NUEVA YORK – La decisión que adoptó Israel en mayo de enviar comandos contra la flotilla de activistas pro palestinos fue brutal. Una consecuencia terrible fue la muerte de nueve civiles por parte de dichos comandos. El bloqueo israelí de Gaza y la ocupación de los territorios palestinos en Cisjordania, sin mencionar los caminos bloqueados, la destrucción de viviendas y otros tormentos diarios que viven los palestinos, son también una forma institucionalizada de inhumanidad.
No obstante, la descripción que hace el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, del ataque israelí al buque de los activistas como “un ataque a la conciencia de la humanidad”, que “merece todas las maldiciones posibles” y como un “un parteaguas histórico” después del cual “nada será igual” parece histérica. Independientemente de lo que se piense de los varios gobiernos israelíes (el actual no me parece bueno), las reacciones a la violencia patrocinada por el gobierno de Israel tienden a ser mucho más feroces – no sólo en Turquía- que las que se expresan contra los crímenes cometidos por los líderes de otros países, tal vez con la excepción de los Estados Unidos. Pero, en la mente de muchos críticos, los dos países a menudo son lo mismo.
Israel nunca ha hecho nada comparable con la masacre de más de 20,000 miembros de la Hermandad Musulmana cometida por el fallecido líder sirio, Haffez al-Assad, en 1982 en la ciudad de Hama. Los propios musulmanes siguen asesinando a muchos más musulmanes que los israelíes o los estadounidenses. Además, si se piensa en el número de muertes de la guerra civil de la República Democrática del Congo (más de cuatro millones), hablar de parteaguas de la historia después de la muerte de nueve personas suena un poco absurdo.
Sin embargo, nada de eso parece importar tanto como lo que Israel hace.
Entonces, ¿es cierto, como muchos defensores de Israel argumentan, que se juzga al Estado judío con diferentes parámetros que a otros países? Creo que sí. Pero, aunque el antisemitismo tiene ciertamente que ver, tal vez no sea la razón principal.
Especialmente después de la guerra de “Yom Kippur” de 1973, sospecho que muchos europeos se sintieron aliviados de que los judíos también pudieran ser agresores. La brutalidad de los judíos mitigó el sentimiento de culpa por el periodo de la guerra. El deseo de aliviar esa culpa pudo incluso haber hecho que algunas personas sobredimensionaran la agresión israelí. El antiguo lema antisemita que promovió el diario nazi, Der Stürmer, de que “los judíos son nuestra desgracia”, ha vuelto debido al conflicto israelí con los palestinos.
Hay otras razones, sin embargo, de la doble moral hacia Israel. Una de ellas es lo que el filósofo liberal y activista de la paz israelí, Avishai Margalit, ha denominado “racismo moral.” El carácter sanguinario de un pueblo africano o asiático no se toma con la misma seriedad que el de uno europeo –u otro pueblo blanco. Después de todo, algunos dirían (y muchos otros pensarían) ¿qué se puede esperar de los salvajes? No saben nada.
Este es, por supuesto, un sentimiento profundamente colonial, y el legado del colonialismo también opera en contra de Israel de otra forma. Como sucedió en la Sudáfrica de la época del apartheid, Israel le recuerda a la gente los pecados del imperialismo occidental. El Medio Oriente, al igual que muchas personas en Occidente, considera a Israel como una colonia encabezada por blancos (aun cuando muchos judíos prominentes tienen sus raíces en Terán, Fez o Bagdad). Se considera a los palestinos súbditos de una colonia, y mientras más tiempo ocupe Israel los territorios árabes, más se confirmará esta percepción.
Por último, Israel sigue siendo una democracia, por lo que no se le debe juzgar con los mismos parámetros que a una dictadura. Debemos esperar más del gobierno de Binyamin Netanyahu que, digamos, del régimen de Mahmoud Ahmadinejad en Irán, no porque los judíos sean moralmente superiores a los persas, sino porque Netanyahu fue electo libremente y está sujeto al imperio de la ley, mientras que Ahmadinejad ha contribuido a destruir lo que Irán tenía de democrático. En cierto sentido, exigir que Israel cumpla las normas más estrictas es hacerle el cumplido de tratarlo como una democracia normal.
No obstante, si algunos críticos de Israel se niegan a tratarlo como un país normal, lo mismo se aplica a sus defensores más firmes. Pedir un trato especial para Israel por ser una nación de víctimas –los herederos naturales de los muertos durante los asesinatos masivos de los nazis—es otra forma de aplicar un doble rasero. El filósofo francés Alain Finkielkraut tuvo razón al criticar la reacción excesiva de Erdogan ante el ataque contra la “flotilla de la libertad de Gaza”, pero al añadir que Mein Kampf de Hitler es un bestseller en Turquía quiso dar a entender que los turcos son los nazis modernos.
De hecho, el concepto de Israel como una nación de víctimas va en contra del credo de sus fundadores. Ellos querían crear una nación nueva, normal, una nación de soldados y agricultores judíos buenos, distintos de los judíos impotentes que fueron víctimas de la persecución europea. No fue sino hasta después, quizá a partir del juicio de Eichmann en 1961, que el Holocausto se convirtió en parte esencial de la propaganda oficial. Más tarde aun, bajo líderes como Menachem Begin, se empezaron a justificar las acciones militares con referencias al genocidio nazi.
Es comprensible que todos los judíos, incluidos los israelíes, sigan atribulados por un pasado terrible. No obstante, nunca debe utilizarse para justificar la agresión contra otros. Israel es un país inmensamente poderoso, más libre, más rico y mejor armado que todos sus vecinos. Es esencial obligar a sus líderes a que rindan cuentas, no sólo para proteger a los palestinos de la brutalidad, sino para preservar la libertad de los israelíes. Permitir que el pasado nuble nuestras facultades críticas socava la democracia israelí y tendrá consecuencias más peligrosas en el futuro.


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