía intervenir.
Ahora sabemos que algunos de estos emperadores del mercado están desnudos y que sus actividades, lejos de ser benignas, podrían dar lugar a una grave inestabilidad financiera y generar fuertes pérdidas para los contribuyentes, sin mencionar que podrían precipitar una recesión global. Esa ha sido una difícil lección para los reguladores y los bancos centrales.
Por consiguiente, la cooptación intelectual es un argumento difícil de refutar. ¿Pero, sustituyeron los reguladores a los encargados de hacer cabildeo? No lo creo y sostenerlo mina los esfuerzos de muchos funcionarios públicos en todo el mundo que ganan poco y trabajan mucho.


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