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¿Será la ignorancia una bendición?

Hace mucho que desapareció la era del hombre del Renacimiento. Nadie considera que sea ya posible que una persona aprehenda totalmente todos los sectores de la ciencia y la tecnología. Los programas informáticos populares contienen millones de líneas de códigos. Los mecanismos de la reacción inmune a un solo tipo de linfocito ocupan miles de páginas de revistas académicas. El sencillo y elegante aspecto de un iPod encubre una tecnología subyacente que sólo entienden un porcentaje diminuto de sus usuarios.

Pero, pese a lo enormemente incompletos que son nuestros conocimientos, investigaciones recientes indican que la mayoría de las personas creen que saben mucho más de lo que en realidad saben. Reconocemos de buen grado que no lo sabemos todo sobre cómo vuela un helicóptero o cómo imprime una imprenta, pero no somos nada modestos sobre nuestra ignorancia.

La forma más fácil de mostrarlo es hacer que las personas puntúen la exactitud de sus conocimientos en una escala de siete puntos. Respecto de determinada cuestión, un "7" denota el equivalente a una configuración mental perfectamente detallada y un "1" representa la ignorancia casi total de un mecanismo determinado, tan sólo una vaga idea. Las personas, alegre y confiadamente, asignan números a su comprensión de toda clase de cosas, desde máquinas complejas a fenómenos naturales, como las mareas, pasando por sistemas biológicos, pero esas calificaciones suelen ser muy superiores a las que les corresponden por sus conocimientos reales.

Podemos calibrar la discrepancia entre lo que creemos saber y lo que sabemos en realidad pidiendo simplemente a esas personas, después de que se hayan asignado sus calificaciones iniciales, que nos digan cómo funcionan algunas cosas con el mayor detalle posible y después calificar de nuevo sus conocimientos a la luz de sus intentos de explicación.

Asimismo, podemos pedirles que respondan a preguntas diagnósticas decisivas (por ejemplo, "¿cómo pasa un helicóptero de permanecer inmóvil en el aire a volar hacia delante?") o podemos ofrecerles simplemente una explicación concisa, pero sólida, de experto. En todos esos casos, las personas confiesan, algo avergonzadas, que su nivel de comprensión era mucho peor de lo que pensaban en un principio.

Las personas se quedan con frecuencia asombradas y consternadas de su ignorancia, pero por lo general no nos equivocamos en la apreciación de lo que sabemos. En cambio, tenemos un déficit especial respecto de nuestras capacidades explicativas. No fallamos en la apreciación de hasta qué punto sabemos datos simples (como, por ejemplo, las capitales de países), procedimientos (como, por ejemplo, cómo se hace una llamada internacional) y narraciones (como, por ejemplo, los argumentos de películas muy conocidas), pero parece que tenemos una específica "ilusión sobre la capacidad explicativa": la creencia de que contamos con una comprensión causal más profunda de la que de verdad tenemos. Podemos ser adecuadamente modestos sobre nuestro conocimiento de otras cosas, pero no sobre nuestra capacidad para explicar el funcionamiento del mundo.

Varios factores convergen para crear esa ilusión de conocimiento. Cuando Leon Rozenblit y yo descubrimos esa ilusión y su especificidad, organizamos una serie de estudios para averiguar por qué la capacidad explicativa es tan vulnerable ante una sensación falsa de conocimiento. Todos los factores que descubrimos son menos influyentes en el caso de datos, procedimientos y narraciones.

Un factor importante subyacente a la ilusión de la profundidad explicativa se debe a la naturaleza profundamente jerárquica de la mayoría de los sistemas complejos, lo que significa que se puede entenderlos en varios niveles de análisis. Podemos entender cómo "funciona" una computadora desde el punto de vista de las funciones de alto nivel del ratón, del disco duro y de la pantalla sin entender en modo alguno los mecanismos que permiten a un cursor moverse cuando se mueve un ratón o que permiten almacenar y borrar la información o controlar los píxeles en una pantalla. Esa estructura jerárquica de los sistemas causales complejos nos seduce y nos hace creer que entendemos los mecanismos de alto nivel, que después confundimos con la comprensión en un nivel inferior.

Un segundo factor es la falsa tranquilidad que sentimos al ver las partes de un sistema. Cuantas más partes vemos, más creemos que sabemos cómo funcionan en realidad. Así, la ilusión es más intensa en el caso de objetos con partes fáciles de inspeccionar que en el de objetos con más partes invisibles, inaccesibles o microscópicas. Por ejemplo, podemos creer que entendemos la mente mucho mejor de lo que la entendemos en realidad cuando vemos imágenes de regiones cerebrales iluminadas.

Por último, con frecuencia captamos las cosas al vuelo, cuando las tenemos ante nosotros, pero después damos por sentado falsamente que ya teníamos una comprensión del objeto en la cabeza en lugar de usar y manipular dicho objeto para descifrar su mecanismo.

Puede que nuestra exagerada sensación de comprensión tenga su lado bueno. Naturalmente, el mundo es mucho más complejo para que una sola persona lo entienda. Si una punzante sensación de ignorancia nos mantuviera sumiéndonos en el intento de entender todo aquello con lo que nos topamos, podríamos perdernos en los detalles de un sector y dejar pasar completamente otros sectores.

Puede que la ilusión de la profundidad explicativa nos haga detenernos más o menos en el nivel adecuado de comprensión, el que nos permite saber cómo obtener más información de otros, cuando de verdad la necesitamos, sin sentirnos abrumados. Tal vez sería mejor que reconociéramos los límites de nuestra capacidad explicativa, pero puede que dichos límites tengan también cierto valor para la adaptación.

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